Capítulo 3 Buenos días, marido
Levantamos el edredón a la vez, como dos cobardes que se asoman juntos a un acantilado.
Yo llevaba puesto el sujetador y nada más por arriba, y por abajo la ropa interior del revés, con la etiqueta saludando al techo.
Él llevaba puesta la camisa blanca de la boda, abrochada de cualquier manera y abotonada en los ojales equivocados, y debajo el kilt, que seguía ahí, milagrosamente, como un testigo que se niega a declarar.
Nos quedamos mirando la escena del crimen unos segundos.
—Vale —dije, soltando el edredón como si quemara—. Vale. Esto no demuestra nada.
—¿No?
—Tú llevas la camisa puesta. Yo llevo el sujetador puesto. La gente no se… —tragué—, la gente no hace cosas con el sujetador puesto.
—Tú llevas la ropa interior del revés —dijo él, muy servicial.
—Eso es porque me visto fatal cuando estoy borracha.
—¿Y al revés?
—¡No lo sé, Lennox! No me acuerdo de nada. Por eso estamos teniendo esta conversación tan digna a las nueve de la mañana medio desnudos en una cama que no es de ninguno de los dos.
Él se incorporó. La sábana le resbaló hasta la cintura y yo descubrí que un torso así, a plena luz del día y con resaca, sigue siendo un torso así, lo cual me pareció una falta de respeto a mi situación emocional.
Se pasó las dos manos por la cara, se revolvió el pelo rubio, que parecía un nido de pájaros que se hubieran peleado dentro, y miró el anillo de su dedo con el ceño fruncido.
—No nos acostamos —dijo, al final.
—¿Tú te acuerdas?
—No. Pero lo sé.
—Ah, lo sabes. Qué tranquilidad. El caballero lo sabe.
—Cuando me acuesto con alguien, lo recuerdo —dijo, y me lanzó una mirada de medio lado que me subió la temperatura tres grados de golpe—. Y a ti te recordaría.
Tuve que mirar para otro lado y respirar hondo, porque por dentro me había convertido en una adolescente y por fuera me negaba a darle esa satisfacción. Me concentré en el techo. El techo tenía una mancha de humedad con forma de Portugal. Me agarré a Portugal como a un clavo ardiendo.
—No me vale tu palabra de honor —dije—. Tu palabra de honor está manchada de whisky.
—Entonces no lo sabremos nunca.
—Pues no.
—Pues qué pena.
—¿Por qué pena?
—Por nada —dijo, con una sonrisita que me dieron ganas de borrarle con la almohada.
Me levanté de la cama envuelta en la sábana como una matrona romana en plena crisis nerviosa, y mientras recogía mi horrible vestido del suelo, donde estaba tirado como un cadáver de tul, fui reconstruyendo la habitación a mi alrededor.
No era el hotel. No era el castillo. Era una casa de campo pequeña, con vigas de madera y cortinas de cuadros, y por la ventana se veían colinas verdes y ovejas y nada más en kilómetros a la redonda.
—¿Dónde estamos?
—En casa de Morag —dijo Lennox, buscando sus calcetines debajo de la cama—. La vecina del reverendo. Anoche nos ofreció su cuarto de invitados porque ninguno de los dos estaba en condiciones de volver al castillo. Fue muy amable.
—¿Hay más gente que sepa esto?
—Define «esto».
—Lo de que nos hemos… —no me salía la palabra— … lo del libro. Lo de la firma.
Lennox dejó de buscar el calcetín. Se sentó en el borde de la cama, muy serio de repente, y me miró con esos ojos azules que de noche eran un peligro y de día eran otro peligro distinto.
—Mierda. Naroa. Lo del libro es serio.
—Ya, ya lo sé, qué vergüenza, en la familia se van a reír un mes.
—No me refiero a eso. —Se frotó la nuca—. Aquí, en Escocia, casarse delante de un celebrante con dos testigos y firmar el registro es un matrimonio civil completo. Legal. De los de verdad. No es una broma de borrachos. Estamos casados. Casados de papeles, de impuestos, de todo.
Me senté en la única silla de la habitación, porque las piernas decidieron por su cuenta que era buena idea.
—Dijiste que mañana lo deshacíamos.
—Y seguramente lo dije en serio, pero estaba como una cuba, no podías tomarme en serio… Deshacerlo ahora no es romper un papel. Es un divorcio. O una anulación. Con abogados, con plazos, con jueces.
—¿Qué? ¿Cuánto?
—Semanas. Meses, igual.
—¿Meses?
Me oí a mí misma repetir la palabra con un gallo en la voz.
Meses. Yo tenía un vuelo a Sevilla al día siguiente por la noche.
Y no era solo el vuelo. Tenía una entrega abierta, galeradas impresas esperándome en Sevilla y una editora que creía que “freelance” significaba “disponible incluso durante un incendio”.
Podía trabajar desde cualquier sitio, sí.
Pero no con mi vida metida en una maleta, un matrimonio accidental encima y un escocés enorme ocupando el ochenta por ciento del aire respirable.
—Tengo que volver a España mañana por la noche —dije.
—Y yo tengo que volver a las islas —dijo él—. Tengo… cosas allí. Trabajo. No puedo quedarme aquí indefinidamente.
—¿Qué trabajo?
Hubo una pausa minúscula. Tan pequeña que con menos resaca no la habría notado. Lennox cogió el calcetín que por fin había encontrado y se concentró muchísimo en ponérselo.
—Cosas de familia —dijo—. Negocios. Aburrido.
No insistí, porque a las nueve de la mañana, casada y con la ropa interior del revés, los negocios aburridos de un desconocido no eran mi prioridad. Mi prioridad era no echarme a llorar delante de él.
—Vale —dije, levantándome y poniéndome el modo eficiente que uso cuando todo se va al garete—.
Plan. Bajamos. Le damos los buenos días a Morag.
Conseguimos un abogado, el que sea, hoy mismo.
Averiguamos el camino más rápido para deshacer esto.
Y mientras tanto, no se lo decimos a nadie. A nadie, Lennox. Ni a tu abuela.
—Mi abuela ya lo sabe.
—¿Cómo que ya lo sabe?
—Morag la llamó anoche. Me pidió su número y estaban las dos muy emocionadas.
Cerré los ojos.
—¿Algo más que deba saber?
—Y creo que mi madre viene de camino.
Bajé las escaleras de Morag en sábana y vestido de comunión arrugado, con el pelo como si hubiese dormido en el suelo de un avión, y me encontré la cocina llena de gente que no conocía sirviéndose té y mirándome con la curiosidad con la que se mira a un animal exótico.
Morag, en bata, me puso delante un plato de huevos con beicon y morcilla negra escocesa que olía a gloria y que mi estómago recibió con una arcada de gratitud.
Una señora mayor, sentada a la cabecera de la mesa, dejó la taza en el plato con un tintineo y me examinó de arriba abajo.
—Así que tú eres la española —dijo, en un inglés impecable—. La que le bajó la falda a mi nieto delante de toda la parroquia.
La abuela.
—Fue un accidente —dije, agarrándome al respaldo de una silla.
—Umm… un accidente... —Le dio un sorbo al té sin dejar de mirarme—. Lennox lleva treinta y cuatro años sin llevar a nadie a casa. Ni una novia. Ni una amiga. Nada. Y en una noche se casa contigo en la capilla de Angus. —Entrecerró los ojos—. Cuéntame, niña. ¿Qué le has dado de beber?
—Lo mismo que él me dio a mí.
La abuela soltó una carcajada seca que sonó como una rama partiéndose, y de pronto toda la cocina se relajó, como si aquella mujer fuera la que daba permiso para respirar.
—Me caes bien —decidió—. Siéntate. Come. Estás muy flaca para lo que vas a necesitar aguantar en esta familia.
Me senté. Comí. Y estaba yo metiéndome en el cuerpo la mejor morcilla de mi vida, empezando a pensar que a lo mejor el día no iba a ser tan catastrófico, cuando se abrió la puerta de la cocina de un golpe y entró mi hermana.
Claudia. En chándal. Sin maquillar. Con el moño de novia medio deshecho y una cara que conocía muy bien, la cara que ponía de pequeña justo antes de acusarme con mi madre.
—Tú —dijo, señalándome con un dedo tembloroso desde la puerta—. Tú. En mi boda. ¿En MI boda?
—Claudia, puedo explicarlo.
—¡Te has casado con su hermano! —Le falló la voz en la última palabra—. ¡Con Lennox! ¡En mi boda! ¡La gente está hablando más de ti que de mí! ¡Mi suegra me ha preguntado esta mañana si lo vuestro era una sorpresa que teníamos preparada!
—Fue el whisky.
—¡Siempre es el whisky contigo!
Lennox, que había bajado detrás de mí y observaba la escena desde el quicio de la puerta con un trozo de beicon en la mano, cometió el error de intervenir.
—Bueno —dijo, conciliador—, técnicamente yo le di el whisky, así que la culpa…
—Tú te callas —le dijimos mi hermana y yo a la vez.
Cerró la boca y dio un paso atrás, prudente.
Claudia se dejó caer en la silla de enfrente, me quitó el tenedor de la mano, atacó mi morcilla, y entre bocado y bocado, con la boca llena y los ojos llorosos, me soltó toda la angustia de la novia a la que su hermana le ha robado el día.
—Era mi boda —dijo, más bajito ya—. Solo quería un día. Un día en el que la gente me mirara a mí. Y vas tú y te casas borracha con el padrino.
Y ahí, mirando a mi hermana con su moño deshecho y su chándal y su morcilla robada, se me cayó toda la coraza de golpe.
Porque por mucho que Marcus me pareciera un flan y por mucho que aquella boda fuera un disparate de ricos, mi hermana estaba feliz, mi hermana se había casado el día anterior, y yo le había robado el protagonismo de la peor manera posible.
—Lo siento —dije, y por una vez lo dije de verdad, sin chiste detrás—. Lo siento muchísimo, Claudia. Soy un desastre. Lo arreglo. Te lo juro que lo arreglo y que tu boda va a ser la única boda de la familia de la que se hable. La mía la borramos del mapa.
Mi hermana me miró un rato largo. Luego me devolvió el tenedor.
—Tienes morcilla en la barbilla —dijo.
Y supe que estábamos en paz.
No me duró mucho la paz, porque a los cinco minutos volvió a abrirse la puerta de la cocina, esta vez sin golpe, despacio, con la solemnidad de quien sabe que merece una entrada.