Hasta que las Highlands nos separen Capítulo 7 Aquí llueve de lado
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Capítulo 7 Aquí llueve de lado

Después de demasiados días de encierro en la casa de mi hermana, con Fiona acechando desde la posada como un buitre con tacones y el papeleo del divorcio avanzando a la velocidad de un caracol artrítico, me dio la fiebre de la jaula.

Es una cosa que me pasa. Cuando llevo demasiado tiempo entre cuatro paredes, empiezo a hablar sola, a reorganizar armarios que no son míos y a discutir con los presentadores de la televisión.

Lennox me encontró a media mañana doblando por tercera vez las toallas del baño, que ya estaban dobladas, y diagnosticó el problema con una sola mirada.

—Necesitas salir —dijo.

—Necesito mi vida de vuelta. Pero salir también.

—Pues vístete. Te enseño el pueblo.

—No tengo ropa para esto. En mi maleta solo hay vestidos, vaqueros finos y cosas de persona que pensaba venir a una boda, no sobrevivir a una expedición polar. Voy a ver si mi hermana tiene algo que me pueda servir en el armario.

—Te dejo un jersey mío. Te llegará por las rodillas, pero aquí nadie se fija en esas cosas. —Me miró de arriba abajo con una sonrisa—. Y ponte botas. Las de agua de Claudia. Confía en mí.

No confié en él. Ese fue mi error. Me puse unas bailarinas monísimas, porque soy de Sevilla y en mi tierra una sale a la calle como Dios manda aunque haya que cruzar el desierto, y me planté en la puerta convencida de que un paseo por un pueblo escocés no podía ser más que un agradable trámite turístico.

Abrí la puerta. Y el cielo, que diez minutos antes lucía un sol tímido y esperanzador, me recibió con una cortina de agua que no caía de arriba abajo como el agua decente, sino de lado, en horizontal, directa a la cara, empujada por un viento que parecía tener algo personal contra mí.

—¿Esto qué es? —grité, ya empapada hasta las cejas en los tres segundos que me costó retroceder.

—Esto es Escocia —dijo Lennox, plantado bajo el aguacero como si tal cosa, con su jersey de lana y su pelo escurriendo, tan ancho de hombros que parecía que la lluvia le tenía respeto—. Aquí no llueve hacia abajo. Llueve hacia ti. Es más personal.

—Me cago en la madre que parió a este clima.

—Bienvenida a las Highlands. Ponte las botas.

Me puse las botas. Me puse también un chubasquero amarillo de Marcus que me hacía parecer una boya de señalización marítima, y salí de nuevo, esta vez derrotada y obediente, a chapotear detrás de aquel hombre por un camino embarrado que llevaba al pueblo.

Y juro que, después de los primeros cinco minutos de maldecir en andaluz cerrado, cuando dejé de pelearme con la lluvia y simplemente la acepté como se acepta a un suegro pesado, empezó a gustarme.

El aire olía a tierra mojada y a algo verde que no sabría nombrar.

Las colinas se perdían en la niebla como animales dormidos.

Y a mi lado, el escocés caminaba a un ritmo que iba acompasando con el mío sin darse cuenta, acortando esas zancadas suyas de gigante para no dejarme atrás.

Iba yo tan a gusto mirándolo de reojo, distraída con el perfil empapado y la mandíbula y todo el conjunto, que no vi la oveja.

Era una oveja gorda, sucia y con cara de muy pocos amigos, plantada justo en mitad del sendero, masticando algo con la lentitud desafiante de quien ha decidido que ese trozo de camino es suyo.

Yo, que de animales de campo sé lo justo y de ovejas escocesas nada de nada, hice lo que haría cualquier sevillana sensata: intentar rodearla por el borde de la cuneta.

La oveja, que al parecer interpretó mi maniobra como una provocación territorial, bajó la cabeza, soltó un balido grave, y dio dos pasos hacia mí.

—No, no, no —le dije, retrocediendo—. No quiero problemas. Tú a lo tuyo y yo a lo mío.

La oveja no entendía español, o no quería.

Avanzó. Yo retrocedí. Y en el tercer paso atrás, mi bota de agua prestada encontró exactamente el único charco de barro líquido del condado, resbaló, y me mandó al suelo de culo con un esplendor digno de portada de revista.

Aterricé en el barro, salpicada de arriba abajo, con el chubasquero amarillo convertido en una bandera de la rendición, y la oveja se acercó a olerme la cara con la satisfacción del vencedor.

Lennox no me ayudó a levantarme. No de inmediato. Primero se dobló por la mitad de la risa, una carcajada de esas suyas que asustan a los pájaros, apoyándose en las rodillas para no caerse él también.

—¡No te rías! ¡Haz algo! ¡Me va a comer!

—Es una oveja, Naroa. Comen hierba.

—¡Pues me mira raro!

—Te mira porque estás en su sitio. —Le dijo algo a la oveja en gaélico, dos palabras suaves, y el animal, como por arte de magia, dio media vuelta y se alejó trotando tan pancho—. Ya está. Diálogo. Deberías probarlo.

—Te odio.

Me tendió las dos manos, todavía riéndose, y me izó del barro de un tirón como si yo no pesara nada.

Me quedé de pie frente a él, embarrada, empapada, ridícula, a un palmo de su cara, con sus manos todavía sujetando las mías y la lluvia cayéndonos de lado a los dos.

Y durante un segundo que se hizo muy largo, ninguno de los dos soltó.

Luego me solté yo, porque soy una cobarde, y empecé a quitarme el barro de las posaderas con una dignidad que ya no existía.

—Ni una palabra de esto a nadie —le advertí.

—Ah, esto lo sabe el pueblo entero antes de comer. Aquí las noticias vuelan.

Tenía razón. Vaya si tenía razón.

El pueblo era de postal. Cuatro calles de casitas de piedra, una iglesia, una tienda, una plaza con una fuente y una posada con un cartel que se balanceaba con el viento. Y en cuanto pusimos un pie en la calle principal, pasó una cosa que me dejó pensando el resto del día.

Todo el mundo conocía a Lennox.

No de la manera en que en los pueblos todos se conocen.

De otra manera. Una mujer mayor que barría su porche bajo la lluvia levantó la cabeza, lo vio, y le dedicó una sonrisa enorme y un saludo con la mano que tenía algo de reverencia.

Un hombre que descargaba cajas de una furgoneta dejó lo que hacía para acercarse a estrecharle la mano y preguntarle por «el asunto de los barriles».

Dos niños cruzaron la calle corriendo para enseñarle no sé qué, y él se agachó a su altura, enorme y empapado, y les hizo caso con una paciencia que me derritió un poquito por dentro, aunque no pienso confesarlo bajo tortura.

—Aquí te conoce todo el mundo —dije, mientras seguíamos calle arriba.

—Es un pueblo pequeño.

—No es eso. La gente te trata como si fueras… no sé. Importante.

—Llevo viniendo aquí desde niño. Mi familia es de la zona. —Se encogió de hombros, restándole importancia con esa habilidad suya para cerrar puertas sin dar un portazo—. Me tratan bien porque les caigo bien. Nada más.

No me convenció. Pero justo entonces doblamos una esquina, y al final de la calle, sobre una colina al otro lado del valle, medio velado por la niebla, vi un edificio enorme.

Una construcción larga de piedra, con chimeneas altas y unas letras blancas pintadas en el tejado que la lluvia y la distancia no me dejaron leer del todo.

—¿Y eso qué es? —pregunté.

Lennox siguió mi mirada, y por un instante, solo un instante, se le tensó algo en la mandíbula.

—Una destilería —dijo—. La de la zona. Da trabajo a medio pueblo.

—Qué grande. Debe de ser de algún ricachón.

—Algo así.

—Imagínate ser el dueño de eso. —Solté una risa, sacudiéndome el agua de las mangas—. Forrado hasta las cejas y viviendo en mitad de la nada. No sé yo si me compensaría.

Lennox no contestó. Se quedó mirando la destilería un segundo de más, con una expresión rara que no supe leer, y luego me puso una mano en la espalda para guiarme hacia la posada.

—Vamos a entrar en calor antes de que te conviertas en una croqueta congelada —dijo, cambiando de tema con la sutileza de costumbre—. Te invito a la mejor sopa de tu vida.

La posada por dentro era exactamente lo que tenía que ser: vigas de madera negra, una chimenea rugiendo, olor a guiso y a cerveza, y un puñado de parroquianos que levantaron la vista cuando entramos y que, al ver a Lennox, soltaron un coro de saludos que retumbó en el techo bajo.

—¡Lennox! ¡Pero si es el novio!

—¡El recién casado!

—¡Que viene con la española!

Y ahí me di cuenta, con una mezcla de horror y de risa, de que la historia de la boda había llegado al pueblo antes que nosotros. Toda. Entera. Con pelos y señales.

—¡Esta es la que le bajó el kilt en mitad de la boda! —anunció un viejo desde la barra, con la alegría de quien comparte una gran noticia—. ¡Delante de la abuela Sinclair!

La posada entera estalló en carcajadas y aplausos. Yo me quería morir, esconderme debajo del chubasquero amarillo y no salir hasta el deshielo. Lennox, a mi lado, en lugar de defenderme, levantó las dos manos como un torero saludando al tendido.

—¡La misma! —proclamó—. ¡Y os aseguro que no se arrepiente!

—¡Yo en su lugar tampoco! —contestó una señora desde una mesa, y la posada volvió a venirse abajo.

—Os odio a todos —dije, en mi inglés de barra, lo cual les hizo aún más gracia, porque al parecer una española mojada y enfadada es lo más divertido que pasa en ese pueblo desde que se inventó el whisky.

El posadero, un hombretón pelirrojo con delantal y barba de vikingo jubilado, salió de detrás de la barra secándose las manos y le dio a Lennox una palmada en la espalda que habría tumbado a un hombre más pequeño.

Nos sentó junto a la chimenea y nos plantó delante dos cuencos de una sopa espesa de cordero y cebada que, en efecto, resultó ser de las mejores cosas que he comido en mi vida.

—Esta ronda la pagas tú, muchacho, que para algo te sobra —dijo, guiñándole un ojo a Lennox, y los parroquianos se rieron como si fuera el mejor chiste del mundo.

—Calla, Brodie —contestó Lennox, y lo dijo riéndose, pero noté que me echaba una miradita rápida, de reojo, comprobando si yo había pillado algo.

No pillé nada. O pillé todo y no lo entendí, que viene a ser lo mismo.

—¿Por qué se ríen? —le pregunté en voz baja.

—Cosas de pueblo. Brodie y yo nos conocemos desde críos. Le gusta picarme.