Hasta que las Highlands nos separen Capítulo 2 La culpa fue del whisky
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Capítulo 2 La culpa fue del whisky

El camarero del rincón se llamaba Hamish y tenía las manos de un cirujano y la conciencia de un contrabandista.

Le pedí un gin-tonic. Me sirvió algo del tamaño de un acuario, con tanta ginebra que el limón flotaba pidiendo socorro, y me guiñó un ojo como si los dos compartiéramos un plan secreto para arruinarme la vida.

Yo, que llevaba tres champanes en ayunas, acepté el plan encantada.

Me senté en una esquina con mi acuario, decidida a sobrevivir a la cena sin hablar con nadie, juzgando en silencio la decoración y las decisiones vitales de los presentes.

Mi hermana bailaba con Marcus un vals tan rígido que parecían dos perchas saludándose.

Mi padre se había hecho amigo de un escocés de noventa años y se entendían a base de levantar el vaso y asentir. Todo iba bien. Todo iba tranquilo.

Y entonces apareció él, como aparecen las desgracias y los acreedores: cuando una está más relajada.

—Estás bebiendo sola en una boda —dijo Lennox, dejándose caer en la silla de al lado, con el kilt acomodándose sobre sus rodillas de una manera que me obligó a concentrarme mucho en mi limón—. Eso, en mi tierra, es una llamada de auxilio.

—En la mía es una declaración de principios.

—¿Y cuáles son tus principios?

—Que las bodas se sobrellevan mejor con anestesia.

Se rió. Tenía una risa que le salía de golpe y le ocupaba la cara entera, y que conseguía que la gente de alrededor sonriera sin saber de qué.

Levantó la mano y Hamish, el contrabandista, le acercó un vaso de whisky sin que él lo pidiera, con la deferencia con la que se sirve a alguien importante.

No le di más vueltas. Estaba demasiado ocupada en no mirarle las rodillas.

—Te invito a una cosa mejor que ese matarratas con ginebra —dijo, empujando su vaso hacia mí—. Esto es de la tierra. Diez años en barrica. Lo prueba uno y entiende por qué los escoceses llevamos faldas y no nos avergonzamos.

—No pienso beber de tu vaso.

—¿Por qué no?

—Porque no sé dónde has estado.

—Aquí. Sentado. A tu lado. Llevas mirándome desde la ceremonia.

—Te miraba la falda. Por morbo antropológico.

—Claro.

—Es un fenómeno cultural. Como ir a ver elefantes.

Lo dije con toda la dignidad que pude reunir, que a esas alturas era más bien poca, y cogí su vaso solo para demostrarle que no me daba ningún apuro.

Le di un trago largo, como una valiente.

El whisky me bajó por la garganta como una bola de fuego que se hubiera equivocado de chimenea, y tuve que agarrarme a la mesa para no toser delante de él y arruinar la actuación.

—¿Y bien? —preguntó, encantado de la vida.

—Sabe a turba —dije, con la voz medio rota.

—Ese es el espíritu.

Pidió otros dos. Y de ahí en adelante, la noche se convirtió en una cuesta abajo muy agradable y sin frenos.

El primer aviso de que la cosa se torcía me llegó en mitad de los discursos.

Resulta que en las bodas escocesas, además del padrino, habla quien le apetece, y la barra libre va animando a más gente de la recomendable.

Mi hermana, que de tonta no tiene un pelo y que me conoce desde que nací, vio que yo iba por mi cuarto whisky y cometió el error de pasarme el micrófono «para que dijera unas palabras a la novia».

Unas palabras. A mí. Con más whisky del recomendable navegándome por las venas.

Me levanté. El mundo se levantó conmigo medio segundo después, lo cual ya era mala señal. Cogí el micrófono, di unos golpecitos para comprobar que funcionaba, y funcionaba demasiado bien, porque el chasquido retumbó por toda la carpa y un perro ladró a lo lejos.

—Buenas noches —dije, en mi inglés de barra de bar—. Soy la hermana de la novia. La guapa.

Hubo risas. Yo me crecí, que es lo peor que me puede pasar.

—Conozco a mi hermana desde hace treinta años. Y os voy a contar la verdad sobre ella, porque alguien tiene que hacerlo y a mí ya me da igual todo.

Mi hermana, en la mesa presidencial, había empezado a hacerme la señal universal de «córtate» pasándose el dedo por el cuello.

Yo interpreté que me estaba animando. Conté la anécdota de cuando Claudia se hizo pis en el coche de papá a los doce años porque no quería parar en la gasolinera.

Conté lo del novio que tuvo en la universidad que resultó estar casado.

Y estaba ya entrando en el terreno pantanoso de «y por fin ha encontrado a Marcus, que aunque parezca soso, seguro que en la intimidad...

» cuando una mano enorme me quitó el micrófono con la suavidad de quien desactiva una bomba.

—Gracias, Naroa —dijo Lennox al micrófono, sonriendo a la sala—. Un aplauso para la cuñada, que viene de muy lejos y con muchas ganas.

La carpa aplaudió, aliviada. Mi hermana cerró los ojos como quien da gracias a un dios en el que no creía hasta ese momento. Y yo me dejé caer en mi silla, convencidísima de que mi discurso había sido un éxito rotundo y de que la gente lloraba de emoción y no de otra cosa.

—Me has cortado en lo mejor —le reproché.

—Te he salvado la vida. Tu hermana estaba a punto de saltar la mesa.

—Estaba emocionada.

—Estaba buscando una pala.

Le quité el vaso de la mano y me lo bebí entero, en represalia. Él me miró hacerlo con una ceja levantada y una sonrisa que empezaba a resultarme peligrosamente familiar.

—Despacito, fierecilla. La noche es larga.

—La noche —dije, señalándolo con el dedo y fallando por unos centímetros— es mía.

Entre el cuarto whisky y el quinto, Lennox me contó que tocaba la gaita desde los seis años, y yo le dije que eso explicaba muchas cosas sobre su capacidad pulmonar, y él me preguntó qué cosas exactamente, y yo me puse colorada hasta las cejas y cambié de tema con la sutileza de un camión dando marcha atrás.

Me presentó a media boda como «la española que cree que mi kilt es una atracción de zoo», y la otra media me miró con una mezcla de cariño y de lástima.

A tres mesas de distancia, una rubia espectacular de vestido rojo nos vigilaba con cara de pocos amigos.

Le pregunté a Lennox quién era. Él miró un segundo en su dirección, se le borró media sonrisa y me dijo «nadie, una conocida», y cambió de tema con menos sutileza todavía que mi camión.

No insistí. Tendría que haber insistido, pero el whisky tenía otros planes para mí.

Y entonces subieron al escenario cuatro tipos con acordeón, violín y tambor, y se lió un ceilidh .

Si nunca habéis visto un ceilidh , imaginaos una jota aragonesa cruzada con una pelea de bar, pero con todo el mundo sonriendo.

La gente se agarra de las manos, da vueltas, se intercambia, choca, se ríe, y nadie sabe muy bien adónde va, pero todos llegan a la vez.

Es precioso. Es caótico. Y es exactamente lo que no le conviene a una mujer con demasiado whisky encima y unos tacones que ya le iban grandes.

—No —dije, cuando Lennox me tendió la mano—. Ni de broma.

—Es fácil.

—No sé bailar eso.

—Nadie sabe bailar esto. Por eso es divertido.

—Me voy a caer.

—Te cojo yo.

Y ahí cometí el error de creerle.

Me sacó a la pista de un tirón. Durante los primeros treinta segundos todo fue bien, porque lo único que había que hacer era dar vueltas agarrada de su brazo, y su brazo era del grosor de mi muslo, así que me sentí razonablemente segura.

Pero entonces el violinista aceleró, el tambor se volvió loco, y la cosa pasó de baile a deporte de riesgo.

Me soltaron de un lado. Me agarraron del otro.

Pasé de mano en mano como una croqueta en una fiesta infantil, di tres vueltas seguidas en la dirección equivocada, perdí un tacón, lo busqué con el pie sin encontrarlo, y en mi intento desesperado de recuperar el equilibrio me agarré a lo primero que pillé.

Lo primero que pillé fue el kilt de Lennox.

Tiré hacia abajo. Con fuerza. Con toda la fuerza de una mujer que se cae y no quiere caerse sola.

Y aquí es donde tengo que parar y explicar una cosa, por el bien de la ciencia y de las generaciones futuras.

Existe un debate muy antiguo, casi sagrado, sobre qué lleva un escocés debajo del kilt.

Hay quien dice que nada. Hay quien dice que depende del escocés.

Y yo, esa noche, en mitad de una pista de baile, delante de toda la familia de mi cuñado, obtuve la respuesta de primera mano, de manera empírica, sin querer y sin posibilidad de fingir que no la había visto.

La respuesta, en el caso concreto de Lennox, era nada.

Nada de nada.

El tiempo se paró. La música siguió, pero para mí se hizo un vacío enorme en el que solo cabíamos el kilt a media asta, mi mano culpable agarrada a la tela, y la certeza de que acababa de enseñarle a media Escocia algo que esa media Escocia no había pedido ver.

Lennox, con un reflejo digno de un portero de fútbol, recuperó la prenda con un manotazo y se la recolocó antes de que el destrozo fuera total.

Pero el daño ya estaba hecho. Su abuela, sentada en primera fila, se había llevado una mano al pecho.

Un niño de unos ocho años aplaudía. Y mi hermana, al fondo, había dejado de bailar el vals con cara de no saber si reírse o pedir el divorcio antes incluso de empezar el matrimonio.

—Lo siento —dije, todavía agarrada a su falda como si fuera la baranda de un barco que se hunde—. Lo siento muchísimo. Yo no quería. Bueno, sí quería, pero no así. Quiero decir, no quería verlo, ha sido un accidente, yo me caía y...

—Naroa.

—...y me he agarrado a lo primero, y resulta que lo primero era tu, tu, tu kilt, y debajo no había, no había...

—Naroa.

—¿Qué?

—Me has bajado la falda delante de mi abuela.

Lo dijo con una solemnidad tan absoluta, con esa cara de funeral de estado, que yo no supe si echarme a llorar o a reír.

Y entonces le vi temblar la barbilla. El muy gamberro se estaba aguantando la carcajada con todas sus fuerzas, disfrutando de mi agonía como quien disfruta de un espectáculo de pago.

—Eres un sádico.

—Soy un hombre deshonrado —dijo, llevándose una mano al corazón—. En mi pueblo, lo que acabas de hacer es prácticamente una pedida de mano.

—No me lo creo.