Hasta que las Highlands nos separen Capítulo 6 La invitada que nadie invitó #2
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Capítulo 6 La invitada que nadie invitó #2

—Mira —dije, abriéndole yo misma la puerta de par en par—, lo que hay debajo del kilt ya tiene anillo y es asunto de su mujer. Y da la casualidad de que su mujer soy yo. Así que, si algún día tienes mucha curiosidad, siempre te queda internet.

Lennox soltó una carcajada que no pudo contener, una de esas suyas que le salían del pecho, y se tapó la boca con el puño demasiado tarde.

Fiona se puso del color de su antiguo vestido rojo.

Me dirigió una mirada fulminante, dio media vuelta sobre sus tacones carísimos, y salió de la casa arrastrando la maleta por el camino de gravilla con toda la dignidad que le quedaba, que no era mucha.

Cerré la puerta. Me apoyé en ella. Y solté el aire que llevaba reteniendo desde que aquella mujer había puesto un pie en el felpudo.

—Bueno —dije—. Encantadora, tu amiga.

—No es mi amiga.

—Tu lo que sea.

—Mi error —dijo Lennox, y se pasó las dos manos por la cara—. Mi error de hace tres años, que se niega a quedarse en el pasado. Lo siento. No tendría que haberse presentado aquí. Y menos a soltar… eso.

—¿Eso de a qué te dedicas de verdad?

El aire se quedó quieto entre los dos. Esta vez no lo provoqué yo. Lo provocó él, deteniéndose en mitad del salón, debatiéndose entre contarme algo o no contármelo.

—Naroa…

—No —dije, levantando una mano—. No me lo cuentes ahora.

No así, porque esa arpía te ha obligado.

Cuando quieras contarme quién eres, me lo cuentas porque te da la gana, no porque te hayan acorralado.

Teníamos un trato, ¿te acuerdas? Empatados a secretos.

Solo espero no estar casada con un traficante o algo peor…

Lennox me miró un buen rato, y algo en su cara se ablandó, una mezcla de alivio y de algo más cálido que prefiero no ponerle nombre todavía.

—Eres rara —dijo al fin—. La gente normal, cuando le dicen que su marido esconde algo, exige saberlo en el momento.

—Yo no soy la gente normal. Ya te lo dije en la boda.

—Es verdad. Me lo dijiste. —Sonrió, despacio—. Empiezo a creerte.

Nos quedamos un momento así, los dos en mitad del salón de mi hermana, con el eco de Fiona arrastrando su maleta todavía flotando en el aire y una corriente nueva pasando entre nosotros, de esas que no se ven pero se notan en la piel.

Y justo cuando la cosa empezaba a ponerse peligrosamente quieta, peligrosamente cercana, Lennox carraspeó, dio un paso atrás, y rompió el momento con la elegancia de un elefante en una cacharrería.

—¿Tienes hambre? Porque después de esto, yo me comería un buey.

—Me comería dos —dije, agradecida de tener algo que hacer con la boca que no fuera lo que mi cuerpo estaba sugiriendo.

Y nos fuimos a la cocina a pelearnos con la nave espacial de Marcus y a freír unos huevos, fingiendo los dos que no había pasado nada, que Fiona no había metido el dedo justo en la llaga, y que aquel matrimonio de mentira no se estaba empezando a parecer, peligrosamente, a uno de verdad.

Él me robó el primer huevo directamente de la sartén, con los dedos, como un crío.

Le di un golpe en la mano con la espátula.

Se rió, se chupó el dedo quemado, y volvió a robarme pan tostado por encima del hombro mientras yo fingía estar muy concentrada en no mirarlo y muy poco en lo bien que olía la cocina con dos personas dentro.

—Por cierto —dijo, con la boca llena de mi pan—. Lo de internet... Eso ha sido bajo.

—Se lo merecía.

—No digo que no. Digo que ha sido bajo. —Tragó—. Y muy bueno. Llevo desde la boda esperando a que alguien le parara los pies a Fiona, y va y lo hace una española en pijama con una espátula en la mano. Gracias.

—¿Por defenderte?

—Por no preguntarme lo que cualquiera me habría preguntado en cuanto Fiona ha salido por la puerta.

—No te confundas. No es que no quiera saberlo. Es que quiero saberlo bien. Hay diferencia. —Le quité el último trozo de pan de la mano antes de que se lo comiera—. Y esto es por robarme el desayuno.

Me lo metí en la boca entero, mirándolo a los ojos, en plan desafío. Él se rió, levantó las manos rindiéndose, y por un momento, en aquella cocina diminuta que olía a huevos fritos y a tregua, se me olvidó que aquello tenía fecha de caducidad escrita en un juzgado.

Esa noche, cuando él se metió en la ducha y yo me quedé sola en el dormitorio, estuve a esto de hacer lo contrario de lo que le había prometido por la mañana.

Su chaqueta colgaba del respaldo de la silla, la misma que me había echado por los hombros en la boda.

Dentro estaría su cartera, su carné, sus tarjetas, todo lo que un nombre y un apellido necesitan para dejar de ser un misterio. Bastaba con alargar la mano.

Alargué la mano. La dejé suspendida sobre la chaqueta el tiempo justo para odiarme un poco. Y la retiré.

No por buena. Que conste que no fue por buena.

Fue porque me daba miedo lo que pudiera encontrar.

Mientras Lennox fuera un escocés cualquiera de negocios aburridos, podía permitirme reírme con él, robarle el pan tostado y dormir en su mitad de Berlín sin que aquello significara nada.

Pero si abría esa cartera y descubría que era otra cosa, algo lo bastante grande como para justificar abogados de coche caro, madres organizándole la vida y Fionas presentándose con maletas, entonces tendría que empezar a preguntarme por qué un hombre así perdía el tiempo conmigo.

Y esa pregunta no me apetecía hacérmela.

Dejé la chaqueta en paz. Me metí en mi mitad de la cama. Y cuando Lennox salió de la ducha oliendo a ese jabón suyo y se tumbó en la suya, fingí que dormía. Él se quedó quieto un rato. Luego, muy bajito, como quien habla más para sí mismo que para nadie, dijo:

—Gracias por como eres.

No contesté. Pero sonreí contra la almohada, en mi lado del muro, y me dormí pegada al borde del colchón, lo más lejos que pude de una frontera que cada noche se borraba un poco más.