Capítulo 5 La señora Sinclair
El abogado llegó a las diez de la mañana en un coche demasiado bueno para un pueblo donde las ovejas superaban a las personas.
Yo lo vi aparcar desde la ventana de la cocina, mientras me peleaba con una cafetera italiana que Marcus, cómo no, había sustituido por una máquina de cápsulas con más botones que un avión.
Era un hombre de unos sesenta años, traje gris impecable, maletín de cuero gastado en las esquinas justas para parecer caro, y un paraguas que en Escocia no es un accesorio sino un órgano vital.
Lennox salió a recibirlo antes de que llamara al timbre, le estrechó la mano, y los dos cruzaron unas palabras en la puerta que no llegué a oír pero que sonaron a la conversación de dos personas que ya se conocen.
—Señor Hendry —dijo Lennox, haciéndole pasar al salón—. Mi… —dudó medio segundo— mi mujer, Naroa.
El abogado me tendió la mano con una sonrisa profesional.
—Encantado, señora Sinclair.
Y ahí, con esas dos palabras, el mundo se me paró un instante.
Señora Sinclair.
Porque hasta ese momento yo había vivido aquel disparate como una anécdota, un lío de borrachera que se arreglaría con papeles y del que algún día me reiría en una cena.
Pero oír a un abogado de traje gris llamarme «señora Sinclair», con la misma seriedad con la que diría una fecha o una cifra, fue como si alguien me echara un cubo de realidad por la cabeza.
Yo tenía apellido de casada. Yo era la señora de alguien.
Y ese alguien estaba sentado enfrente, enorme, llenando medio sofá, con cara de no saber dónde meterse.
—Naroa —corregí, dándole la mano—. Solo Naroa. Lo de Sinclair es… provisional.
El señor Hendry asintió, abrió el maletín, y sacó una carpeta.
—Bien. He revisado el certificado y el registro.
—Se ajustó las gafas—. Lamento decirles que el matrimonio es completamente válido.
Celebrado ante un celebrante reconocido, con dos testigos, firmado y registrado.
A ojos de la ley escocesa, ustedes están tan casados como cualquier pareja que lleve un año planificando la ceremonia.
—Eso ya lo sabíamos —dije—. Lo que queremos saber es cómo deshacerlo. Rápido.
—Ahí está el problema. —Pasó una hoja—. En Escocia, un matrimonio se disuelve por divorcio. Y el divorcio, salvo en casos de falta grave, requiere un periodo de separación previo. Un año, si ambas partes están de acuerdo. Dos años, si una de las partes se opone.
—¿Un año? —Se me subió la voz una octava—. ¿Tengo que estar casada un año con un hombre al que conocí en una boda?
—Casada, sí. Conviviendo, no necesariamente.
—El señor Hendry me miró por encima de las gafas con una paciencia de profesor de instituto—.
Existe una vía más rápida. La anulación.
Pero solo procede si el matrimonio no se ha consumado.
En ese caso, basta con una declaración jurada de ambas partes y el proceso se resuelve en cuestión de semanas.
Lennox y yo nos quedamos muy quietos.
—¿Una declaración jurada —pregunté, despacio— de que no ha habido… eso?
—Exactamente.
—¿Y si uno no está del todo seguro de si hubo eso o no hubo eso?
El abogado dejó el bolígrafo sobre la carpeta y nos miró a los dos, primero a Lennox, luego a mí, con la expresión de quien ya ha visto de todo en cuarenta años de oficio y ha decidido que nada le sorprende.
—Señora… Naroa. Jurar en falso ante un tribunal es un delito.
Si declaran que no se consumó y se demostrara lo contrario, las consecuencias serían serias para ambos.
—Hizo una pausa delicada—. De modo que mi pregunta, por incómoda que resulte, es necesaria.
¿Pueden ustedes, los dos, jurar con honestidad que la noche de la boda no hubo relación íntima?
Ninguno de los dos contestó enseguida. Y no por dignidad, sino porque tocaba confesar delante de un señor de traje gris que no nos acordábamos de si nos habíamos acostado o no.
—No nos acordamos —dije al fin, mirándome las manos—. Bebimos mucho. Nos despertamos… en cierto estado de duda razonable.
El abogado asintió como si aquello fuera la cosa más normal del mundo, lo cual me hizo sospechar que en aquel país pasaba más a menudo de lo que la gente confiesa.
—Permítanme entonces unas preguntas. Por procedimiento. —Sacó el bolígrafo otra vez, imperturbable—. ¿Compartieron habitación esa noche?
—Sí —dijo Lennox.
—¿Y cama?
—Eso parece —dije yo, notando el calor subiéndome por el cuello.
—¿Se despertaron vestidos?
—A medias —contesté—. Yo llevaba el sujetador. Él la camisa.
El señor Hendry apuntó algo en su carpeta con una cara de póquer admirable. Yo me quería morir. Había un señor de sesenta años tomando nota oficial de mi ropa interior de aquella mañana, y Lennox, a mi lado, parecía estar disfrutando de mi sufrimiento más de lo que el momento aconsejaba.
—Comprenderán —dijo el abogado, levantando la vista— que «yo llevaba el sujetador» no es, jurídicamente, una prueba de nada. La gente hace toda clase de cosas con toda clase de ropa puesta.
—Eso mismo le dije yo —apuntó Lennox.
—Tú te callas —le solté.
—Entonces no pueden jurarlo —concluyó el señor Hendry, cerrando la carpeta—. Y sin ese juramento, no hay anulación. Lo cual nos deja la vía del divorcio. Un año de matrimonio, mínimo, antes de poder iniciarlo. Lo siento.
Un año.
Me eché hacia atrás en el sofá y miré el techo, buscando una mancha de humedad a la que agarrarme como había hecho en casa de Morag, pero el techo de Claudia estaba inmaculado y no me ofreció ningún consuelo.
Un año casada. Un año de papeles, de apellido prestado, de explicarle a mi madre por teléfono que su hija pequeña se había casado con un escocés en una capilla y que necesitaría doce meses para descasarse.
Mi madre, que llevaba años preguntándome cuándo iba a sentar la cabeza, iba a tener un infarto de la risa.
—Hay algo más —dijo el señor Hendry, y por su tono supe que ese algo iba dirigido a Lennox—. Dado lo… particular de su situación patrimonial, señor Sinclair, le recomendaría encarecidamente que firmaran un acuerdo que proteja sus…
—Eso lo hablamos luego —cortó Lennox, con una sequedad que no le había oído nunca, ni siquiera en la llamada del jardín.
—Por supuesto. —El abogado carraspeó y recogió sus cosas a toda prisa, como quien se da cuenta de que ha metido el pie donde no debía—. Disculpe.
Yo levanté la cabeza. «Situación patrimonial.
» «Proteja sus…» ¿Sus qué? Miré a Lennox.
Lennox miraba al abogado con una cara que decía cállate más alto que cualquier palabra.
Y el cajón de mi cabeza, donde había estado guardando todo, se abrió un poco más para guardar la pieza nueva: un abogado de coche caro, un apellido que el hombre pronunciaba con respeto, una «situación patrimonial» que había que proteger de mí, la española sin blanca que se había casado borracha.
No dije nada. Pero lo registré todo.
El señor Hendry se fue tal como había venido, con su paraguas y su coche demasiado bueno, dejándonos a los dos en el salón con un año de matrimonio por delante y una conversación pendiente flotando en el aire como el olor de la paella quemada del día anterior.
—¿Qué era eso de la situación patrimonial? —pregunté, en cuanto el coche desapareció.
—Tonterías de abogado. —Lennox se levantó, recogió las tazas y se metió en la cocina—. Cobran por hora y tienen que justificar la factura asustándote con cosas. No le hagas caso.
—Ha dicho que había que protegerte de algo. De mí, supongo.
—No de ti. —Se asomó desde la cocina, y por un momento pareció que iba a decir algo de verdad. Pero se le cerró la cara otra vez, como una ventana en invierno—. Es lo que hacen los abogados con todos los matrimonios. Acuerdos, papeles, por si acaso. No significa nada.
—Para no significar nada, te ha puesto de mal humor.
—No estoy de mal humor.
—Estás fregando una taza que ya estaba limpia.
Bajó la mirada a la taza, que en efecto llevaba treinta segundos refregando bajo el grifo sin motivo, y la dejó en el escurreplatos con un suspiro. Se apoyó en la encimera, cruzó esos brazos enormes, y me miró desde el otro lado de la cocina con una expresión que no supe interpretar.
—Naroa. Hay cosas mías que prefiero contar a mi tiempo. No por mentir. Por… —buscó la palabra— por experiencia. Cuando la gente sabe ciertas cosas de mí, cambia. Y contigo, de momento, me gusta que no hayan cambiado.
Fue lo más sincero que me había dicho desde que nos conocíamos, y a la vez no me dijo absolutamente nada concreto. El muy ladino tenía el arte de abrirse y cerrarse en la misma frase.
—No me gustan los secretos —dije.
—A nadie le gustan. Pero todos tenemos alguno. —Ladeó la cabeza—. ¿O me vas a decir que tú me lo has contado todo de ti en cuatro días?
No, no se lo había contado todo. No le había contado lo de Álvaro, el hombre con el que viví tres años en Sevilla, el que me prometió media vida y se largó con la otra mitad y con la chica del gimnasio el mismo mes en que yo había empezado a mirar pisos más grandes.
No le había contado que desde entonces elegía la soledad como quien elige el asiento del pasillo en el avión, no porque sea mejor, sino porque está más cerca de la salida.
No le había contado que me reía de las bodas porque reírme era más barato que reconocer que me daban una envidia que no me podía permitir.
Así que cerré la boca, porque tenía razón, y porque discutir con un hombre que acaba de marcarte un tanto es agotador.
—Touché —admití.
—¿Eso es español?
—Es francés. Significa «tienes razón, pero no pienso repetirlo».
Lennox se rió, esa carcajada suya que ocupaba la cocina entera, y algo en el ambiente se aflojó. Se apartó de la encimera, se acercó, y por un momento pensé que iba a decir algo más, algo de verdad esta vez. Pero se quedó a un paso de mí, mirándome desde su altura, y lo que dijo fue:
—Cuando estés lista para contarme lo tuyo, yo te cuento lo mío. ¿Trato?
—No estoy lista.
—Yo tampoco. —Encogió un hombro—. Por eso es un buen trato. Empatamos a secretos.