Hasta que las Highlands nos separen Capítulo 8 La rubia que nunca se mojaba
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Capítulo 8 La rubia que nunca se mojaba

Lo primero que pensé, viendo a Fiona acercarse a nuestra mesa, fue que aquella mujer tenía un pacto con el clima.

Porque yo había llegado a la posada hecha una sopa, embarrada hasta las orejas y con el pelo pegado a la cara como las algas a una roca.

Fiona, en cambio, había cruzado el mismo pueblo, bajo la misma lluvia de lado, y entraba seca.

Seca y planchada. Ni una gota en el abrigo, ni un mechón fuera de sitio, como si las nubes escocesas hicieran una excepción con ella por respeto profesional.

Aquello, más que ninguna otra cosa, me confirmó que estaba ante una enemiga seria.

—¿Os importa que me siente? —dijo, y ya estaba sentándose, arrimando una silla a nuestra mesa sin esperar respuesta, como había hecho en el salón de mi hermana—. Hace un día horrible para estar sola en una posada.

—Pues haberte quedado en tu casa, que está lejísimos —contesté.

—Y perderme esto. Ni hablar.

Brodie apareció con su delantal y su barba de vikingo, plantó las manos en las caderas, y miró a Fiona con la cara de quien ha encontrado una mosca en la sopa.

—Fiona Bell —dijo, sin el menor entusiasmo—. Cuánto tiempo sin verte el pelo por aquí.

—Brodie. Sigues igual de encantador.

—Y tú sigues igual. —Lo dijo de un modo que no era un cumplido—. ¿Te pongo algo o solo vienes a calentarte a costa de mi chimenea?

—Una copa de vino blanco. Del bueno, si es que tienes.

—Tengo del que hay.

Y se fue, dejándole claro con la espalda que en aquella posada no era bienvenida. Yo, que estaba descubriendo que el pueblo entero era de mi bando sin haber hecho nada para merecerlo, le cogí cariño a Brodie de golpe y para siempre.

Fiona, sin embargo, no era de las que se arrugan por un posadero hostil. Se quitó el abrigo perfecto, lo colgó con cuidado, y se giró hacia Lennox encendiendo el numerito que venía a hacer.

—¿Te acuerdas de la última vez que estuvimos aquí los dos? —le dijo, con una sonrisa de nostalgia bien ensayada—. Aquella noche de tormenta. Nos quedamos hasta el cierre, Brodie nos echó, y acabamos en tu coche escuchando la lluvia hasta el amanecer. Qué tiempos.

Era buena. Tengo que reconocerle que era buena.

No me insultaba a mí. No la atacaba a una directamente.

Solo pintaba, con dos pinceladas, un cuadro del que yo quedaba fuera: ella y Lennox, una historia con paisajes y noches y recuerdos, y yo, la española de paso, el episodio raro entre dos capítulos suyos.

Sentí algo feo y caliente subiéndome por el pecho, algo que no pensaba nombrar porque nombrarlo sería admitir que me importaba, y me importaba, y eso era exactamente lo que Fiona quería.

Lennox, para su honor eterno, ni se inmutó.

—Me acuerdo de que llovía —dijo, sin levantar la vista de su cerveza—. Y de que tú no parabas de hablar.

—Qué cruel.

—Realista.

—Antes te gustaba que hablara.

—Antes me gustaban muchas cosas que ya no me gustan.

—Y ahí sí levantó la vista, y la clavó en ella—.

Fiona. Naroa sabe perfectamente lo que hubo entre nosotros.

No vas a sorprenderla con cuentos de coches y tormentas.

Así que, si has venido a meter cizaña, ya puedes ir recogiendo, que aquí no te va a colar.

Casi aplaudo. Me contuve, porque habría sido poco digno, pero por dentro le hice la ola.

Lo que más me fascinaba de aquella mujer era su capacidad de no rendirse jamás.

Cualquier persona normal, después de que el hombre al que viene a reconquistar le diga delante de su mujer y de medio pueblo que le aburría, habría recogido el bolso y se habría ido a lamerse las heridas a la posada.

Fiona no. Fiona era de esa raza de gente que confunde la cabezonería con la elegancia.

Se reacomodó en la silla, cruzó las piernas, y me miró con la sonrisa de una serpiente que ha decidido cambiar de presa.

Yo, mientras tanto, me dediqué a observarla por encima del borde de mi jarra de cerveza negra, fingiendo una tranquilidad que no tenía.

Porque una cosa es ganar el primer asalto y otra muy distinta es que se te relaje el estómago, y a mí el estómago lo tenía hecho un nudo desde que aquella mujer había nombrado las palabras «coche», «tormenta» y «amanecer» en la misma frase.

No por celos. Que conste en acta que no eran celos.

Era… interés antropológico. Como lo del kilt.

Era mentira. Eran celos como catedrales. Pero a mí no me iba a pillar nadie reconociéndolo, y menos ella.

—¿Sevilla, no? —me dijo entonces, cambiando de tema con una suavidad de gata—. He estado. Hace calor, ¿verdad? Tanto sol. Aquí te vas a marchitar, guapa. Las flores de invernadero no aguantan la intemperie escocesa.

—Pues mira, llevo casi tres semanas aguantando una intemperie que no veas, y aquí sigo, fresca como una lechuga —contesté—. Será que soy más planta de exterior de lo que parezco.

Un parroquiano de la mesa de al lado, un viejo con gorra que no se perdía detalle, soltó una carcajada y levantó su jarra hacia mí, como brindando. Empezaba a sentirme local. Empezaba a caerme bien aquel pueblo de lluvia horizontal y gente metomentodo.

Brodie reapareció con la copa de vino blanco y la plantó delante de Fiona con un golpe que estuvo a punto de derramarla por sí solo, ahorrándole parte del trabajo al universo, que venía de camino con la factura.

Fiona ignoró la hostilidad ambiental, le dio un sorbo elegante a su vino, y volvió a la carga. Cuando lo hizo, ya no iba a por Lennox. Iba a por mí, que era el eslabón que ella creía más débil.

—¿Sabes una cosa, Naroa? —dijo, en tono de confidencia entre chicas—.

Me caes bien. En serio. Por eso te lo voy a decir, de mujer a mujer, para que no sufras luego.

Lennox es maravilloso. Encantador, divertido, generoso.

El problema es que se aburre. Siempre se ha aburrido.

Yo le duré tres años a base de aparecer y desaparecer, de no estar nunca del todo.

En el momento en que te tuvo segura, se cansó.

Y tú, casada y metida en su casa, lo tienes seguro las veinticuatro horas.

—Sonrió, con una pena tan bien fingida que casi me la creo—.

Disfruta de la novedad mientras dure. Pero no te ilusiones.

Las españolas sois muy graciosas una temporada. Hasta que dejáis de serlo.

Y ahí, me dio donde dolía. No porque tuviera razón.

Sino porque dijo en voz alta el miedo exacto que yo me había tragado la noche anterior, cuando de madrugada me dio por pensar por qué un hombre así iba a perder el tiempo conmigo.

Fiona había metido el dedo justo en la duda que yo tenía escondida, y lo había hecho con una puntería que solo se consigue con mala fe de verdad.

Me quedé un segundo sin saber qué contestar, que en mí es un acontecimiento histórico.

Lennox abrió la boca para salir en mi defensa. Pero yo le puse una mano en el brazo, sin pensarlo, para pararlo. Porque esa pelea era mía. Y porque una cosa había aprendido en treinta y tantos años de lengua viperina: cuando una serpiente te muerde, no te pones a llorar. Le muerdes tú más fuerte.

—Mira, Fiona —dije, dejando la cuchara con mucha calma—.

Te agradezco el consejo de mujer a mujer.

De verdad. Es muy generoso por tu parte venir desde tan lejos, con este tiempo de perros, a avisarme de que tu ex se aburre.

—Le sonreí, con toda la dulzura del mundo—.

Pero te voy a contar yo una cosa, también de mujer a mujer.

Si un hombre se pasó tres años apareciendo y desapareciendo para no aburrirse contigo, el problema no era el aburrimiento.

Eras tú. A los hombres no los aburre la mujer que tienen segura.

Los aburre la mujer que no les interesa.

Y por lo que veo, a este lo tuviste tres años y no conseguiste que dejara de mirar la puerta.

—Me encogí de hombros—. Yo lo tengo desde hace casi tres semanas y todavía no me ha mirado la puerta ni una vez.

Así que no sé, bonita. Igual el problema no era que él se aburriera. Igual era que tú aburrías.

La posada, que llevaba un rato fingiendo no escuchar mientras escuchaba con toda el alma, soltó un «ooooh» colectivo de los de pelea de patio de colegio. Alguien silbó. Brodie, desde la barra, dejó escapar una risa que intentó disimular tosiendo y no lo consiguió.

Fiona se puso blanca. Luego roja. Luego de un color que no tiene nombre en la carta de colores. Abrió la boca, la cerró, buscó una réplica que no encontró, y en su prisa por recuperar la compostura y por levantarse de aquella mesa con algo de dignidad, hizo un gesto brusco con el brazo.

Y volcó su copa de vino blanco del bueno enterita sobre su propia falda carísima.

El tiempo se detuvo. La rubia que nunca se mojaba, la que cruzaba tormentas sin despeinarse, la que entraba seca donde todos entrábamos empapados, se quedó mirando la mancha enorme que le crecía por el muslo con cara de no entender cómo el universo había osado hacerle aquello a ella.

—Vaya por Dios —dije, sin mover un músculo de la cara—. Y del bueno, además. Qué desperdicio.

No sé quién empezó a reírse primero. Creo que fue el viejo de la barra, el de los kilts y las abuelas.

Pero la risa se contagió como el fuego en rastrojo seco, y en cuestión de segundos la posada entera estaba llorando de risa, dándose palmadas en los muslos, mientras Fiona se levantaba de golpe, chorreando vino, recogía su abrigo y su dignidad hecha trizas, y se dirigía a la puerta con toda la velocidad que le permitían los tacones.

—Esto no se queda así —me soltó desde el umbral, con los ojos echando chispas.

—Llévate un paraguas —le contesté—. Que llueve.