Hasta que las Highlands nos separen
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Prólogo
Abro un ojo. Luego el otro y me arrepiento al instante, porque la luz que entra por la ventana parece diseñada para castigarme por algo que todavía no recuerdo.
Esta no es mi habitación del hotel. Tampoco es mi cama. Y cuando intento moverme, algo pesa como un armario empotrado en el lado izquierdo del colchón. Ay, madre, ay, madre, ay, madre.
Giro la cabeza muy despacio, como si el cuello me debiera dinero, y me encuentro con una espalda.
Una espalda ancha, llena de pecas doradas, coronada por una melena rubia que ocupa más almohada de la que le corresponde por derecho.
Sé de quién es. Ayer lo vi tocando la gaita frente a un arco de flores, con un castillo a la espalda y tanto aplomo que hasta ese momento ignoraba que un instrumento pudiera dar tanta vergüenza ajena y tanto morbo a la vez.
Lennox. El hermano del novio. El armario escocés con kilt y nombre de coche caro.
Bajo los ojos despacio, recorriendo el edredón, hasta que encuentro mi mano izquierda. Con un anillo. Dorado, finito, que desde luego no estaba ahí cuando me puse las pestañas postizas en el baño del hotel.
Me incorporo de golpe, error táctico de proporciones bíblicas, porque la habitación entera decide ponerse a girar como una atracción de feria que nadie ha pagado.
—Ay, Dios. Ay, Dios, ay, Dios —digo, en voz baja, como si rezar más fuerte fuera a empeorar la situación.
—¿Mmh?
El armario se mueve. Se gira. Y entonces lo tengo de frente: dos ojos azules abriéndose con la lentitud de alguien que también está reconstruyendo un crimen, una mandíbula que parece esculpida a propósito para incomodar al resto de los hombres, barba de tres días que en cualquier anuncio de colonia costaría un dineral.
Y una mano —su mano, del tamaño de una sartén— que sube despacio hasta su propia cara, descubre el anillo en su dedo, y se queda mirándolo como si fuera un escorpión.
—¿Qué cojones? —dice, con ese acento que arrastra las erres como si las llevara a rastras— ¿Qué cojones hemos hecho?
No es una pregunta. Es un diagnóstico.
Y entonces los dos, a la vez, sin ponernos de acuerdo, levantamos el edredón y miramos hacia abajo, hacia la evidencia que ninguno de los dos está preparado para comprobar todavía.