Hasta que las Highlands nos separen Capítulo 5 La señora Sinclair #2
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Capítulo 5 La señora Sinclair #2

Le tendí la mano, muy seria, como si cerráramos un negocio.

—Tregua —dije.

—Tregua —aceptó él, estrechándomela, y la sonrisa de gamberro volvió a asomar, deshaciendo del todo la tensión—. ¿Café? Esta máquina del demonio tiene un botón que hace algo parecido al café si le rezas.

Nos pasamos la media hora siguiente intentando descifrar la nave espacial de Marcus, riéndonos de los catorce botones, y para cuando conseguimos sacarle algo bebible se nos había olvidado el abogado, el año de matrimonio y la situación patrimonial.

Casi. A mí no se me había olvidado del todo.

Pero decidí guardarlo para más tarde, porque era media mañana, hacía un sol raro y tímido de los que salen poco en Escocia, y por una vez no me apetecía estropearlo.

Lo que sí decidí estropear, ya que estaba, fue mi propia paz mental.

Porque había una llamada que llevaba cuatro días posponiendo y que no podía aplazar más: tenía que contárselo a mi madre antes de que se enterara por el grupo de WhatsApp de las primas, donde las noticias viajan más rápido que la luz y siempre deformadas.

Me encerré en el dormitorio, respiré hondo, y marqué.

—¡Hija! —La voz de mi madre, desde Sevilla, sonó como si llevara una semana esperando junto al teléfono, que probablemente era el caso—. ¿Cómo está mi niña? ¿Cómo va todo después de la boda? Cuéntamelo. Lo que daría por estar allí, me estoy perdiendo todo por culpa de este tobillo.

Porque mi madre, tres días antes de la boda, había tenido la genial idea de subirse a una silla a bajar la maleta del altillo, ella sola, sin esperar a nadie, y se había caído como un saco, partiéndose el tobillo por dos sitios.

El médico le prohibió el avión de manera tajante, así que se quedó en Sevilla, con Manolo, su novio desde hacía dos décadas, con la pierna en alto, la escayola hasta la rodilla y un humor de perros, viendo la boda de su hija mayor por videollamada desde el sofá.

Que no hubiera podido ir era, por cierto, una de las pocas suertes de toda esta historia, porque si mi madre llega a estar en aquella capilla a las dos de la madrugada, me arranca de la oreja antes de que Angus dijera «marido y mujer».

—Bien, mamá. Todo está yendo genial —dije, con cautela—. Pero tengo que contarte una cosa. Y necesito que estés sentada.

—Estoy sentada. Con la pierna en alto, como un jamón en su soporte. No me puedo levantar aunque quiera.

—Mejor. Porque esto te va a hacer querer levantarte.

Hubo una pausa al otro lado, el crujido del sofá, y la voz en vilo de una madre que se prepara para lo peor.

—Ay, Dios mío. Estás embarazada.

—No estoy embarazada.

—Tienes una enfermedad.

—No tengo una enfermedad.

—Has dejado el trabajo.

—No, Mamá. Me he casado.

Lo que vino de Sevilla fue una pausa tan espesa que se podría haber cortado con un cuchillo, untado en pan y servido con aceite. Conté hasta cinco. A los cinco, mi madre encontró la voz.

—¿Que tú qué?

—Que me he casado. En Escocia. Con el hermano del marido de Claudia. De… bueno, de una manera un poco rápida. Una locura.

—¿Rápida cómo de rápida?

—Rápida de una noche.

Oí el forcejeo de mi madre intentando levantarse del sofá y el golpe de la escayola contra la mesa baja, porque mi madre, como yo, no sabe recibir un disgusto sentada, aunque el tobillo le dijera lo contrario.

—¡Ay, María Santísima! ¡Manolo! ¡MANOLO!

¡Que la niña se ha casado en Escocia! —Lejos, oí a Manolo preguntar algo—.

¡Que con un escocés, Manolo, con uno de allí!

—Volvió al teléfono, bajando la voz a un susurro de urgencia—.

Naroa, dime la verdad. ¿Es por los papeles?

¿Te has casado para que él tenga los papeles?

Porque si es eso, hija, hay maneras menos drásticas, que tu prima Loli conoce a un abogado…

—No es por los papeles, mamá. Los papeles los tiene él. Soy yo la que está aquí atrapada.

—¿Atrapada? ¿Te tiene atrapada? Naroa, tose dos veces si estás en peligro.

—No estoy en peligro, mamá, es una manera de hablar. Estoy bien. Estoy en casa de Claudia. Es solo que necesitamos un tiempo para arreglar el papeleo y descasarnos.

—¿Y cómo es?

—¿Cómo es qué?

—El escocés. ¿Es guapo? Dime que por lo menos es guapo.

Miré hacia la puerta cerrada, detrás de la cual andaba Lennox trasteando con la cafetera, con esa sonrisa que llevaba días quitándome el sueño en sentido literal.

—Es… —busqué una palabra que no me delatara— … apañado.

—«Apañado» —repitió mi madre, y la conocía lo suficiente para saber que acababa de oír todo lo que yo no había dicho—. Hija mía. Cuando una mujer dice «apañado» con esa voz, es que el hombre está para mojar pan. ¿Cuándo me lo presentas?

—Mamá, que nos vamos a divorciar.

—Ya, ya. Lo que tú digas. ¿Cuándo me lo presentas?

Colgué quince minutos después, agotada, habiéndole prometido a mi madre tres cosas que no pensaba cumplir y habiendo conseguido que no le diera un soponcio, que ya era mucho.

Me quedé sentada en el borde de la cama con esa sonrisa tonta que se le queda a una después de hablar con su madre, la que está hecha de cariño y de exasperación a partes iguales.

Acababa de levantarme, todavía con la sonrisa puesta, cuando sonó el timbre.

Lennox y yo nos miramos. No esperábamos a nadie. El abogado se había ido, Claudia estaba en las Maldivas, y los vecinos quedaban a un kilómetro.

—¿Esperas a alguien? —pregunté.

—No.

Fue él quien abrió. Yo me quedé en el pasillo, taza en mano, a un par de metros de la puerta. Y cuando Lennox tiró del picaporte y la luz de la mañana entró de golpe, me encontré de frente, por fin con nombre y apellido, con la mujer que me había estado vigilando desde las esquinas.

La rubia espectacular del vestido rojo. La de la boda. La de la llamada del jardín.

Solo que esta vez no llevaba vestido rojo, sino unos vaqueros caros y un abrigo de los que cuestan un sueldo, y no miraba desde tres mesas de distancia, sino desde el felpudo de mi hermana, con una cara preciosa y peligrosa y unos ojos que pasaron de Lennox a mí en menos de un segundo.

—Hola, Lennox —dijo, con una voz de miel que no engañaba a nadie. Luego me miró a mí, de arriba abajo, deteniéndose en mi pijama y en mi taza—. Tú debes de ser la española.

Lo dijo como se dice «la asistenta» o «la temporera». Como un cargo provisional. Como algo que se contrata por temporada y se devuelve cuando refresca.

—Fiona —dijo Lennox, y el nombre le salió como sale una piedra del zapato.

Así que era ella. La que su madre despreciaba. La de la cara de pocos amigos en la boda. La que, según Catriona, no quería a Lennox ni la mitad de lo que quería lo que Lennox tenía.

—No me esperabas —dijo Fiona, sin moverse del felpudo, y la sonrisa se le afiló un grado—.

Me lo imagino. Pero es que me he enterado de cosas muy interesantes sobre ti, Lennox.

Cosas de capillas. Y de firmas. Y de españolas.

—Me lanzó una mirada que pesaba—. Y he pensado que lo mejor era venir a aclararlo en persona. Entre adultos.

—No hay nada que aclarar —dijo Lennox.

—Yo creo que sí. —Fiona bajó la vista hacia sus pies, donde, ahora lo veía bien, descansaba una maleta de ruedas de las grandes, de las de quedarse,

Yo miré la maleta. Miré a Lennox, que se había quedado tan rígido como la primera noche, con la mandíbula apretada, y miré a Fiona, plantada en la puerta de mi casa prestada como quien planta una bandera.

Y entendí, con la claridad que solo da el horror, que mi luna de miel ajena acababa de complicarse muchísimo.

—¿Puedo pasar? —preguntó Fiona, que ya tenía un pie dentro—. Hace un frío de mil demonios aquí fuera. Y esto va para largo.