Hasta que las Highlands nos separen Capítulo 6 La invitada que nadie invitó
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Capítulo 6 La invitada que nadie invitó

Fiona no esperó a que le dijéramos que sí. Para cuando quise reaccionar, ya había metido la maleta en el recibidor, se había quitado el abrigo del sueldo entero, y lo había dejado sobre el respaldo del sofá de mi hermana con la naturalidad de quien lleva años entrando en esa casa.

—Qué mona, la casita —dijo, recorriendo el salón con la mirada como una tasadora—. Pequeña, pero mona. ¿Es tuya?

—Es de mi hermana —contesté.

—Ah. La que se casó con Marcus. —Sonrió—. Pobre Marcus.

Y ahí, en esas dos palabras, entendí la clase de mujer que tenía delante.

Una que insulta sonriendo, que clava el cuchillo y luego te pregunta si te has hecho daño.

Yo, que de lenguas viperinas sé un rato porque tengo una en propiedad, reconocí a una colega de gremio.

Y supe que aquello no iba a ser una conversación. Iba a ser un combate.

Me ajusté el pijama, que de pronto me pesaba como una armadura de cartón, y deseé con todas mis fuerzas haberme puesto cualquier otra cosa esa mañana. Cualquier cosa que no tuviera corazoncitos estampados.

—Bonito pijama —dijo Fiona, que por supuesto se había fijado.

—Gracias. Es de andar por mi casa. Que es esta. Hoy.

Sin pedir permiso, Fiona se levantó, fue hasta la repisa de la chimenea, y cogió una foto enmarcada de Claudia y Marcus el día de la pedida. La examinó con la cabeza ladeada, como quien evalúa una obra de arte que no acaba de convencerle.

—Marcus siempre fue el blando de los dos hermanos —dijo, dejando la foto un par de centímetros torcida, lo justo para que me dieran ganas de enderezarla—.

El bueno, el formal, el que hace lo que se espera de él.

Lennox es el otro. El que hace lo que le da la gana y encima le sale bien.

—Se giró hacia mí con una sonrisa—. ¿Sabes lo que pasa con los hombres a los que todo les sale bien?

Que se aburren rápido. De todo. Y de todas.

—Pues mira, qué suerte que yo sea un trámite y no me tenga que preocupar de aburrirlo.

Fiona arqueó una ceja, nada convencida, y siguió su paseo de inspección por el salón como si estuviera tasando la casa para comprarla. Tocó las cortinas. Miró por la ventana. Abrió incluso un cajón del aparador, con un descaro que me dejó sin palabras, y lo cerró al ver que solo había mantelerías.

—¿Buscas algo? —pregunté.

—Me oriento. Me gusta saber dónde estoy. —Volvió a sentarse, perfectamente a gusto—. Una nunca sabe cuándo va a tener que pasar aquí una temporada.

—En esta casa la temporada la decido yo, que soy la única que tiene llave. Y de momento, tu temporada aquí dura lo que dure este café que no te he ofrecido.

Lennox, mientras tanto, se había quedado plantado junto a la puerta, sin sentarse, con esa rigidez de armario que le entraba cuando algo le incomodaba de verdad.

—Fiona, esto no es buen momento.

—Nunca es buen momento contigo, cariño. Por eso estamos como estamos. —Se dejó caer en el sofá, cruzó las piernas, y me miró a mí—. ¿Te ha hablado de mí? Imagino que no. Lennox no habla. Es su gran defecto. Guapo, encantador, y cerrado como una ostra de las caras.

—Algo me han contado —dije, sentándome enfrente para no darle la ventaja de la altura—. Que erais… amigos.

Fiona se rió. Una risa bonita y desagradable a la vez, como un caramelo con el centro amargo.

—«Amigos.» Qué tierno. —Miró a Lennox—. ¿Eso le has dicho que somos? ¿Amigos?

—No le he dicho nada porque no hay nada que decir —contestó él, y por el tono supe que era verdad y que a Fiona le dolía que fuera verdad.

—Llevamos tres años, querida —me dijo Fiona, ignorándolo—.

Tres años de idas y venidas. Él desaparece a sus islas, vuelve, me llama, lo dejamos, volvemos.

Lo nuestro es… complicado. Una de esas cosas que no tienen nombre pero que están ahí.

Y de repente me entero, por el grupo del condado, de que se ha casado en una capilla con una española a la que conoce de un día.

—Se inclinó hacia delante—. Comprenderás que viniera a ver qué clase de mujer le ha hecho perder la cabeza a un hombre que no la pierde nunca.

—No le he hecho perder nada —dije—. Fue el whisky. Y ya nos estamos divorciando. En cuanto se arreglen los papeles, cada uno por su lado.

Algo cruzó la cara de Fiona. Un alivio mal disimulado. Y luego, enseguida, la satisfacción de quien acaba de oír que el obstáculo es temporal.

—Ah. Os divorciáis. —Se recostó de nuevo, relajada—. Bueno. Eso lo cambia todo, ¿no? Entonces no eres un problema. Eres un trámite.

—Soy un trámite con muy mala leche —dije—. Tenlo en cuenta.

—Es curioso —insistió Fiona, que no pensaba soltar el hueso—. Una se emborracha en cientos de bodas a lo largo de la vida y no acaba casada en ninguna. Y tú, a la primera, vas y firmas un registro con el soltero más codiciado de… —se detuvo, midió la palabra, la cambió—… de la zona. Qué puntería.

—Será suerte de principiante.

—O será que sabías muy bien lo que hacías.

Ahí me reí yo. Una risa de verdad, porque la insinuación era tan absurda que casi le agradecí el chiste.

—Mira, bonita. —Apoyé los codos en las rodillas para ponerme a su altura de cobra—.

La noche de la boda, lo único que sabía de este hombre era que tocaba la gaita, que llevaba falda y que me caía regular.

Si crees que me casé con una estrategia, me tienes por mucho más lista o mucho más interesada de lo que soy.

Yo no quería casarme. Yo quería volver a mi piso de Sevilla, a mi vida soltera y a mis cosas.

El que se empeñó en la capilla a las dos de la mañana fue él, que es tan inconsciente como grande.

—En eso te doy la razón —murmuró Fiona, y por un segundo, uno nada más, las dos compartimos algo parecido a la complicidad de dos mujeres que conocen al mismo desastre rubio, pero se rompió enseguida.

—Yo estuve antes de que todo el mundo decidiera que Lennox era una causa perdida con ojos bonitos —dijo Fiona—.

Estuve cuando su padre murió, cuando la junta quería comérselo vivo...

Y ahora vienes tú, te casas en una noche y todos actúan como si fueras una señal del destino. Perdona si no aplaudo.

Lennox, que seguía de pie, intervino por fin, y lo hizo con una firmeza que no le había visto.

—Fiona. Te lo voy a decir claro, delante de Naroa, para que no haya malentendidos. Lo nuestro se acabó hace meses. Te lo dije entonces y te lo repito ahora. No volví a llamarte. Fuiste tú la que siguió llamando.

—Porque tú no sabes lo que quieres.

—Sé perfectamente lo que no quiero.

Aquello cayó como una losa. Fiona apretó los labios, y por un instante, debajo de la rubia perfecta y el abrigo carísimo, asomó algo más humano y más triste, una mujer a la que llevaban meses diciéndole que no y que se negaba a oírlo.

Casi me dio pena. Casi. Se me pasó enseguida, en cuanto volvió a abrir la boca.

—¿Y ella sí sabe lo que quiere? —Me señaló con la barbilla—. ¿La española del pijama de corazoncitos? ¿Te ha preguntado a qué te dedicas de verdad, Lennox? ¿Sabe ella siquiera con quién se ha casado?

El aire de la habitación cambió de golpe. Lennox se puso tenso. Y yo, que llevaba días acumulando piezas en un cajón que ya no cerraba, levanté la cabeza muy despacio.

—¿A qué te refieres con «con quién se ha casado»? —pregunté.

Fiona abrió la boca, encantada, dispuesta a soltar lo que fuera que supiera y yo no.

—A que Lennox no es exactamente un don nadie de las islas. A que…

—Fiona. —La voz de Lennox restalló como un látigo, tan seca y tan dura que hasta yo di un respingo—. Para. Ahora.

Y Fiona paró. Lo miró, midió algo en su cara, y decidió que no le convenía seguir. Cerró la boca y se encogió de hombros con una sonrisita venenosa, guardándose la información como quien guarda un as.

—Nada —dijo—. Cosas nuestras. Ya te enterarás, guapa. O no. Mejor para mí si no.

Me quedé mirando a Lennox. Lennox miraba al suelo.

Y algo en mi cabeza crujió bajo el peso de una pieza nueva que no terminaba de encajar: había algo sobre aquel hombre que todos sabían menos yo.

Su madre lo había rozado. El abogado lo había rozado.

Y ahora Fiona, plantada en mi salón, lo agitaba delante de mí como un caramelo que no pensaba darme.

Tendría que haber insistido. Tendría que haber exigido que alguien me explicara de una vez qué demonios pasaba con él.

Pero entre el orgullo, y la presencia de aquella mujer disfrutando de mi desconcierto, decidí que no le iba a dar el gusto de verme suplicar por una explicación. Ya lo averiguaría. Sola. Sin público.

—¿Sabes qué? —dije, levantándome—. Me da igual con quién me he casado, porque me voy a descasar.

Lo que no me da igual es que te hayas presentado en casa de mi hermana sin avisar, con una maleta, a remover algo que no es asunto tuyo.

Así que voy a hacer lo que haría cualquier anfitriona educada en mi situación.

—Cogí su abrigo del respaldo del sofá y se lo tendí—. Te voy a invitar a marcharte.

Fiona no cogió el abrigo. Me miró de arriba abajo, esta vez sin sonreír.

—No me voy a ningún sitio. He reservado tres semanas en la posada del pueblo.

La de la plaza, esa tan pintoresca. —Se levantó y recuperó su abrigo de mis manos con dos dedos, como si le diera asco—.

Voy a estar aquí una temporada, querida.

Cerca. Por si Lennox cambia de opinión cuando se le pase la novedad de la española.

Que se le pasará. A los hombres como él siempre se les pasa.

—Pues vas a esperar sentada en esa posada tan pintoresca.

—Esperar se me da de maravilla. Llevo tres años practicando. —Se colgó el abrigo del brazo, recogió la maleta, y antes de salir se giró hacia Lennox con una última estocada—. Por cierto. ¿Sigues sin dejar que nadie te vea lo que llevas debajo del kilt? Con lo mío que fue eso siempre.

Y ahí cometió su error. Porque atacar a Lennox no me ofendía. Pero meterse con el kilt, que por gracia o desgracia ya era territorio mío, eso ya era pasarse.