Hasta que las Highlands nos separen Capítulo 1 La culpa fue del vestido
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Capítulo 1 La culpa fue del vestido

Vale, retrocedamos. Porque para entender cómo una sevillana de pura cepa termina despertando casada con un highlander de metro noventa al que apenas conoce de unas horas, hay que empezar por el principio. Y el principio es un vestido. Concretamente, un vestido que se rompió.

Lo de llamarme Naroa siendo sevillana de pura cepa tiene explicación: mi madre tuvo una fase vasca después de un verano en San Sebastián. Luego volvió a Sevilla, al gazpacho y a discutir con los toldos, pero el nombre ya se me había quedado.

Yo no quería ir a esta boda. Y que conste en el expediente: no era un «no me apetece mucho». Era un no rotundo, de los que se dicen con la mandíbula apretada.

No porque le tuviera manía a mi hermana.

A Claudia la quiero con locura, aunque tenga el gusto musical de quien escucha al Bisbal en bucle y encima lo defiende.

No quería ir por el novio. Marcus me parece el ser humano más soso jamás fabricado en serie.

Es de esos hombres que cuentan una anécdota con la misma intensidad emocional con la que se leen las condiciones de Spotify Premium.

Una vez le pregunté qué le gustaba de mi hermana y se quedó pensando tanto rato que llegué a temer que se hubiera muerto de pie, como les pasa a los caballos.

Pero es mi hermana. Y cuando tu hermana te llama llorando de felicidad para decirte que se casa, no le contestas «¿con ese?». Te muerdes la lengua hasta hacerte sangre, sonríes como una buena persona, y coges un vuelo a Edimburgo con la cara de quien va al dentista sin anestesia.

Metí en la maleta un vestido verde botella que me había costado un riñón y parte del otro.

Lo había elegido con una intención muy concreta y muy poco cristiana: quería estar más guapa que la novia.

No por maldad. Por terapia. Si me obligaban a ver cómo mi hermana se ataba de por vida a un flan de vainilla con corbata, al menos lo haría yo espectacular.

El vestido aguantó exactamente hasta las cuatro y veinte de la tarde del día de la boda.

A esa hora yo estaba subiéndome al coche de alquiler, un utilitario diminuto en el que un escocés medio no cabe ni de canto, y lo hice con la elegancia de un saco de patatas lanzado desde un camión.

Escuché un crujido. Un crujido que no era de la tapicería.

Me bajé. Me llevé la mano a la espalda. La cremallera había reventado de arriba abajo, limpia, como si el vestido también hubiera decidido en el último momento que no le apetecía ir a la boda y se hubiera declarado en huelga.

—No. No, no, no, no —dije, en el arcén de una carretera escocesa, con el viento metiéndoseme por la espalda abierta y un pastor mirándome desde un campo con la cara de quien ha visto esto antes y sabe perfectamente cómo termina.

Llamé a mi hermana. No contestó, evidentemente, porque a esas horas debía de estar encerrada entre maquillaje, nervios y veinte personas diciéndole que estaba preciosa.

Llamé al hotel. Cerraban la recepción y no había nadie que pudiera subirme un vestido de repuesto que, por supuesto, yo no tenía, porque a mí no se me ocurre llevar repuesto de nada salvo de mala leche.

Así que hice lo único que se puede hacer en estos casos: entré en pánico durante diez minutos, lloré un poquito de rabia, y luego improvisé como una jabata.

Había un pueblo a tres kilómetros. Cuatro casas, una iglesia y una tienda.

La tienda tenía un escaparate de ganchillo, una campanilla en la puerta de las que llevan sonando desde antes de que se inventara la electricidad, y una dueña que me miró por encima de las gafas como si yo fuera la primera turista que pisaba el pueblo en ochenta años. A lo mejor lo era.

—Necesito un vestido —dije, en mi inglés de instituto, señalándome el cuerpo entero con las dos manos—. Para una boda. Ya. Hoy.

La mujer miró el reloj de la pared. Bajó los ojos hasta la cremallera reventada que yo sujetaba a la espalda con un puño, y de ahí a mi cara de desesperación. Sin decir una palabra, desapareció detrás de una cortina y volvió con tres opciones, ni una más.

La primera era un vestido de tweed que pesaba como una alfombra y que me habría hecho sudar como una pava asada antes de llegar al altar.

La segunda tenía un estampado de flores tan agresivo que parecía diseñado para espantar abejas.

Y la tercera era de un azul lavanda muy de primera comunión, con un lazo enorme en la cintura, de esos que solo le quedan bien a las niñas de siete años y a las muñecas de porcelana que dan miedo de noche.

Me probé las tres en un cuarto del tamaño de un confesionario. El tweed no me subía de las caderas. El de las flores me apretaba el pecho de tal manera que cada respiración era un suplicio. Y el lavanda, milagrosamente, me entraba. Era horrendo, pero me entraba.

—Me llevo el lazo —le dije a la mujer, totalmente desilusionada. Mi plan de ir mona a la boda, se acababa de esfumar.

Salí de allí vestida de dama de honor de mi propia tragedia, con el vestido verde botella hecho un gurruño en el bolso y la sensación de que el universo me estaba mandando un mensaje muy claro que yo, cabezota, había decidido no escuchar.

Llegué a la finca con cuarenta minutos de retraso.

Y ahí me quedé clavada en el sitio, con el bolso colgando de la mano y la boca abierta de un modo que no favorece en ninguna fotografía.

Porque yo tenía entendido —me lo había contado Claudia, con ese tono suyo de quien no quiere presumir— que la familia de Marcus era «de economía media».

Una casa bonita. Un par de coches decentes.

Gente que se podía permitir una boda sin pedir un préstamo.

«Economía media», esas fueron sus palabras exactas, lo juro por lo más sagrado.

Lo que yo tenía delante no era economía media.

Era un castillo. De piedra gris, con torreones y banderas ondeando que yo no sabía ni que existían fuera de las películas que ponen los domingos por la tarde.

Había una carpa blanca del tamaño de un pabellón de baloncesto, con lámparas de araña colgando del techo como si la gravedad fuera una sugerencia que los ricos pueden ignorar.

Un cuarteto de cuerda tocaba en un rincón.

Camareros con guantes blancos circulaban repartiendo copas de algo que burbujeaba y que seguramente costaba más que mi vestido nuevo, mi vestido roto y el billete de avión juntos.

—Perdona —le dije a una mujer con pinta de organizadora de eventos, pinganillo en la oreja y sonrisa profesional clavada en la cara—. ¿Esto es la boda de Claudia y Marcus?

—Sí, señorita. ¿Familia de la novia?

—Soy la hermana. Oye, una pregunta rara. ¿Esto cuánto ha costado?

Ella se rió como si yo hubiera dicho algo gracioso, y se marchó sin contestarme. Lo cual, en mi experiencia, significa que la cifra es de las que no se pronuncian en voz alta sin que alguien sienta la necesidad de persignarse.

Mi hermana me encontró antes de que yo terminara de procesar el castillo. Salió de entre la gente como una aparición, vestida de novia, radiante, preciosa, con el pelo recogido en un moño que le había costado a alguien dos horas de trabajo.

—¡Has venido! —me abrazó, y luego se separó para mirarme—. ¿Y ese vestido?

—El verde se rompió. Es una larga historia... Claudia. —La agarré del brazo—. ¿Tú me habías dicho que esta gente era de economía media?

Mi hermana se puso colorada.

—Bueno. Media tirando a alta.

—Claudia, esto es un castillo.

—Es alquilado —dijo, como si eso lo arreglara—. Para el día. La familia de Marcus es… acomodada. No le des importancia.

—¿Acomodada? Aquí hay un señor que lleva un reloj que vale más que mi piso.

—Naroa.

—Que me alegro mucho, ¿eh? Que conste. Pero es que tú me dijiste «economía media» y yo me he comprado un vestido en una tienda donde también vendían pienso para gallinas.

Mi hermana me miró de arriba abajo, hizo un esfuerzo titánico por no reírse, fracasó, y me dio un beso en la mejilla.

—Estás monísima. Pareces la madrina de una primera comunión, pero monísima. Anda, ven, que te presento a la familia.

Y ahí, mientras me arrastraba del brazo hacia la carpa, fue cuando lo vi.

Estaba de pie junto al altar improvisado, un arco de flores blancas montado sobre la hierba con el castillo de fondo, como si alguien hubiera diseñado la postal perfecta y luego hubiera colocado a un vikingo en medio para arruinarles la concentración a las invitadas.

Llevaba un kilt de tartán verde y azul que le caía sobre unas piernas dignas de un campeonato del que yo nunca había oído hablar, pero al que pensaba apuntarme.

Una camisa blanca remangada hasta los antebrazos.

El pelo rubio largo, recogido a medias, con mechones sueltos que en otro hombre habrían parecido descuido y en él parecían un golpe de suerte del destino.

Y bajo el brazo, con la naturalidad de quien lleva un paraguas, una gaita.

Me paré en seco. Mi hermana siguió andando dos pasos sin mí y volvió.

—¿Qué haces?

—¿Quién es ese?

Claudia siguió mi mirada. Sonrió de una manera que no me gustó nada, esa sonrisa de hermana mayor que ya está montando una boda en su cabeza.

—Ese es Lennox. El hermano de Marcus. El padrino.

—¿El hermano de Marcus? —Pasé los ojos de Lennox a Marcus, que a lo lejos saludaba a un invitado con el entusiasmo de un buzón—. ¿De Marcus? ¿Ese flan y ese de ahí son hermanos?

—Mismos padres y todo.

—La genética es una lotería y a Marcus le tocó el reintegro.

—Naroa.

—Lo digo con cariño.

No lo decía con cariño. Lo decía mirando a Lennox, que en ese momento se pasó una mano por el pelo y dejó al descubierto un antebrazo que merecía su propia cuenta de redes sociales.

«Vale», pensé. «Si Marcus es lo que enseñan en el escaparate, esto de aquí debe de ser el modelo de exposición.

El que ponen para que entres a la tienda y luego te venden el básico. »

—Ni se te ocurra —dijo Claudia, que me conoce demasiado bien.

—No he dicho nada.

—No hace falta que digas nada, te conozco la cara. Esa es la cara que pones antes de hacer una tontería.