Capítulo 2 La culpa fue del whisky #2
—Me has visto cosas que solo había visto el médico.
—¡Ha sido sin querer!
—Eso díselo a mi abuela.
Y se rió por fin, a pleno pulmón, una carcajada que hizo que la pista entera se girara a mirarnos, y a mí, que tendría que haberme muerto de vergüenza allí mismo, me dio un ataque de risa tonta de esos que no se pueden parar, de los que duelen en las costillas y te hacen llorar y te dejan sin aire.
Nos reímos los dos, agarrados el uno al otro en mitad del ceilidh , mientras la gente seguía girando a nuestro alrededor sin entender el chiste.
Y en algún momento de esa risa compartida, cuando levanté la cara y me lo encontré mirándome desde su metro noventa con los ojos brillantes y la respiración entrecortada, se me olvidó por completo que ese hombre era el hermano del flan, que yo odiaba las bodas, y que tenía un avión de vuelta a Sevilla en treinta y seis horas.
Se me olvidó casi todo, la verdad.
Lo que vino después lo reconstruyo a base de testimonios contradictorios y un par de fotos que prefiero no enseñar a mi madre.
Sé que en algún momento nos escapamos de la carpa.
Que Lennox robó una botella del famoso whisky de la barra, con la complicidad de Hamish, y que salimos los dos a los jardines del castillo, descalzos, yo porque había perdido un tacón y él por solidaridad.
Sé que me enseñó las estrellas y me dijo los nombres de las constelaciones en gaélico, y que yo no entendí ni una palabra pero me pareció lo más bonito que había oído en mi vida.
Sé que nos sentamos en un muro de piedra, que hacía un frío que pelaba, y que él me echó por encima de los hombros la chaqueta de su traje, que olía a él, a madera y a noche, y que yo, en lugar de devolvérsela, me arrebujé dentro como un gato.
Y sé que en algún momento, entre trago y trago, dije la frase que lo cambió todo.
—Qué pena que la boda se vaya a acabar ya —dije, mirando el castillo iluminado—. No vine con muchas ganas, pero reconozco que me he enamorado de este sitio. Me casaría aquí mismo, ahora mismo, solo por seguir con la fiesta.
Cualquier hombre cuerdo lo habría dejado pasar. Habría asentido, habría dicho «ya», y habría seguido bebiendo.
Lennox no era un hombre cuerdo. Lennox era un gamberro de metro noventa con muchos whiskies en el cuerpo y la palabra «imposible» borrada del diccionario.
—¿Lo dices en serio? —preguntó, incorporándose en el muro.
—Lo digo borrachísima, que es casi lo mismo.
—Conozco al reverendo del pueblo —dijo, y se le iluminó la cara con una idea que no auguraba nada bueno—.
Buen hombre. Le debo un par de favores. Y aquí, en Escocia, casarse es más fácil que abrir una cuenta en el banco.
No hacen falta papeles. No hace falta cura, ni siquiera. Con dos testigos y ganas, vale.
—Estás de broma.
—Estoy borrachísimo, que es casi lo mismo.
Me devolvió mis propias palabras con una sonrisa de oreja a oreja, se bajó del muro de un salto, me tendió las dos manos, y yo, descalza, helada, envuelta en su chaqueta y completamente fuera de mis cabales, le di las mías.
—Una cosa —dije, mientras tiraba de mí hacia las luces del pueblo—. Si hacemos esto, mañana lo deshacemos.
—Mañana lo deshacemos —prometió.
—Lo prometes.
—Por mi abuela, a la que ya le has enseñado mi otra boquilla de la gaita.
Me reí tan fuerte que me tropecé con una raíz, y él me cogió antes de que llegara al suelo, como había prometido horas antes que haría, y por una vez cumplió.
Me sostuvo un segundo de más entre sus brazos, los dos quietos en mitad de un camino oscuro, con el castillo a la espalda y el pueblo por delante, y yo pensé que aquel hombre olía demasiado bien para ser una idea tan mala.
Y luego echamos a andar hacia la capillita iluminada del fondo, descalzos, riéndonos, pasándonos la botella.
El reverendo se llamaba Angus y nos abrió la puerta en pijama y zapatillas, con una vela en la mano, la cara de quien ya ha vivido esto otras veces y olía más a whisky que nosotros.
No pareció sorprenderle lo más mínimo encontrarse en el umbral a un hombre enorme en kilt y a una española descalza vestida de comunión a las dos de la madrugada.
Miró a Lennox, me miró a mí, bebió de una botella y suspiró.
—¿Qué haces aquí, muchacho?
—Venimos a casarnos, Angus.
—¿Y esta sabe lo que hace?
—Esta —dije yo, muy digna, agarrándome al marco de la puerta para que el suelo dejara de moverse— sabe perfectamente lo que hace. Me caso por la fiesta. Y mañana lo deshacemos.
—Eso decís todos —murmuró Angus, y nos dejó pasar.
La capilla era pequeña, de piedra, con cuatro bancos y un olor a cera y a humedad que se me quedó grabado.
Angus encendió un par de velas más, tambaleándose, se puso una estola por encima del pijama, y de un cajón de la sacristía sacó una caja de latón con varios anillos sueltos dentro, gastados de tanto entrar y salir de dedos arrepentidos. Eligió dos. Como si tal cosa.
—Necesitamos testigos —dijo.
Los testigos resultaron ser un amigo de Angus, con el que estaba celebrando algo, y una vecina llamada Morag que apareció en bata, encantada de la vida, porque al parecer en aquel pueblo una boda de madrugada era mejor que cualquier programa de televisión.
El resto lo recuerdo a cachos. Recuerdo a Lennox poniéndose serio de golpe, mirándome a los ojos, y diciendo unas palabras en gaélico que sonaban a promesa antigua y que yo no entendí pero que me pusieron la piel de gallina.
Recuerdo que cuando me tocó a mí, en lugar de unos votos como Dios manda, le solté que me casaba con él porque tenía las piernas bonitas y porque su hermano me caía fatal, y que Angus apuntó al techo con los ojos, pero lo dio por válido.
Recuerdo a Angus, con la lengua pastosa de whisky, preguntándonos si prometíamos querernos y cuidarnos «hasta que las Highlands os separen».
Las Highlands, dijo. No la muerte. Y ni él se dio cuenta ni yo tuve claridad para reírme, pero se me quedó grabado entre toda la niebla, como si aquel cura beodo hubiera dicho sin querer una verdad más grande que la que tocaba.
Recuerdo el frío del anillo de latón entrando en mi dedo.
Recuerdo a Morag llorando como si fuéramos sus propios hijos.
Y recuerdo el beso.
Recuerdo el beso porque fue lo único de toda la noche que no se me ha borrado del todo.
Lennox se inclinó, me sujetó la cara con esas dos manos enormes como si yo fuera de cristal, y me besó despacio, sin prisa, con una dulzura que no pegaba nada con la situación ni con los cinco whiskies.
Y yo, que llevaba toda la noche resistiéndome por dentro mientras le seguía el juego por fuera, dejé de resistirme.
Me agarré a su camisa. Le devolví el beso.
Y la capilla, Angus, su amigo, Morag y el sentido común desaparecieron durante un rato muy agradable.
Cuando nos separamos, él apoyó la frente en la mía y se rió bajito.
—Bienvenida a la familia, fierecilla.
Lo último que recuerdo con claridad es al amigo de Angus ofreciéndonos su botella para brindar, a Morag aplaudiendo, y a Angus tendiéndome un libro enorme y un bolígrafo para que firmara donde firman los que se acaban de casar de verdad.
Firmé.
Vaya si firmé.