Hasta que las Highlands nos separen Epílogo
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Epílogo

Un año después, la abuela Sinclair tenía razón, como siempre.

Vivimos a caballo entre dos sitios, que es lo que tienen los matrimonios de dos países: medio año en la casita de piedra de las Highlands, con la chimenea y las colinas y la lluvia de lado, y los inviernos crudos escapándonos a Sevilla, a la luz y al bullicio y al gazpacho de mi madre, porque a Lennox, que resultó ser un friolero de campeonato, el frío de enero en Escocia le pareció, y cito, «un castigo que ni los peores pecadores merecen».

Sigo corrigiendo novelas rosas, ahora desde las dos orillas, y he empezado a escribir una mía, por fin, una historia absurda sobre una sevillana que se casa por error con un highlander en la boda de su hermana.

Mi editora dice que es demasiado inverosímil, que eso no le pasa a nadie. Yo le he dicho que se sorprendería.

Mi madre y Lennox se hablan por videollamada los domingos, él con su español que ha mejorado a base de suegra, ella corrigiéndole el acento y mandándole recetas.

Mi padre volvió a Escocia dos veces más solo para ver a su amigo el escocés anciano, y ahora se mandan postales que ninguno de los dos entiende del todo pero que guardan como un tesoro.

Manolo le montó a Lennox una moto vieja para cuando estamos en Sevilla, y los domingos se van los dos a dar vueltas, el andaluz del bigote y el highlander enorme, sin hablar, felices.

Brodie sigue teniendo mi foto enmarcada.

Y al lado, ahora, otra más. Una foto de la boda.

La de verdad. La segunda. La que sí recuerdo.

Los forasteros que entran en la posada preguntan por las dos cosas, y Brodie les cuenta la historia entera, y la adorna un poco más cada vez, que para eso es posadero.

Fiona no volvió a aparecer. Me llegó, por Brodie, que se había ido a vivir a Londres y se había echado un novio banquero con más dinero que Lennox, así que supongo que encontró lo que buscaba. Le deseo lo mejor, de verdad, ahora que puedo permitírmelo. Cuando una es feliz, hasta perdona.

Y la cama de la casita de piedra, la nueva, la nuestra, no suena. Pero de vez en cuando, si me despierto de madrugada, oigo a Lennox roncar bajito a mi lado. Y en vez de darme rabia, me acurruco un poco más cerca, en mi lado de la ventana, y me vuelvo a dormir.