Capítulo 1 La culpa fue del vestido #2
—Es mi cara de funeral. Estoy de luto por tu soltería.
—Lennox está soltero —dijo ella, y lo soltó con tanta naturalidad que supe que llevaba semanas esperando para decírmelo—. Bueno. Soltero soltero no. Tiene una… amiga. Fiona. Pero no es nada serio, eso dice Marcus.
—No me interesa.
—Ya.
—Que no me interesa, Claudia.
—Que ya, que te he oído.
No me interesaba. Que conste. Lo que pasa es que justo en ese momento Lennox levantó la cabeza, me localizó entre la gente, y me miró.
No de pasada. Me miró a mí, al lazo de mi cintura, a la cara de pánico que se me debió de quedar, y en lugar de disimular como hace la gente normal, arqueó una ceja.
Una sola. Como diciendo «¿y esta de qué va vestida».
Y yo, que rondo los treinta y tengo un trabajo, una hipoteca y una reputación que mantener, le aguanté el pulso y le devolví el gesto. Como diciendo «mira para otro lado, gigante, que ya me conozco el percal».
Él sonrió. Apenas elevó una esquina de la boca. Y volvió a colocarse la gaita, dejándome con el corazón haciendo cosas que no le había autorizado a hacer y con mi hermana al lado, aguantándose la risa fatal.
—Nada, ¿eh? —dijo Claudia.
—Cállate y cásate.
La ceremonia empezó diez minutos después.
Nos sentaron a las familias en las primeras filas, sobre unas sillas blancas plantadas en la hierba, y yo me pasé los primeros cinco minutos intentando que el lazo de mi vestido no me hiciera parecer un regalo de Reyes.
Marcus apareció por un lateral, tieso como un palo, con cara de estar a punto de firmar una hipoteca, y se colocó bajo el arco de flores.
Y entonces Lennox se llevó la gaita a la boca.
No sé qué esperaba yo de una gaita. Algo gracioso, supongo, de documental antiguo.
Lo que no esperaba era que aquel hombre enorme hinchara los carrillos, apretara aquel saco de cuadros bajo el brazo, y de pronto el aire entero se llenara de un sonido grave, antiguo, que se te metía por los pies y te subía por las costillas.
Toda la carpa enmudeció. Hasta el viento pareció bajar el volumen para escuchar.
Mi hermana entró del brazo de nuestro padre con los ojos llenos de lágrimas, y yo, que había venido a esta boda con la firme intención de aburrirme y juzgar, noté un nudo en la garganta.
«No, no, no», me dije. «No te emociones. Es una gaita. Es un señor soplando dentro de una vaca desmontada. Contrólate.»
No me controlé. Se me cayó una lágrima traidora, y tuve que disimular fingiendo que se me había metido algo en el ojo.
Y para colmo, cuando volví a levantar la cabeza, Lennox me observaba otra vez por encima de la gaita, con esos ojos azules.
Juro por lo más sagrado que el muy desgraciado se dio cuenta de que estaba llorando, porque la esquina de su boca se movió de nuevo, esta vez con algo que se parecía sospechosamente a la ternura.
Bajé la vista de golpe y me concentré en mi hermana, que ya estaba bajo el arco, dándole las manos al flan de vainilla con el que había decidido pasar el resto de su vida.
El cura dijo lo que dicen los curas. Marcus dijo «sí quiero» con la emoción de quien acepta unas condiciones de uso.
Claudia dijo «sí quiero» llorando a moco tendido, y yo lloré con ella, porque por muy soso que fuera el novio, era mi hermana la que sonreía, y a mi hermana la quiero más que a mi propia tranquilidad mental.
Hubo aplausos. Hubo arroz, que en Escocia resultaron ser pétalos, porque allí el arroz lo respetan más.
Y luego nos empujaron a todos hacia la carpa, donde los camareros de guante blanco esperaban con bandejas y donde, en cuanto pisé la hierba, una copa de champán se materializó en mi mano antes de que yo la hubiera pedido.
Me la bebí de un trago. La segunda también. Llevaba todo el día sin comer, con los nervios del vuelo, el drama del vestido y la tienda de los tres horrores, así que el champán me cayó en el estómago vacío con la sutileza de un yunque.
—Despacio —dijo una voz a mi espalda.
Una voz grave, con las erres arrastradas, que me erizó la nuca antes de que mi cerebro terminara de identificarla.
Me di la vuelta. Y ahí estaba él. De cerca era peor.
De cerca medía como un armario de tres cuerpos, olía a algo amaderado y a aire libre, y tenía una cicatriz pequeña en la ceja que le daba un aire de haberse peleado con la vida y haber ganado por puntos.
Tuve que echar la cabeza hacia atrás para mirarlo a la cara, lo cual me molestó profundamente, porque yo no estoy acostumbrada a mirar a nadie hacia arriba.
—¿Perdona?
—Que despacio con eso. —Señaló mi copa con la barbilla—. Es de noventa libras la botella. Sería una pena que lo tratases como agua del grifo.
—Pues sabe a champán normal —mentí, porque sabía a gloria bendita, pero no pensaba darle la razón a un hombre que llevaba falda y lo decía con esa cara de suficiencia.
Él sonrió. La sonrisa entera esta vez, no la esquinita de antes. De esas que abren puertas, barras de bar y otras cosas que no pienso enumerar porque soy una señorita.
—Lennox —dijo, y me tendió una mano del tamaño de un guante de béisbol.
—Naroa. La hermana de la novia.
—Lo sé. —Me miró el vestido. Otra vez. Despacio, de arriba abajo, sin disimular lo más mínimo—. ¿Puedo preguntar de qué vas vestida?
—De dama de honor.
—Ese vestido de honor tiene poco.
—Mira quién habla. —Le señalé el kilt entero, de la cintura a las rodillas—. El de la falda.
—Esto no es una falda. Es un kilt.
—Pues eso, una falda.
—Es una prenda de seiscientos años de tradición.
—En España lo usamos como manta.
Lennox se rió. Una carcajada de verdad, grave, que le salió del pecho y que hizo que un par de invitados se giraran a mirar.
Yo aproveché para coger otra copa de champán de una bandeja que pasaba, porque a esas alturas ya había decidido que la única manera de sobrevivir a esta tarde era con una graduación alcohólica sostenida.
—Te lo advierto —dijo, mirando mi tercera copa con una ceja levantada—. Si sigues bebiendo así, al final terminarás preguntándome qué llevo debajo del kilt.
—No pienso preguntarte eso.
—Ya lo veremos.
Y yo, que de soltar bravatas voy sobrada, noté que se me subían los colores como a una cría de quince.
Para taparlo hice lo único que se me ocurrió: me bebí la tercera copa de un trago, le solté «encantada, falda con patas» y me alejé de allí con toda la dignidad que me permitía un vestido de comunión y tres champanes en ayunas.
Detrás de mí, la barra libre acababa de abrir. El camarero del rincón preparaba unos gin-tonics de los que tumban a un caballo, y yo, esa noche, tenía unas ganas locas de que me tumbaran.