Capítulo 8 La rubia que nunca se mojaba #2
Abrió la puerta. Y el viento, que llevaba toda la tarde esperando su momento como un cómplice fiel, le metió de lleno una ráfaga de lluvia horizontal que la dejó, por fin, tan empapada como el resto de los mortales.
La rubia que nunca se mojaba salió de aquella posada calada hasta los huesos, con el pelo pegado a la cara y la falda manchada de vino, y la puerta se cerró tras ella entre la ovación más sincera que he oído en mi vida.
Brodie nos invitó a la siguiente ronda. Dijo que era lo menos que podía hacer por «el mejor espectáculo en años».
Lennox no decía nada, pero me miraba con una mezcla de orgullo y de algo más cálido que me puso nerviosa, y cuando por fin habló, lo hizo en voz baja, solo para mí, mientras el resto de la posada seguía celebrando.
—La he tenido tres años apareciendo y desapareciendo —dijo—. Pero contigo no aparezco ni desaparezco. Contigo, de momento, no me pienso ir a ningún lado.
—Era una manera de hablar —murmuré, de pronto incapaz de mirarlo—. Para callarla.
—Ya. —Sonrió—. Pero la parte de que no te he mirado la puerta es verdad.
Y ahí, fue donde empecé a tener un problema serio de verdad.
Porque hasta ese momento yo me había agarrado a la idea de que todo aquello era un disparate temporal, un lío gracioso que se arreglaría con papeles.
Pero un hombre que te dice, junto a una chimenea, después de que hayas humillado a su ex delante de medio pueblo, que no piensa irse a ningún lado, ese hombre te está queriendo decir algo.
Y yo, que llevaba tres años con todas mis puertas cerradas a cal y canto desde lo de Álvaro, sentí cómo una de ellas, la del fondo, crujía.
Volvimos a casa cuando escampó un poco, al caer la tarde, por el mismo camino embarrado, esta vez sin oveja. La diferencia era que ahora caminábamos más cerca. No sé cuál de los dos había acortado la distancia, pero los brazos se nos rozaban a cada paso, y ninguno se apartaba.
—Gracias —dijo él, a mitad de camino.
—¿Por humillar a tu ex?
—Por defenderme sin que te lo pidiera. Otra vez. —Me miró de reojo—. Empiezo a acostumbrarme a tenerte de mi lado. Y eso es peligroso, porque dentro de unos meses cada uno se irá por su camino, y a mí ya me va a costar.
Lo dijo ligero, como si fuera una broma. Pero no era una broma, y los dos lo sabíamos.
—Oye —dije, después de unos pasos, porque la curiosidad me pudo más que la prudencia—. ¿Es verdad lo del coche y la tormenta?
—¿Eso te ha molestado?
—No. —Sí—. Solo pregunto.
Lennox se rió por lo bajo, de esos hombres que saben perfectamente cuándo una mujer dice «no» queriendo decir «muchísimo».
—Hubo un coche y hubo una tormenta —dijo—.
Eso es cierto. Pero no fue lo que ella ha pintado.
Fue la noche en que le dije que aquello no iba a ningún sitio.
Lloró, me montó una escena, y al final nos quedamos en el coche esperando a que parara de llover para que pudiera conducir hasta su casa sin matarse.
Eso es todo. La parte romántica se la ha inventado por el camino.
—Ah.
—¿«Ah» de alivio?
—«Ah» de información. —Pateé una piedra del camino para tener algo que hacer con los nervios—. No estoy aliviada. ¿Por qué iba a estar aliviada? Eres un trámite. Un trámite grande y rubio que ronca, pero un trámite.
—Claro. —Sonreía, lo notaba sin mirarlo—. Tu trámite favorito.
—No te flipes.
Me paré en mitad del camino y él se paró también.
Estábamos en lo alto de una loma, con el valle entero abriéndose por debajo, la niebla levantándose, y un trozo de cielo limpio asomando entre las nubes por una vez en todo el día.
Lennox se giró hacia mí. Yo levanté la cara hacia él.
Y la distancia entre nosotros, esa frontera de Berlín que llevábamos casi tres semanas defendiendo a capa y espada, se redujo a nada… Y entonces sonó mi teléfono.
No un mensaje. Una videollamada. Con un timbre escandaloso y una vibración que me sacudió el bolsillo justo en el momento más inoportuno de la historia de la humanidad.
Me aparté de un salto, con el corazón a mil, saqué el móvil con dedos torpes, y en la pantalla, sonriente, bronceadísima, con una palmera de fondo y una piña colada en la mano, apareció la cara de mi hermana.
—¡Naroaaaa! —chilló Claudia desde las Maldivas, ajena por completo a lo que acababa de reventar—. ¡Cuéntame! ¿Qué tal todo por ahí? ¿Sigue vivo mi cuñado o ya lo has matado?
—Sigue vivo —dije, con una voz rara, mirando a Lennox, que se había metido las manos en los bolsillos y disimulaba una sonrisa fatal—. De momento.
—¿Y por qué estás colorada? —Claudia entornó los ojos en la pantalla, periscopio de hermana mayor a pleno rendimiento—. Estás coloradísima. ¿Qué estabais haciendo?
—Nada. Andando. Hace frío. Es el frío.
—A ti el frío te pone blanca, no roja. —Movió la cámara—. ¿Está Lennox ahí? Que lo vea. ¡Lennox! ¡Saluda!
Lennox se acercó por detrás de mi hombro, llenó media pantalla, y saludó con dos dedos.
—Hola, Claudia. Bonita palmera.
—¿Verdad que sí? ¡Marcus, saluda a tu hermano! —La pantalla se llenó un momento de la cara de Marcus, que dijo «hola» con el entusiasmo de un buzón y volvió a desaparecer hacia la piña colada—. Oye, ¿os estáis portando bien? Porque os dejé la casa, pero no os di permiso para…
—Adiós, Claudia —dije.
—¡Que no he terminado!
—Disfruta de las Maldivas. Te quiero. Adiós.
Y colgué, con mi hermana protestando al otro lado del mundo y la cara ardiéndome como un brasero.
Me guardé el móvil en el bolsillo. Lennox seguía a mi lado, demasiado cerca, oliendo a lluvia y a lana mojada, y los dos nos quedamos mirando el valle un momento sin decir nada, sabiendo perfectamente lo que el teléfono de mi hermana había interrumpido y sin atrevernos a retomarlo a plena luz, ya con la cabeza fría.
—¿Seguimos? —dijo él al fin, señalando el camino con la barbilla.
—Seguimos —dije.
Y bajamos la loma hacia la casa, sin hablar, rozándonos los brazos a cada paso, los dos con la sensación clarísima de que aquello no se había acabado. Solo se había aplazado.