Capítulo 4 La luna de miel de otros
El plan lo propuso Claudia, y por una vez en su vida no fue una locura.
Ella y Marcus tenían reservadas tres semanas en las Maldivas, pagadas y sin posibilidad de devolución, y por mucho drama de boda que les hubiera montado yo, no pensaban renunciar a su luna de miel.
Pero tampoco podían dejarnos a Lennox y a mí tirados en un hotel mientras se resolvía el papeleo, sobre todo con mi vuelo a Sevilla cancelado y sin otro hasta dentro de tres semanas.
Así que mi hermana, con esa lógica suya que parece de loca hasta que le das la razón, decidió que nos quedáramos los dos en su casa.
—La casa es vuestra hasta que volvamos —dijo, mientras hacía la maleta a manotazos—. Tenéis comida en el congelador, leña para la chimenea y wifi. No queméis nada y no os matéis. Y si os matáis, limpiad antes.
—Claudia, no pienso quedarme tres semanas a solas con él.
—¿Prefieres un hotel pagándolo tú, con tu sueldo de correctora?
No prefería eso, por supuesto. Mi sueldo de correctora da para muchas cosas, pero no para tres semanas de habitación en Escocia teniendo una casa gratis a media hora de Edimburgo.
—Es que es muy raro —insistí, bajando la voz para que Lennox no me oyera desde el salón—. Vivir sola con un tío al que conozco de un rato.
—Estáis casados.
—No me lo recuerdes.
Mi hermana cerró la maleta, se sentó encima para que cerrara del todo, y me miró con una sonrisa que conocía demasiado bien.
—Mira, te lo voy a decir clarito porque soy tu hermana y soy la única que puede.
—Se levantó, me cogió de los hombros—. La vida te ha casado por accidente con un hombre bueno.
Y hace años que no te veía la cara que se te puso anoche cuando él te sujetó en la capilla para que no te cayeras de la silla.
Aprovecha estas tres semanas. No para acostarte con él, no me mires así.
Para conocerlo. Total, ya estás casada. Es el orden más raro del mundo, pero es tu orden.
—Lo que tú quieres es que no me vuelva a Sevilla.
—También. Pero eso es secundario.
Me dio un beso, cogió la maleta, y antes de salir por la puerta soltó la frase que me dejó plantada en el recibidor con la boca abierta.
—Ah, y solo hay una cama de matrimonio en condiciones, que es la nuestra. Os he puesto sábanas limpias. La de invitados tiene los muelles rotos y la del trastero es plegable. Vosotros veréis. —Guiñó un ojo—. Pero yo, de tu lugar, no dormiría en una plegable pudiendo dormir en una cama de verdad.
Marcus apareció detrás con dos maletas, un neceser y su cara habitual de manual de instrucciones, pero antes de salir se detuvo junto a Claudia y le apartó un mechón de la cara con una ternura tan silenciosa que me dejó sin chiste preparado.
—¿Tienes el pasaporte? —le preguntó.
—Sí.
—¿Las pastillas del mareo?
—Marcus, voy a las Maldivas, no a cruzar el estrecho en zodiac.
—Bueno. Las llevo yo.
Claudia lo miró como si acabara de regalarle una estrella.
Y yo, que llevaba dos días llamándolo flan de vainilla mentalmente, tuve que admitir una cosa horrible: quizá era soso, quizá venía sin azúcar, pero era un buen hombre.
Después se fueron los dos, dejándome a solas en una casa de piedra en mitad de la campiña escocesa con mi marido accidental, una sola cama decente y veintiún días por delante.
La casa se quedó vacía de golpe, en cuanto el coche de Marcus desapareció por el camino. Luego nos quedamos los dos en el recibidor, mirándonos como dos desconocidos a los que han encerrado juntos en un ascensor, sin saber muy bien qué hacer con las manos ni con la mirada.
—Bueno —dije.
—Bueno —dijo él.
—Pues esto es… la casa.
—Esto es la casa.
—Yo voy a… —señalé vagamente una dirección que no llevaba a ningún sitio concreto— a deshacer la maleta.
—Tú no tienes maleta. Se quedó en el hotel.
—Pues voy a fingir que la deshago.
Me escapé a la habitación a fingir que deshacía una maleta inexistente, que es lo que hace una mujer cuando necesita cinco minutos a solas para asimilar que va a vivir veintiún días con un escocés del tamaño de un armario al que está legalmente atada.
Lo oí trastear en la cocina, abrir el congelador, silbar.
La casa, que con cuatro personas parecía pequeña, con dos parecía enorme y peligrosamente íntima.
Cada crujido del suelo de madera anunciaba dónde estaba él.
Y yo, sentada en el borde de una cama que iba a tener que compartir, me di cuenta de que las tres semanas que tenía por delante no iban a ser ningún descanso.
Antes de que empezara la guerra doméstica, Lennox pasó por el hotel a recuperar mi maleta, mi portátil y la poca dignidad que me quedaba doblada entre camisetas.
Yo esperé en el coche, porque no me veía capaz de explicarle al recepcionista que necesitaba mis cosas para mudarme temporalmente con mi marido accidental.
La cama fue el primer campo de batalla.
—Yo duermo en la plegable —dije esa noche, plantada en mitad del salón con los brazos cruzados.
—No cabes ni tú en la plegable —dijo Lennox, que miraba el catre con cara de pena—. Y yo desde luego tampoco. Me sobra medio cuerpo por cada lado.
—Pues duerme tú en la cama de invitados —contesté.
—¿La de los muelles rotos? Me senté antes a probarla y suena como un barco hundiéndose. Hundo el colchón entero y acabo durmiendo en el suelo. Ni hablar.
—Entonces no nos queda otra que la de matrimonio —dije, viéndolo venir.
—No nos queda otra —confirmó él—. Es la única decente. Pero es grande. Cabe una frontera en medio y sobra sitio.
Y así fue como, por segunda vez en menos de cuarenta y ocho horas, acabé compartiendo colchón con un hombre al que apenas conocía, trazando una línea imaginaria por el centro con el dedo.
—Esto es Berlín —dije—. Tú el este, yo el oeste. Y el muro no se cruza.
—El este siempre fue más interesante —dijo él, quitándose la camisa con una tranquilidad que me obligó a fingir un interés súbito por la lámpara de la mesilla.
—Lennox.
—¿Qué?
—No te quites la ropa delante de mí.
—Duermo así.
—Pues hoy duermes vestido. Estamos en Escocia. Aquí no hace calor desde mil novecientos setenta y seis.
Refunfuñó, pero se dejó la camiseta interior, que tampoco tapaba gran cosa, y se metió en su mitad. Yo me metí en la mía, pegada al borde, agarrada al edredón como una niña en su primer campamento. Apagamos la luz. Y descubrí dos cosas sobre dormir al lado de Lennox que nadie me había advertido.
La primera es que el hombre irradiaba calor como una estufa de butano. Yo, que soy friolera y llevo toda la vida durmiendo con calcetines, a los diez minutos tuve que sacar un pie fuera del edredón por exceso de temperatura ajena.
La segunda es que roncaba. No fuerte. No de forma desagradable.
Roncaba bajito, rítmico, como el motor de un barco lejano, un sonido que tendría que haberme irritado y que, para mi absoluta indignación, me fue arrullando hasta que me quedé dormida sin darme cuenta, en mi mitad de Berlín, escuchando roncar a un desconocido con el que estaba casada.
Me desperté a las tres de la mañana muerta de frío.
No por falta de edredón, sino porque el muy ladrón se lo había llevado entero a su lado del muro, enrollado alrededor del cuerpo como una crisálida de armario.
Tiré. No cedió. Tiré más fuerte, plantando los pies en el colchón para hacer palanca, y recuperé una esquina del tamaño de un pañuelo.
Volví a tirar. Y el edredón cedió de golpe, tan de golpe que me quedé con todo encima y a él lo dejé destapado, boca arriba, en camiseta, ofrecido al frío escocés como un mártir.
—Estás robando el edredón —murmuró, sin abrir los ojos.
—Lo estaba recuperando. Tú lo robaste primero.
—Yo no robo. Atraigo.
—Pues atrae solo tu lado, que casi me congelo.
Y entonces hizo lo más rastrero que se puede hacer a las tres de la mañana: alargó un brazo, me enganchó por la cintura sin abrir siquiera los ojos, y me arrastró hacia su mitad de Berlín como quien recoloca una almohada.
Yo abrí la boca para protestar. Pero el hombre era una estufa, el edredón volvía a estar sobre los dos, y mi cuerpo, traidor de mí, decidió que aquello era exactamente donde quería estar.
Protesté lo justo para salvar la dignidad.
Luego me callé. Y me dormí pegada a su costado, en territorio claramente enemigo, sin fuerzas ni ganas de volver a mi país.
Me desperté al amanecer con la cara pegada a su hombro y la pierna cruzada sobre la suya, como una lapa que ha tomado una playa por la noche.
Me aparté de un salto, recé para que no se hubiera enterado, y me pasé el desayuno entero sin mirarlo a la cara.
Él no dijo nada. Pero le sonreía a su tostada de una manera que me dio a entender que se había enterado de todo, del edredón, del brazo y de la lapa.
Vivir sola con Lennox resultó ser un espectáculo digno de estudio antropológico.
Porque mi marido accidental, ese armario rubio que parecía sacado de un calendario, tenía manías de anciano.
Doblaba la ropa en cuadrados perfectos. Lavaba su taza al segundo de terminársela.
Hacía la cama con esquinas de hospital. Pero a la vez dejaba el kilt colgado del pomo de la puerta del baño, los zapatos en mitad del pasillo para que yo tropezara, y la gaita —la trajo, el muy inconsciente se trajo la gaita— en el salón, donde la tocaba a horas intempestivas «para no perder práctica».
—Son las once de la noche —le dije el segundo día, asomándome al salón en pijama.
—La música no tiene horario.
—Los vecinos sí.
—Los vecinos están a un kilómetro.
—Los vecinos te van a denunciar.
—Que me denuncien. Tengo abogado.
Lo dijo con una naturalidad que me hizo levantar una ceja. Un escocés de negocios aburridos en las islas que tiene abogado a mano y habla de él como quien habla del fontanero. Lo guardé en el cajón de mi cabeza junto a todo lo demás.
Pero la guerra de verdad, la que marcó aquellos primeros días a solas, fue la del dichoso kilt colgado en el baño.