Hasta que las Highlands nos separen Capítulo 4 La luna de miel de otros #2
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Capítulo 4 La luna de miel de otros #2

Yo me duchaba por las mañanas. Y todas las mañanas, al salir, me encontraba aquel trozo de tela de cuadros colgando del pomo, a la altura de mi cara, como un fantasma de tartán.

Y todas las mañanas, sin poder evitarlo, me acordaba de la pista de baile, del tirón, de lo que había debajo o más bien de lo que no había debajo, y se me subían los colores yo sola, en el baño, sin que nadie me viera.

El tercer día no aguanté más y lo descolgué para ponerlo en otro sitio. Y al cogerlo, por curiosidad puramente científica, le di la vuelta buscando lo que buscan todas las mujeres que han tenido un kilt entre las manos.

—No hay nada que buscar —dijo la voz de Lennox desde la puerta, y yo pegué un brinco que casi me llevo por delante el espejo—. Ya lo comprobaste tú misma. En directo. Con público.

—No estaba buscando nada.

—Tienes mi kilt en las manos y la cara colorada.

—Lo estaba recolocando.

—Lo estabas inspeccionando.

—Lo estaba —solté el kilt como si me hubiera mordido— quitando de en medio. Porque lo dejas colgado donde me ducho y me da cosa.

Lennox cruzó los brazos y se apoyó en el marco de la puerta, ocupándolo entero, con esa sonrisa de gamberro que ya empezaba a conocerle y a temer.

—¿Te da cosa mi kilt?

—Me da cosa lo que representa.

—¿Y qué representa?

—Tú sabrás. Tú eres el que va por la vida enseñándolo.

—Yo no enseño nada. Tú me lo bajaste.

—¡Fue sin querer!

—Eso ya lo hemos hablado —dijo, y se acercó para recoger el kilt del suelo.

Se agachó a mi lado, muy cerca, tan cerca que olí otra vez aquello suyo de madera y de mañana, y cuando se incorporó con la prenda en la mano se quedó mirándome desde su altura con algo nuevo en los ojos, algo que ya no era solo broma—.

Para alguien a quien le da tanta cosa, te pasas el día pensando en mi falda.

—No pienso en tu falda.

—Acabas de inspeccionarla.

—Por la ciencia.

—Por la ciencia —repitió, y se rió bajito, y se fue por el pasillo silbando una tonada escocesa, dejándome plantada en el baño con el corazón a mil.

Esa misma tarde decidí que tenía que hacer algo útil con las manos antes de que las manos hicieran algo de lo que arrepentirme.

Así que decidí cocinar. Empecé por lo más difícil: una paella.

Una paella en Escocia, con los ingredientes que conseguí en un supermercado donde el arroz redondo era artículo de lujo y el azafrán había que pedirlo por encargo a la reina madre.

El plan era sencillo. El plan era impresionar a Lennox, que andaba por el salón fingiendo que leía pero vigilándome de reojo.

El plan se torció a los veinte minutos, cuando descubrí que la única paellera de la casa era una sartén honda con el mango quemado, que el fuego de inducción de Marcus tenía catorce programas y ninguno servía para una paella, y que el extractor, en lugar de extraer humos, los repartía democráticamente por toda la planta baja.

Para cuando quise darme cuenta, el sofrito se había convertido en carbón por un lado y en sopa por el otro, la cocina entera olía a incendio forestal, y un pitido agudo empezó a sonar desde el techo con la insistencia de un grillo enfadado.

—¿Eso es la alarma de incendios? —grité, abanicando la sartén con un paño.

—Eso es la alarma de incendios —confirmó Lennox, apareciendo en la puerta con una calma que me dio rabia.

Lo que pasó después lo recuerdo en cámara rápida.

El pitido subió de tono. Abanicar con el paño solo conseguía empujar el humo hacia el detector, lo cual lo enfurecía más.

Me subí a una silla para apagarlo a manotazos y la silla, que era de esas plegables traidoras, decidió plegarse conmigo encima.

Y cuando ya me veía estampada contra el suelo de la cocina de mi hermana, con la paella ardiendo de fondo y la alarma berreando, dos brazos enormes me cogieron al vuelo, silla incluida, como quien recoge la compra que se le cae.

Lennox me dejó en el suelo con cuidado, alargó el otro brazo sin despeinarse, arrancó la tapa del detector y le sacó la pila de un tirón. El pitido murió de golpe. Lo que quedó después fue una calma rarísima, casi tan ensordecedora como el ruido de antes.

Quedamos los dos en mitad de la cocina, él sujetándome todavía por la cintura, yo con el paño en la mano y la cara tiznada de humo, y la paella humeando su rendición sobre el fuego de los catorce programas.

—¿Querías impresionarme? —dijo, sin soltarme.

—¿Cómo voy a querer eso? Yo no tengo que impresionar a nadie.

—Casi incendias la casa de tu hermana.

—No seas exagerado. Solo he cocinado.

—Pues has cocinado un incendio.

Me empezó a temblar la barbilla de la risa antes de decidir si me reía o me ponía a llorar de la vergüenza, y al final me reí, porque estaba en sus brazos, tiznada como un deshollinador, con una paella calcinada y un escocés enorme aguantándose la risa a dos centímetros de mi cara.

Nos reímos los dos, solos en aquella cocina, hasta que me dolieron las costillas.

Acabamos pidiendo pizzas a un sitio que estaba a una hora de camino, porque vivíamos en mitad de la nada, y cenamos en el suelo del salón, frente a la chimenea, con las cajas abiertas y la cocina todavía oliendo a tragedia.

Sin Claudia haciendo de carabina, sin Marcus y sus batidos, solos los dos, la cosa tenía un punto distinto que ninguno de los dos nombró pero que estaba ahí, en el aire, entre el fuego y las porciones de pizza.

Hasta que sonó el teléfono de Lennox.

Él miró la pantalla y se le borró la sonrisa de golpe, igual que en la boda cuando le pregunté por la rubia de rojo. Se levantó, dijo «un momento» con una voz que no era la suya, y salió al jardín a cogerlo, cerrando la puerta de cristal detrás de él.

Yo no quería mirar. Pero el salón daba al jardín y la noche escocesa no tiene cortinas, así que lo vi a través del cristal, andando de un lado a otro sobre la hierba, con el teléfono pegado a la oreja y la espalda tensa, diciendo cosas que no oía con una cara que no le había visto.

En un momento dado se pasó la mano por el pelo, negó con la cabeza, y dijo algo corto y seco antes de colgar.

Cuando volvió a entrar traía otra cara puesta, la de gamberro de siempre, pero a mí no me engañó. Las caras que uno se pone a propósito nunca tapan del todo la de debajo.

—¿Todo bien? —pregunté, fingiendo mucho interés en mi porción de pizza.

—Cosas de las islas —dijo—. Negocios.

—Esa llamada no parecía aburrida.

Me miró un segundo, midiendo si yo era una amenaza o una curiosa, y eligió no contestar.

Cogió otra porción, se sentó de nuevo en su sitio frente al fuego, y cambió de tema con una pregunta sobre Sevilla que yo, tonta de mí, le contesté, porque cuando un hombre así te pregunta por tu tierra con esos ojos es muy difícil acordarse de que te estaba escondiendo algo.

Más tarde, ya con la chimenea casi apagada y las cajas de pizza vacías, Lennox se quedó mirando las brasas y me dijo, sin venir a cuento:

—Mañana viene el abogado a casa. A explicarnos las opciones. Por si quieres preparar tus preguntas.

—Vale.

—Y Naroa.

—¿Qué?

—Lo de jurar que no pasó nada aquella noche…

—Le dio una vuelta a la taza de té entre las manos—.

Quiero que sepas que lo he vuelto a pensar un poco más, pero he llegado a la misma conclusión.

No puedo. Va en contra de todo lo que creo.

Vamos a tener que buscar otro camino. Más lento, peor quizás, pero esa opción debe quedar fuera del todo. Lo siento.

Lo miré. Y por una vez no había sonrisa de gamberro, ni ceja levantada, ni chiste del kilt. Había un hombre grande mirando el fuego, ofreciéndome la salida más complicada solo porque era la más honrada.

Y ese fue, exactamente, el momento en que empecé a tener un problema de verdad.