Hasta que las Highlands nos separen Capítulo 9 La caída del muro
43%

Capítulo 9 La caída del muro

La tormenta que había amenazado toda la tarde estalló de verdad a las nueve de la noche, cuando ya habíamos vuelto a casa, y fingido los dos que no había pasado nada en aquella loma.

Fingir se nos daba fatal. Llevábamos todo el tiempo esquivándonos la mirada como dos imanes puestos del revés, hablando de cualquier cosa —del tiempo, de Claudia, de lo malas que eran las cápsulas de café de Marcus— con tal de no hablar de lo único que ocupaba la habitación entera, que era el recuerdo de sus labios a dos centímetros de los míos antes de que mi hermana los separase desde el otro lado del planeta.

Y entonces, como si el cielo hubiera decidido tomar cartas en el asunto, cayó un rayo que iluminó la cocina entera de blanco, retumbó un trueno que hizo temblar los cristales, y la casa se quedó a oscuras de golpe.

Se fue la luz. Toda. De cuajo.

—Ay, no —dije, agarrándome al borde de la mesa—. No, no, no. Dime que hay linternas.

—Se va la luz cada dos por tres con las tormentas —dijo la voz de Lennox, tranquila, desde algún punto de la negrura—. Vuelve en un rato. O no. Aquí nunca se sabe. No te muevas, que enciendo la chimenea y busco velas.

Yo no me moví. Yo me quedé agarrada a la mesa como un náufrago a una tabla, porque una cosa es la oscuridad de ciudad, que nunca es del todo oscura, y otra muy distinta es la oscuridad de la campiña escocesa en mitad de una tormenta, que es una oscuridad con mayúsculas, antigua, de las que te recuerdan que eres un animal pequeño en un planeta grande.

No se veía nada. Nada de nada. Solo el resplandor de los relámpagos colándose por la ventana cada pocos segundos, dibujando la cocina en blanco y negro un instante antes de tragársela otra vez.

Oí a Lennox moverse por la casa con una seguridad que envidié, abrir cajones, trastear.

Yo, mientras tanto, entré en pánico para mis adentros y de manera muy poco digna.

Porque en la oscuridad, mi cerebro, que es un traidor, decidió que aquel era el momento perfecto para recordarme todas las películas de terror ambientadas en casas de campo aisladas que había visto en mi vida.

Un relámpago iluminó la ventana y juraría que vi una silueta en el jardín.

No había ninguna silueta. Era un arbusto.

Pero mi corazón no distingue entre arbustos y asesinos a las nueve de la noche sin luz.

—Lennox —susurré—. ¿Sigues ahí?

—Estoy a tres metros, Naroa.

—No te alejes.

—Estoy buscando cerillas.

—Búscalas cerca de mí.

Algo rozó mi tobillo en la oscuridad y solté un grito que debió de oírse en Edimburgo. Me subí a la silla de un salto, con el corazón en la garganta, convencida de que había una rata, una serpiente o el fantasma de un highlander muerto en batalla.

—¿Qué? ¿Qué pasa? —Lennox llegó a mi lado de dos zancadas, alarmado.

—¡Algo me ha tocado! ¡En el pie! ¡Algo vivo!

Encendió una cerilla. Y a la luz temblona de la llama, apareció el culpable de mi ataque: el roomba de Marcus, que se había puesto en marcha él solo con la vuelta momentánea de la corriente y navegaba por el suelo de la cocina dándose contra los muebles como un borracho.

—Te ha atacado la aspiradora —dijo Lennox, con una solemnidad admirable.

—No te rías.

—No me río.

—Te estás riendo por dentro, lo noto.

—Me estoy riendo por dentro con todas mis fuerzas, es verdad. —Me tendió la mano para ayudarme a bajar de la silla, y no me soltó al hacerlo—. Ven, valiente. Vamos al fuego antes de que te ataque el microondas.

Me llevó de la mano al salón, encendió un par de velas más y prendió la leña de la chimenea, que empezó a arder con un crepitar cálido que fue devolviéndole forma a las cosas. La cocina era una nevera sin calefacción; el salón, con el fuego, era el único sitio habitable de la casa.

Nos instalamos delante de la chimenea, con media docena de velas repartidas por la habitación y el temporal aporreando la casa por fuera.

Y allí, a la luz del fuego, con la lluvia de banda sonora y sin electricidad que nos distrajera, se acabaron las excusas.

No había televisión que fingir ver. No había móvil con cobertura.

No había Claudia que llamara. Solo estábamos él y yo, una manta que compartíamos por necesidad térmica, y una frontera de Berlín que llevaba casi tres semanas aguantando y que empezaba a hacer aguas por todas partes.

—¿Tienes miedo? —preguntó, al notarme tensa.

—No tengo miedo. Tengo respeto. Es distinto.

—¿Respeto a una tormenta?

—Respeto a morir electrocutada en la casa de mi hermana. Sería un titular muy triste.

Se rió, y el sonido me llegó desde muy cerca, porque bajo la manta estábamos más cerca de lo que ninguno de los dos reconocía.

Nuestros hombros se tocaban. Nuestras rodillas, también.

Y el calor que salía de él, esa estufa de butano andante, se mezclaba con el de la chimenea de una manera que me estaba resultando peligrosamente agradable.

Lennox se levantó un momento, rebuscó en un armario, y volvió con una botella y dos vasos.

—Whisky —anunció—. Para el respeto ese que le tienes a las tormentas.

—¿No hemos aprendido nada de la última vez que tú y yo bebimos whisky juntos?

—Yo he aprendido mucho. He aprendido que contigo el whisky trae consecuencias interesantes. —Sirvió dos dedos en cada vaso y me tendió uno—. Tranquila. Aquí no hay reverendos de fiesta a mano. Como mucho, nos recasa el roomba.

Le di un sorbo. Bajó por la garganta con ese fuego suave que ya empezaba a reconocer, y me calentó por dentro tanto como la chimenea por fuera.

Nos quedamos un rato callados, mirando arder la leña, pasándonos la botella sin prisa, con la tormenta rugiendo lejos y las velas temblando cada vez que una corriente se colaba por debajo de la puerta.

Era, tuve que admitirlo, una de esas escenas que yo habría jurado que solo pasaban en las novelas que corrijo por dinero y de las que me río por dentro.

—Cuéntame algo —dije, porque necesitaba llenar el aire de palabras antes de que lo llenara otra cosa—. Algo que no me hayas contado. Ya que estamos atrapados en la oscuridad como dos personajes de novela mala.

—¿Qué quieres saber?

—Lo que quieras darme. Teníamos un trato, ¿te acuerdas? Empatados a secretos. Empieza tú, que yo soy tímida.

—Tú no eres tímida ni debajo del agua.

—Empieza tú igual.

Lennox se quedó mirando el fuego un rato largo. Los relámpagos le cruzaban la cara de vez en cuando. Y cuando habló, lo hizo despacio, como quien saca algo de un sitio donde lo tenía guardado con cuidado.

—Cuando murió mi padre —dijo—, me pasé un año entero convencido de que iba a hacerlo todo mal.

Que iba a perderlo todo. Que la gente tenía razón y yo no estaba a la altura.

Dormía tres horas. Trabajaba las otras veintiuna.

Dejé de ver a mis amigos, dejé de venir al pueblo, dejé de tocar la gaita.

Me convertí en una máquina de no fallar.

Y funcionó, en el sentido de que no fallé.

Pero me quedé solo. Rodeado de gente, y solo.

—Movió un tronco con el atizador—. Fiona apareció en ese momento.

Y yo me dejé, porque era más fácil tener a alguien que no me pedía nada de verdad que arriesgarme a que alguien me importara y volver a tener algo que perder.

—Por eso apareces y desapareces.

—Aparecía. En pasado. —Me miró—. Contigo no sé hacerlo. Lo he intentado. La primera mañana, cuando amaneciste hecha una lapa sobre mí, me dije «Lennox, guarda las distancias, que esta se va a España en nada y tú tienes bastante lío». Y llevo desde entonces incumpliéndome la orden todos los días.

Se me secó la boca. Y no por miedo a la tormenta.

—Te toca —dijo—. He puesto yo dos secretos. Me debes uno.

Tragué. Miré el fuego para no mirarlo a él, porque mirarlo a la luz de las velas era pedir problemas.

—Álvaro —dije—. El hombre con el que viví tres años.

Nos íbamos a comprar un piso más grande.

Yo ya estaba mirando cunas en internet, como una idiota, sin habérselo dicho a nadie, ni a él.

Y un día me enteré, por una amiga, de que llevaba seis meses con otra.

La del gimnasio. —Solté una risa que no tenía ninguna gracia—.

Lo peor no fue que me dejara. Lo peor fue darme cuenta de que yo había construido toda una vida en mi cabeza con un hombre que ya se había ido, y no me había enterado.

Desde entonces no me fío. De nadie. Prefiero estar sola y aburrida a estar acompañada y engañada.

Por eso me río de las bodas. Porque me dan una envidia que no me puedo permitir sentir.

Lo dije de un tirón, sin respirar, mirando el fuego. Y cuando terminé, me di cuenta de que era la primera persona a la que se lo contaba entero, sin bromas de por medio, en tres años.

Lennox no dijo nada durante un rato. Luego, muy despacio, levantó una mano y me apartó un mechón de pelo de la cara, colocándomelo detrás de la oreja, con una delicadeza que no pegaba nada con el tamaño de sus manos.

—Álvaro era imbécil —dijo.

—Un poco sí.

—No. Imbécil del todo. —Su mano se quedó en mi mejilla, cálida, quieta—. Tener a una mujer que mira cunas por ti y cambiarla por la del gimnasio. Hay que ser muy imbécil para tener algo así y no darse cuenta de lo que tienes.

Y ahí, se me paró el reloj.

Porque su cara estaba muy cerca. Y los ojos azules, a la luz del fuego, se habían puesto oscuros.

Y su pulgar me rozaba el pómulo despacio, dibujando círculos pequeños, y toda la casa había desaparecido —la tormenta, las velas, el divorcio, Fiona, Sevilla, todo— hasta quedar reducida a ese trozo minúsculo de mundo que ocupábamos los dos bajo una manta.