Capítulo 3 Buenos días, marido #2
La mujer que apareció en el umbral no encajaba en aquella cocina de cortinas de cuadros ni con calzador.
Llevaba un abrigo de lana que parecía caro hasta para alguien que no entiende de abrigos, un pañuelo de seda anudado al cuello con una precisión militar, y el mismo pelo rubio de Lennox, recogido en un moño impecable que no se habría despeinado ni en mitad de un huracán.
Se quedó parada en la puerta, recorrió la escena con la mirada, y se detuvo en mí.
—Lennox —dijo, sin apartar los ojos de mi vestido—, ¿es esta?
—Mamá. —Lennox se levantó como un resorte, derramando media taza de té—. Te dije que no hacía falta que vinieras.
—Mi hijo pequeño se casa de madrugada con una desconocida en la capilla de un pueblo y me dices que no hace falta que venga. —Entró en la cocina, dejó el bolso sobre la mesa con un gesto que hizo temblar las tazas, y me tendió una mano de uñas perfectas—. Catriona. La madre del inconsciente.
—Naroa —dije, dándole la mano—. La inconsciente número dos.
Catriona me miró con renovado interés. Luego miró a su suegra, la abuela, que asistía a todo aquello bebiendo té con la sonrisa de quien tiene la mejor butaca del teatro.
—Tiene réplica —le dijo a la abuela.
—Tiene de todo —contestó la abuela—. Ayer le bajó la falda a tu hijo delante de la parroquia.
—Eso ya me lo han contado tres personas.
—Catriona se sentó frente a mí, se quitó los guantes dedo a dedo, y me estudió como quien tasa una joya en el escaparate—.
Querida, voy a serte sincera, porque a mi edad ya no tengo tiempo para lo contrario.
Llevo años intentando que este hijo mío siente la cabeza.
Le presenté a la hija de los Buchanan, que tiene tierras.
A la sobrina del juez, que es preciosa. Y la única mujer que ha traído a esta familia en una década ha sido esa…
—arrugó la nariz como si hubiera olido algo en mal estado— esa Fiona, que no querría a mi hijo ni la mitad de lo que ella quiere de él.
—Mamá. —La voz de Lennox sonó de pronto distinta. Más seca. Más baja.
—No digo nada que no sepa todo el condado.
—Que lo dejes.
El aire de la cocina se espesó de golpe.
Yo no entendí del todo qué quería decir Catriona con «lo que mi hijo tiene», porque hasta donde yo sabía, lo que mi flamante marido tenía era una camisa abrochada del revés y unos negocios aburridos en unas islas.
Pero me fijé en la cara de Lennox, en esa manera de cerrarse de golpe, y me quedé con el nombre, Fiona, otra vez, dicho con desprecio por su madre.
Lo guardé todo en un cajón de mi cabeza para abrirlo más tarde, cuando la resaca me dejara pensar con las dos neuronas a la vez.
Catriona, ajena al cráter que acababa de abrir, me cogió la mano por encima de la mesa.
—El caso —dijo, recuperando el tono dulce— es que prefiero una española descarada que se casa por borracha a esa interesada.
Así que, hasta que arregléis este lío, estás en esta familia.
Y en esta familia, querida, no se desayuna así...
—Me miró de arriba a abajo—. Te voy a buscar algo de ropa decente.
—No hace falta…
—Hace muchísima falta. Créeme. Pareces el fantasma del Corpus Christi.
Y antes de que pudiera replicar, Catriona ya había salido de la cocina dando órdenes a Morag, a la abuela y a un par de personas más cuyos nombres ni siquiera conocía, organizando mi vida con la eficiencia de un general que ha decidido que la guerra le pertenece.
Miré a Lennox. Y Lennox miraba el fondo de su taza de té vacía como si allí estuviera escrita la respuesta a algo.
—¿De qué hablaba tu madre? —pregunté en voz baja—. ¿Por qué dice que Fiona, no querría a su hijo ni la mitad de lo que ella quiere de ti?
—Cosas de madres —dijo, sin mirarme—. Exagera con todo.
Otra pausa minúscula. La segunda de la mañana. Empezaba a coleccionarlas.
Lo que no estaba en paz era el resto del problema, que seguía igual de grande que media hora antes: un matrimonio legal, un vuelo a Sevilla, un escocés que tenía que volver a unas islas para unos negocios aburridos, y meses de papeleo por delante para deshacer una firma de unos pocos whiskies.
Estaba terminándome el té, dándole vueltas a todo eso, cuando Lennox se sentó a mi lado con el teléfono en la mano y la cara de quien trae malas noticias envueltas en peores.
—He hablado con un abogado —dijo en voz baja, para que su madre no le oyera desde el pasillo—. Lo de la anulación rápida solo vale si el matrimonio no se ha consumado. Hay que jurarlo. Por escrito. Los dos. Y si se descubre que mentimos, es delito.
Lo miré. Me miró. Y los dos, a la vez, sin ponernos de acuerdo, volvimos a pensar en el sujetador puesto, la camisa abrochada del revés y la mancha de humedad con forma de Portugal.
—Tú dijiste que estabas seguro —le recordé.
—Estaba seguro a las nueve. Ahora son las once y me han metido la duda en el cuerpo.
—Podemos jurar que no pasó nada, inventárnoslo...
—No, yo no puedo jurar en vano. Va en contra de mis principios…, pero podemos preguntarle a Morag —propuso él—. La pared del cuarto de invitados es fina.
—¿Quieres preguntarle a una señora de setenta años que duerme al lado si oyó algo anoche?
—Quiero salir de dudas.
—Ni de broma. Antes me tiro por el acantilado de las ovejas.
—Entonces tendremos que reconstruirlo nosotros. —Lennox se cruzó de brazos, muy concentrado, como un detective de película barata—. A ver. ¿Qué es lo último que recuerdas?
—El beso —dije, antes de poder frenarme. Y noté el calor subiéndome por el cuello otra vez—. La firma. Subir las escaleras. Y luego nada.
—Yo recuerdo lo mismo. El beso, la firma, las escaleras. —Se quedó pensando—. Y recuerdo que me reía mucho.
—¿De qué te reías?
—No tengo ni idea. Pero me reía.
—Eso no nos sirve de prueba de nada.
—No.
Nos quedamos los dos callados, dos recién casados con resaca tratando de averiguar si habían tenido o no su noche de bodas, en la cocina de una desconocida, rodeados de su familia.
—Pues estamos apañados —dije.
Y entonces sonó mi teléfono. Un mensaje de la compañía aérea. «Estimada pasajera: le informamos de que su vuelo a Sevilla ha sido cancelado. La alternativa disponible más próxima es dentro de tres semanas.»
—Mierda…
Levanté la vista despacio, hacia las colinas verdes, hacia las ovejas, hacia el escocés enorme con la camisa del revés que ahora, para todos los efectos legales, era mi marido.
No iba a volver a Sevilla mañana por la noche. Y no podría hacerlo en una temporada.