Hasta que la muerte nos separe Capítulo 17 La respuesta
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Capítulo 17 La respuesta

Aquellos días habían sido diferente.

Había estado llena de risas, juegos y tardes que siempre terminaban más tarde de lo que había planeado.

Cada vez pasaba más tiempo con los niños. Sofía corría a abrazarme en cuanto me veía y Ángel ya había empezado a guardar sus juguetes favoritos para enseñármelos cuando llegaba.

Con Pablo también era diferente.

Volvíamos a bromear, a picarnos por cualquier tontería y a recordar momentos que creía olvidados. A veces, nuestras miradas se encontraban y ninguno de los dos decía nada. Otras, era yo la que apartaba la mirada para esconder una sonrisa.

Poco a poco, estar a su lado volvía a resultar fácil.

Ya no pensaba en cada palabra antes de hablar ni buscaba una excusa para marcharme cuando se hacía tarde. Con él podía reír. Podía ser yo.

Y empezaba a recordar por qué me había enamorado de mi profesor.

Mi móvil sonó. Era Laura.

—¿Cómo te va? —preguntó—. Creo que tienes mucho que contarme...

—Han sido días... algo raros.

—¿Raros? Yo diría más bien especiales.

—¿Pablo te ha contado algo?

—Algo —rio.

—¿Desde cuándo hablas tanto con él?

—Desde el día que desapareciste.

Suspiré.

—Vaya. No tenía que haber preguntado.

—Entonces, ¿qué sientes por él?

—¿Qué siente él por mí?

—No me contestes con otra pregunta.

—Sabes que siempre lo he querido.

—¿Querido? ¿En pasado?

Me quedé callada durante unos segundos.

—Lo quiero.

Decirlo en voz alta hizo que mi corazón latiera más rápido.

—¿Y por qué no se lo dices?

—Porque no sé qué siente él.

—Puede que piense que todavía no estás preparada. Quizás por eso no quiere dar el primer paso.

—¿Eso te ha dicho?

—Puede...

—Vamos, Laura. Antes que nada, eres mi amiga. Dime qué te ha contado.

—¿Alguna vez le has preguntado cuál era el motivo de vuestra cita el sábado que desapareciste?

Fruncí el ceño.

—No. No creo que sea buena idea hablar de ese día.

—Créeme. Necesitas saberlo.

—¿Tú lo sabes?

—Claro. Cuando no te encontró en casa, me llamó preocupado. Y cuando encontró tu móvil y tu bolso tirados en el suelo...

—¿Qué pasó?

—¿Por qué no se lo preguntas a él? —respondió—. Quizás te lleves una sorpresa.

Después de cambiar de tema y hablar durante un rato de otras cosas, nos despedimos.

Llegó el sábado y, tal y como habíamos hablado, dejamos a los niños con mis padres y salimos a cenar juntos.

Hacía mucho tiempo que Pablo y yo no estábamos solos de aquella manera.

Sin niños.

Sin juguetes por el suelo.

Sin Sofía interrumpiendo una conversación en el momento menos oportuno.

Solo nosotros dos.

¿Era el momento de preguntarle?

Suspiré, di un largo trago a mi copa de vino y lo miré a los ojos.

—¿Puedo hacerte una pregunta?

—Claro —sonrió—. Pregunta lo que quieras.

—¿Dónde me habrías llevado si no hubiera pasado nada?

Pablo frunció el ceño.

—No entiendo la pregunta.

—Aquel día...

Mis manos comenzaron a temblar.

—El día que Diego me secuestró.

Decir su nombre seguía siendo difícil.

Pablo se quedó en silencio durante unos segundos.

—Has hablado con Laura, ¿verdad?

—Sí. Pero no ha querido contarme nada.

Suspiró y se acomodó en la silla.

—Cuando nos enteramos de que eran dos bebés, sentí que faltaba algo entre nosotros.

—¿Algo?

—Sí.

Se aclaró la garganta.

—Aquel día llegué tarde al colegio porque tuve que ir a comprar una cosa.

Metió la mano en el bolsillo de su chaqueta y sacó una pequeña caja.

La dejó sobre la mesa.

Miré la caja y después a él.

—¿Qué es eso?

—Nunca me deshice de él.

Mi corazón comenzó a latir con fuerza.

—Durante cinco años estuvo guardado —continuó—. No tenía sentido llevarlo conmigo.

Rozó la caja con los dedos.

—Hasta que volviste.

Sentí un nudo en la garganta.

Pablo abrió lentamente la caja.

Un anillo.

—Aquel sábado iba a pedirte que te casaras conmigo.

Las lágrimas llenaron mis ojos.

—Lo siento.

—¿Por qué?

—Porque lo estropeé todo.

—No.

Pablo me miró sorprendido y alargó la mano para secar una lágrima de mi mejilla.

—Sara, tú no estropeaste nada.

—Pero...

—Nada —repitió—. Al contrario.

Durante unos segundos nos quedamos en silencio, mirándonos el uno al otro.

Miré de nuevo el anillo.

—Te habría dicho que sí.

Pablo levantó la mirada.

—¿Qué?

—Aquel día —sonreí entre lágrimas—. Si hubieras llegado y me hubieras pedido que me casara contigo... te habría dicho que sí.

Pablo sonrió.

—Y yo habría sido el hombre más feliz del mundo.

Cerró la caja y volvió a guardarla en el bolsillo de su chaqueta.

Terminamos de cenar hablando de cualquier cosa o, al menos, intentándolo.

No podía dejar de pensar en aquel anillo.

Cuando salimos del restaurante, comenzamos a caminar sin rumbo. La noche era agradable y ninguno de los dos parecía tener prisa por volver.

—Aún no es tarde —dijo Pablo.

—No. Podemos seguir paseando, si quieres.

—No me refiero a eso.

Me detuve.

—No te entiendo.

Pablo se quedó mirándome.

Entonces lo vi sonreír.

—Hace cinco años me quedé sin hacerte una pregunta.

Mi corazón comenzó a latir muy rápido.

—Pablo...

—Y acabas de decirme cuál habría sido tu respuesta.

Metió la mano en el bolsillo.

—Pablo, ¿qué haces?

Se arrodilló frente a mí y me quedé inmóvil.

Sacó la pequeña caja y volvió a abrirla.

—Sara, cásate conmigo.

Las lágrimas llenaron mis ojos.

—Seamos una familia. Los cuatro.

—Pablo, yo...

—Los niños te adoran. Eres su madre y yo...

Respiró profundamente.

—Yo te amo. Siempre te he amado.

Una lágrima recorrió mi mejilla.

Deseaba decirle que sí.

Deseaba abrazarlo. Besarlo. Decirle que quería recuperar todo el tiempo que nos habían robado.

Abrí la boca.

—Si no eres mía, no serás de nadie...

Mi cuerpo se paralizó.

Esa voz.

No.

Mi corazón comenzó a latir con tanta fuerza que podía sentirlo golpeando mi pecho. Las manos me temblaron.

Miré hacia un lado.

Diego.

Estaba allí.

Durante un segundo pensé que volvía a estar dentro de mi cabeza.

Pero Pablo también lo miró.

Y entonces vi la pistola.

Apuntaba directamente hacia él.

—¡No!

Me puse delante de Pablo.

—No lo hagas.

Sentí que Pablo se levantaba rápidamente e intentaba apartarme.

—Sara, quítate.

—¡No!

No iba a moverme.

—¿Pensabas que te habías librado de mí? —preguntó Diego.

Su voz era tranquila.

Demasiado tranquila.

La conocía.

Había escuchado aquella voz durante casi un año.

—No —respondí—. Claro que no.

—No voy a permitir que vuelvas a hacerle daño —dijo Pablo detrás de mí.

Diego frunció el ceño.

—Tú eres el que le hace daño.

Dio un paso hacia nosotros.

—Pablo —susurré sin dejar de mirar a Diego—. Vete.

—No.

—Vete.

—¿No la has escuchado? —preguntó Diego—. Aunque, antes...

Me miró.

—Quiero escuchar tu respuesta.

—¿Mi respuesta?

—He interrumpido un momento bastante íntimo.

Señaló a Pablo con la pistola.

—Te estaba pidiendo que te casaras con él.

Miré a Diego. Me fijé en sus ojos, en la forma en que sujetaba la pistola y en aquella pequeña sonrisa que apareció en sus labios.

Y entonces lo entendí.

No podía enfrentarme a él ni intentar razonar. Pero sabía cómo sobrevivir a Diego porque ya lo había hecho durante casi un año.

Solo tenía que decir lo que quería escuchar.

—Mi respuesta es no.

No miré a Pablo.

No podía.

—¿Por qué? —preguntó Diego.

Tragué saliva.

Conocía la respuesta correcta.

Él mismo me la había enseñado.

—Porque tú eres el único hombre de mi vida.

Una lágrima recorrió mi mejilla.

—El único al que realmente amo.

Intenté acercarme a Diego, pero Pablo me agarró del brazo.

—No estás hablando en serio.

Vi el dolor en sus ojos.

Me dolió pero no podía explicárselo.

—Intenté decírtelo —respondí encogiéndome de hombros.

—Ven conmigo —ordenó Diego.

Me solté de Pablo y obedecí.

Cada paso que daba hacia Diego me revolvía el estómago.

—Sabía que vendrías a por mí —dije con una sonrisa que no sentía.

—¿Y el bebé?

Me quedé quieta.

Mis hijos.

No podía permitir que supiera de su existencia.

Me tapé la cara con las manos y dejé que las lágrimas salieran. No tuve que esforzarme demasiado.

—Murió.

—¿Qué?

—Te dije que algo no iba bien —dije entre lágrimas—. No pudieron hacer nada para salvarlo.

Diego se quedó mirándome.

—Da igual. Tendremos más.

Sentí náuseas.

Acercó una mano a mi rostro y secó mis lágrimas.

Todo mi cuerpo se estremeció.

—¿Cómo has escapado? —preguntó Pablo.

Diego sonrió.

—Se dieron cuenta de su error y me dejaron salir.

—Claro —respondió Pablo—. Y yo soy el rey de España.

Cerré los ojos durante un instante.

Pablo, por favor.

—¿Últimas palabras? —preguntó Diego levantando la pistola.

—¡No!

Me interpuse de nuevo.

Diego me miró.

—¿Por qué no quieres que lo mate?

Pensé rápido.

—Porque, si disparas, alguien puede escucharlo. Llamarán a la policía y… volverán a separarnos.

Su expresión cambió.

Había acertado.

—¿Y cómo sabes que él no llamará a la policía?

Miré a Pablo.

—Porque sabe que me ha perdido.

Volví a mirar a Diego.

—¿No quieres que sufra?

—Sara... —susurró Pablo.

—Que nos vea irnos juntos —continué—. Que sepa que nunca tuvo ninguna oportunidad conmigo.

Diego sonrió.

—Sí.

Respiré lentamente.

Lo estaba consiguiendo.

—Por eso vas a matarlo tú.

Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.

—¿Qué?

—Morirá a manos de la mujer que ama.

Me miró fijamente.

—Y lo último que verá será tu cara.

—No voy a matarlo.

Diego levantó la pistola y volvió a apuntar a Pablo.

—Entonces lo haré yo.

—No te tengo miedo —dijo Pablo—. Adelante. Dispara.

Lo miré horrorizada.

¿Se había vuelto completamente loco?

—¡Está bien! —grité—. Lo haré yo.

Diego me miró.

—Dame la pistola —continué—. Acabemos con esto y vámonos.

Una sonrisa apareció en su rostro.

—Esa es mi chica.

Me dio una palmada en el trasero y cerré los ojos.

Durante un segundo, volví a aquella casa. A sus manos y a sus órdenes.

No.

Ya no estaba allí.

—Toma.

Abrí los ojos.

Diego me tendió la pistola y la cogí.

—Dispárale justo en el corazón.

Miré el arma entre mis manos.

—Está bien.

Miré a Pablo.

Él también me miraba.

Ya no había enfado en sus ojos.

Solo tristeza.

—Diles que los quiero muchísimo.

Sentí que el corazón se me rompía.

Ángel y Sofía.

Estaba despidiéndose de nuestros hijos.

—¿De qué está hablando? —preguntó Diego.

No respondí.

No podía apartar la mirada de Pablo.

—Lo siento —susurré—. De verdad que lo siento.

Mis manos temblaban alrededor de la pistola.

—No tengo otra opción.

—¡Dispara! —ordenó Diego—. ¡Dispara de una vez!

Una lágrima recorrió mi mejilla. Cerré los ojos y respiré profundamente antes de girarme.

Apunté a Diego.

Su sonrisa desapareció.

—¿Qué haces?

No contesté.

—Se acabó, Diego.

—Sara...

—Se acabó.

Por primera vez, vi miedo en sus ojos.

—Baja la pistola —me ordenó.

—No.

Su expresión cambió.

—He dicho que bajes la pistola.

Mis manos seguían temblando pero no la bajé.

—¡Policía! ¡Suelte el arma!

Varias voces sonaron a nuestro alrededor.

Todo ocurrió demasiado rápido.

Diego se abalanzó sobre mí.

Grité.

Agarró la pistola e intentó arrancármela de las manos.

—¡Suéltala! —gritó.

Forcejeé con él.

—¡No!

Consiguió arrebatármela.

Retrocedí varios pasos.

—¡Suelte el arma! —volvió a ordenar uno de los policías.

Diego miró a su alrededor.

Después miró a Pablo y levantó la pistola.

—Si no puedo tenerte...

Apuntó hacia él.

—¡No! —grité.

Los disparos retumbaron a mi alrededor.

Una vez.

Otra.

Y otra.

Diego cayó al suelo.

Durante unos segundos, nadie se movió. Me quedé mirando su cuerpo, esperando que volviera a levantarse, que pronunciara mi nombre o me ordenara acercarme.

Pero no lo hizo.

—¿Sara?

Unas manos me agarraron de los brazos y me aparté de golpe.

—Soy yo.

Pablo estaba vivo.

Lo abracé con todas mis fuerzas.

—Era él o tú —lloré.

—Lo sé, pequeña.

Me rodeó con sus brazos y me besó en la cabeza.

Miré por encima de su hombro.

Diego seguía en el suelo.

Inmóvil.

—Ya ha pasado todo —susurró Pablo.

Me aferré a él.

—Siento todo lo que he dicho. Solo intentaba salvarte.

—Lo sé.

—Nada era verdad.

—Lo sé, Sara.

Me abrazó con más fuerza.

—Lo sé.

Me aferré a Pablo mientras varios policías se acercaban al cuerpo de Diego.

No podía dejar de mirarlo.

Durante años había vivido con miedo a que volviera. Incluso estando encerrado, seguía sintiendo que podía encontrarme. Que aparecería cuando menos lo esperara y volvería a quitarme todo.

Y había vuelto.

Pero aquella vez no había conseguido llevarme con él.

—Se acabó —susurró Pablo.

Miré a Diego una última vez.

Ya no podía hacerme daño ni acercarse a mis hijos. Ángel y Sofía estaban a salvo. Pablo estaba a salvo.

Yo estaba a salvo.

Esperé escuchar su voz dentro de mi cabeza.

Pero no llegó.

Solo había silencio.

Y, por primera vez, supe que no volvería.