Hasta que las Highlands nos separen Capítulo 7 Aquí llueve de lado #2
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Capítulo 7 Aquí llueve de lado #2

—Aquí todo el mundo se conoce desde crío y todo el mundo te pica.

—Es un pueblo muy pequeño.

Brodie nos trajo dos jarras de una cerveza negra y espesa que parecía pan líquido, se sentó un rato con nosotros a interrogarme sobre Sevilla y el sol y los toros y si era verdad que allí se cenaba a las once de la noche como gente sin Dios ni horario, y a mí, entre la sopa, la cerveza, el fuego y las carcajadas, se me fue olvidando que estaba empapada, embarrada, atrapada en un matrimonio falso y a kilómetros de mi vida.

En algún momento alguien sacó un violín de detrás de la barra, y otro un acordeón, y la posada se llenó de esa música rápida y antigua que ya conocía de la boda. Brodie miró a Lennox.

—¿Nos tocas algo, muchacho? También tenemos una gaita.

—Hoy no, Brodie.

—Que la española no te ha oído tocar en condiciones. Solo en una boda y borracho.

—Eso es verdad —dije yo, traidora, animada por la cerveza negra—. Yo quiero oírte tocar en condiciones.

Lennox me miró con cara de «me las pagarás», pero la posada entera ya estaba coreando su nombre, y un hombre como él no le dice que no a un pueblo entero.

Fue a buscar la gaita, se la colgó del brazo, y empezó a tocar.

Y esta vez, sin cinco whiskies de por medio, sin una boda y sin la vergüenza ajena de la ceremonia, escuché de verdad lo que aquel hombre era capaz de hacer con aquel instrumento ridículo y precioso.

Nada que ver con lo que había estado ensayando en la casa.

La música llenó la posada hasta los techos, grave y limpia, y los parroquianos se pusieron a dar palmas, y una pareja de viejos se levantó a bailar, y yo me quedé quieta con la jarra a medio camino de la boca, mirando a mi marido accidental tocar la gaita junto al fuego.

Nos volvimos a sentar junto a la chimenea cuando terminó, y Brodie nos rellenó las jarras y nos dejó un pan caliente que me reconcilió con Escocia entera.

Y mientras yo entraba en calor y la ropa empezaba a echar vapor, Lennox se relajó del todo.

Se le fue la rigidez de los hombros. Se rió con los parroquianos, contestó a sus bromas, preguntó por la salud de unos y por las ovejas de otros, y yo lo observé hacerlo desde detrás de mi cuchara con una sensación nueva y peligrosa instalándoseme en el pecho.

Porque era fácil. Verlo así era fácil. Demasiado fácil.

—Te gusta esto —dije, cuando se quedaron por fin sin bromas que hacernos y nos dejaron en paz con nuestra sopa.

—Es mi sitio. —Miró alrededor, la chimenea, las vigas, la gente—. En la ciudad soy un nombre. Aquí soy Lennox, el de siempre. Al que su padre traía a esta misma posada a comer esta misma sopa los domingos.

No le había oído nombrar a su padre hasta entonces. Lo dijo en pasado, con ese cuidado con el que se nombra a los que ya no están, y algo en su voz cambió.

—¿Tu padre ya no…?

—Murió hace seis años. —Removió la sopa sin mirarla—. De repente. Un infarto, en su despacho, trabajando, como hizo siempre todo. Y de un día para otro me tocó a mí cargar con lo que él llevaba. Con todo. Sin estar preparado y sin que nadie me preguntara si quería.

No dije nada. A veces el mayor favor que le puedes hacer a alguien que se está abriendo es no llenarle los huecos con ruido.

—Lo peor no fue el trabajo —siguió, despacio—.

Lo peor fue cómo cambió la gente. De repente todos querían algo de mí.

Amigos de toda la vida que empezaron a tratarme distinto.

Mujeres que aparecieron de la nada. —Levantó la vista, y me miró de una manera que me clavó a la silla—.

Aprendí muy rápido a distinguir a quien me miraba a mí de quien miraba lo que había detrás.

Y desde entonces, prefiero que la gente no sepa según qué cosas hasta que estoy seguro de que me ven a mí.

Ahí estaba otra vez. La puerta entreabierta. El hombre contándome el contorno de un secreto sin enseñarme el secreto. Y yo, que tenía el cuchillo en la mano para abrir esa puerta de par en par y exigir saberlo todo, lo dejé sobre la mesa.

—Pues yo a ti te miro a ti —dije, y me salió más bajito y más sincero de lo que pretendía—. Que conste. Lo que sea que haya detrás me importa un pimiento. A mí me caíste regular desde el minuto uno y me sigues cayendo regular. Eso no lo compra nadie.

Lennox se me quedó mirando. Y por una vez, el gamberro se quedó sin respuesta ingeniosa. Se le ablandó la cara entera, bajó la vista a su sopa, y cuando volvió a hablar lo hizo con una voz que no le había oído.

—¿Sabes que eres la única persona en años que me ha dicho que le caigo regular? —Sonrió, pero era una sonrisa distinta, sin armadura—. No te imaginas el descanso que da.

Nos quedamos así, los dos, junto al fuego, con la lluvia golpeando los cristales de lado y la posada zumbando a nuestro alrededor, sin necesidad de decirnos nada.

Yo bajé la vista a mi cuchara. Él subió la mano y, con un dedo, me quitó una gota de sopa que me resbalaba por la comisura, despacio, como si tuviéramos todo el tiempo del mundo y ninguna sentencia de divorcio esperándonos en un cajón.

Y entonces, porque el universo me tiene manía, se abrió la puerta de la posada, entró una ráfaga de viento y de agua, y con ella entró Fiona, sacudiéndose el paraguas, perfecta y seca y sonriente, buscando con la mirada exactamente la mesa en la que estábamos.

—Vaya, vaya —dijo, acercándose con la lentitud de quien sabe que ha interrumpido algo—. La parejita feliz, calentita junto al fuego. Qué cuadro tan bonito. Lástima que sea temporal.

Lennox apartó la mano de mi cara. Yo cogí mi cuchara como quien empuña un arma. Y la sopa más rica de mi vida se me enfrió de golpe en el cuenco.