Capítulo 16 Nuestro lugar
Los días pasaron rápido. Cuando quise darme cuenta, Ángel ya podía volver al colegio.
Por un lado, me habría encantado acompañar a Pablo para hablar con el director y ver cómo los niños solucionaban sus diferencias. Pero no dije nada.
Acababa de entrar de nuevo en la vida de mis hijos. Poco a poco, habían empezado a llamarme mamá y, cada vez que escuchaba esa palabra, algo se removía en mi interior.
Sentimientos que creía no tener o que siempre habían estado ahí, escondidos bajo el miedo.
Pasé aquellos tres días en casa de Pablo. Jugando con los niños, ayudándolos con los deberes y quedándome cada vez un poco más de tiempo.
Y, entre Pablo y yo, algo también empezó a cambiar.
—Nos vemos mañana, profe —le dije una tarde mientras me acompañaba a la puerta.
—¿Otra vez con lo de profe?
—Siempre serás mi profesor.
—Ya no eres mi alumna.
—Menos mal.
Pablo levantó una ceja.
—¿Qué significa eso?
—Nada.
—Sara...
Sonreí y salí de la casa.
—Hasta mañana.
—Algún día vas a terminar las conversaciones.
—Lo dudo.
Escuché su risa mientras me alejaba.
El viernes por la tarde, después de recoger a los niños del colegio, Pablo propuso que fuéramos al parque.
—¡Yo quiero ir a los columpios! —gritó Sofía.
—Yo quiero llevar la pelota —dijo Ángel.
—Pues venga, preparaos —respondió Pablo.
Los dos salieron corriendo escaleras arriba.
—¿Siempre tienen tanta energía? —pregunté.
—No. A veces tienen más.
Reí.
Poco después, salimos de casa. Cuando vi hacia dónde nos dirigíamos, reconocí el lugar enseguida.
—¿Este parque?
—¿Qué le pasa?
—Nada.
Pablo sonrió.
—Te acuerdas.
—Claro que me acuerdo.
Aquel parque siempre me traía buenos recuerdos.
Era el parque de la esquina de casa de mis padres. Había pasado muchas mañanas allí con Laura antes de entrar al instituto y muchas tardes después de clase.
También era el lugar donde Pablo me llevó la primera vez. Yo tenía diecisiete años y no quería que me dejara delante de mi casa. Me aterraba que mis padres o algún vecino me vieran bajar del coche de un hombre.
Después de aquello, se convirtió en nuestro lugar.
Recordaba perfectamente las veces que me había sentado en aquel banco esperando ver aparecer su Cupra negro.
Miré a Pablo y sonreí.
Ahora estaba sentada en el mismo banco, a su lado, viendo jugar a nuestros hijos.
Los niños salieron corriendo en cuanto entramos al parque.
—¡Sin alejaros! —gritó Pablo.
—¡Vale! —contestó Sofía.
Ángel ni siquiera respondió.
—¿Crees que me ha escuchado? —preguntó.
—No.
—Yo tampoco.
Me quedé mirando a los pequeños.
Sofía corría detrás de su hermano mientras él intentaba escapar con la pelota entre las manos.
—¡Es mía! —gritó Ángel.
—¡Yo también quiero jugar!
—¡Pues cógela!
Ángel salió corriendo.
—¿No deberías decirle algo? —pregunté.
—Estoy esperando.
—¿A qué?
Sofía se lanzó sobre su hermano y los dos terminaron en el suelo.
—A eso.
No pude evitar reír.
—¡Papá! —gritó Ángel.
—¿Qué?
—¡Sofía me ha tirado!
—Yo lo he visto.
—¡Pues dile algo!
—Sofía, no tires a tu hermano.
—Vale.
La niña se levantó y volvió a coger la pelota.
—¡Eh! ¡Devuélvemela!
Ángel salió corriendo detrás de ella.
—Creo que ha funcionado —dije.
—Muchísimo.
Nos miramos y sonreímos.
Durante unos minutos, nos quedamos observándolos jugar.
Apoyé la espalda en el banco y miré hacia los columpios.
—¿Te acuerdas de cuando te esperaba allí? —pregunté.
Pablo siguió mi mirada.
—Claro que me acuerdo.
—Siempre llegabas con tu Cupra negro y yo salía corriendo.
—Cogías la mochila y te subías al coche como si estuvieras huyendo de alguien.
—Tenía diecisiete años. No quería que me vieran contigo.
—Y ahora estamos aquí con dos hijos.
Miré a los pequeños.
—Las cosas han cambiado un poco.
—Un poco —repitió sonriendo.
Nuestras miradas se encontraron.
—Aunque hay cosas que no han cambiado —añadió.
—¿Ah, no?
Se acercó un poco más.
—Sigues poniéndome nervioso.
Sonreí.
—Eso es muy triste, profe.
—Deja de llamarme profe.
—No.
—Sara...
—¿Qué?
—Sabes perfectamente lo que haces.
—No sé de qué hablas.
—Claro que no.
Aparté la mirada para que no viera mi sonrisa.
—¡Mamá!
Me levanté de golpe.
Sofía venía corriendo hacia mí.
—¿Qué pasa?
—Ángel no me deja jugar.
—¡Porque me quita la pelota! —protestó él, llegando detrás.
—¡Yo no te la quito!
—¡Sí!
—¡No!
—¡Sí!
—¡No!
—Vale, vale —los interrumpí—. Ya os he entendido.
—Yo quiero jugar —dijo Sofía.
—Pues que no me quite la pelota.
—¡Pero tú no me la das!
Miré a Pablo.
—¿Siempre son así?
—Hoy están tranquilos.
Él se encogió de hombros.
—Son tus hijos.
—Hace un momento eran tuyos.
—He cambiado de opinión.
Le di un pequeño golpe en el brazo.
—Muy gracioso.
Me agaché frente a los niños.
—¿Y si jugamos los cuatro?
—¡Sí! —gritó Sofía.
Ángel miró a su padre.
—¿Papá también?
—Papá también —respondí.
—Yo estaba muy bien sentado —protestó Pablo.
Sofía lo cogió de una mano.
—Vamos.
—No tengo elección, ¿verdad?
—No —contestamos los tres a la vez.
Terminamos jugando con la pelota.
Ángel corría de un lado a otro sin cansarse. Sofía se enfadaba cada vez que alguien le quitaba la pelota y Pablo hacía trampas.
—¡Eso no vale! —protesté.
—¿Por qué?
—Me has empujado.
—Te he rozado.
—Casi me tiras.
—Exagerada.
Corrí detrás de él.
—¡Ven aquí!
Pablo comenzó a reír y salió corriendo.
—¡Cógelo, mamá! —gritó Sofía.
—¡No! ¡Corre, papá! —gritó Ángel.
Los dos salieron corriendo detrás de nosotros.
Conseguí alcanzarlo y lo agarré de la camiseta.
—Te tengo.
Pablo se giró.
De repente, estábamos demasiado cerca.
Dejé de reír y él también.
—Te dije que sabías perfectamente lo que hacías —murmuró.
—Y yo te he dicho que no sé de qué hablas.
—Mentirosa.
Sonreí.
—¡Mamá! —gritó Sofía—. ¡No vale! ¡Tú también juegas!
Nos separamos.
—Nos reclaman —dije.
—Siempre.
Volvimos con ellos.
Durante un rato, me olvidé de todo.
No pensé en Diego.
No pensé en los años que había perdido.
Solo veía a mis hijos correr por el parque y escuchaba a Pablo reír a mi lado.
Por un momento, parecía que siempre habíamos sido así.
Los cuatro.
Una familia.