Capítulo 15 Me siento preparada
A las siete y media en punto estaba llamando al timbre de casa de Pablo.
Me abrió con una de sus encantadoras sonrisas.
—Buenos días. Pasa.
—Buenos días.
Nada más entrar, me encontré con un auténtico caos.
Ángel corría por el salón y saltaba de un extremo al otro del sofá. Sofía intentaba ponerse el abrigo mientras se quejaba de que una manga estaba al revés y Pablo recogía platos y vasos de la mesa para llevarlos a la cocina.
Me quedé quieta en la entrada, observándolos.
—¡Ángel, baja del sofá! —gritó Pablo desde la cocina.
—¡Estoy castigado!
—¡Precisamente por eso!
El pequeño saltó al suelo y, segundos después, volvió a subirse.
No pude evitar reír.
Pablo apareció de nuevo en el salón.
—Siento el caos —dijo con una sonrisa cansada—. No querían despertarse.
—¡Yo sí! —protestó Ángel.
—Tú no tienes colegio.
—Por eso.
Pablo cerró los ojos durante un instante.
—Algún día entenderás por qué me están saliendo canas.
Volví a reír.
—No importa —respondí mirando a los pequeños—. Creo que puedo sobrevivir.
Me agaché frente a Sofía y la ayudé a colocarse bien el abrigo.
—El brazo por aquí.
—Ya lo sé.
—Pues no lo parecía.
La pequeña me miró muy seria durante unos segundos antes de sonreír.
Cogí su mochila rosa y, cuando me giré, vi a Pablo recogiendo unas mantas del sofá.
—Déjalo.
—Solo voy a...
Le quité las mantas de las manos.
—Yo me ocupo. Iros o llegaréis tarde.
Pablo se quedó mirándome durante unos segundos.
—¿Qué?
—Nada.
Sonrió.
—Gracias. Cualquier cosa, me llamas.
—Estaremos bien.
Cogió su maletín y abrió la puerta.
—Vamos, Sofía.
La pequeña me miró.
—¿No puedo quedarme también?
—No —respondió Pablo—. Tú tienes que ir al colegio.
Sofía hizo un puchero.
—Pero Ángel se queda...
—Ángel está castigado. Por eso no puede ir.
—Yo también puedo estar castigada.
Tuve que contener la risa.
—Vamos, Sofía.
Dejé las mantas sobre el sofá y me acerqué a ella.
—Estaré aquí cuando vuelvas del colegio, ¿vale?
—¿De verdad?
—De verdad.
Sofía sonrió y le di un beso en la cabeza.
—Ahora ve, antes de que papá llegue tarde por tu culpa.
—¡No es mi culpa!
—¡Sofía! —la llamó Pablo desde la puerta.
La pequeña salió corriendo.
Pablo me miró una última vez.
—Llámame si necesitas algo.
—Vete, profe.
Lo vi negar con la cabeza, sonriendo, antes de cerrar la puerta.
Cuando se fueron, Ángel se sentó en el sofá.
—Bueno —dije recogiendo las mantas—. ¿Me dices dónde guardo esto?
—En aquel armario.
Señaló una puerta con el dedo.
Guardé las mantas y volví al salón.
—¿Has desayunado?
—Sí.
—¿Y qué quieres hacer?
—Nada.
—Qué aburrido...
Hice un puchero, imitando a Sofía.
Ángel me miró y comenzó a reír.
—¿Qué?
—Te pareces a Sofía.
—¿Yo?
—Papá siempre dice que Sofía se parece mucho a mamá.
El pequeño se acercó y rozó mi mejilla con los dedos.
—Ahora veo que no mentía.
Sonreí.
—Sofía es muy bonita.
—Sí.
—Y tú también.
Le di un pequeño beso en la nariz.
Ángel dejó de sonreír.
—¿Por qué no nos quieres?
No esperaba aquella pregunta.
—Claro que os quiero.
Me senté a su lado.
—Una mamá que quiere a sus hijos no los abandona...
Las mismas palabras.
—¿Eso fue lo que dijo ese niño?
Ángel asintió.
—¿Por eso le pegaste?
—Le pegué porque hizo llorar a Sofía.
Cruzó los brazos.
—Nadie hace llorar a mi hermanita.
—Me parece muy bonito que quieras defenderla, pero pegar no está bien.
—Eso dice papá.
Hizo un puchero.
—Y papá tiene razón.
—Pero él dijo cosas feas.
—Lo sé.
—Entonces se merecía un puñetazo.
Tuve que contener una sonrisa.
—No, Ángel.
—Un poquito.
—Ni un poquito.
Suspiró.
—¿Sabes qué puedes hacer la próxima vez?
—¿Empujarlo?
—No.
—¿Ponerle la zancadilla?
—Ángel.
El pequeño sonrió.
—Ignorarlo —continué—. Si alguien dice cosas solo para hacerte daño, no le prestes atención. Te vas y sigues jugando.
Ángel frunció el ceño.
—¿Eso le duele más que tirarlo al suelo y pegarle en la cara?
—Sí.
—No parece.
No pude evitar reír.
—Créeme.
El pequeño se quedó pensativo.
—Su mamá nunca juega con él.
Lo miré.
—¿Por qué dices eso?
—Porque siempre habla de sus juguetes. Tiene un montón. Y dice que su mamá le compra todo lo que quiere.
—Eso está bien.
—Sí... —se encogió de hombros—. Pero nunca dice que juegue con él.
Me quedé callada.
—El otro día Sofía les contó a sus amigas que tú jugaste con nosotros —continuó—. Y él se enfadó.
—¿Se enfadó?
—Sí. Empezó a decir que tú no eras nuestra mamá y que no nos querías.
Bajó la mirada.
—Papá dice que querer a alguien no es comprarle muchos juguetes.
Me quedé mirándolo durante unos segundos.
—Tu papá tiene mucha razón.
Ángel levantó la mirada.
—¿Quieres jugar conmigo?
Sonreí.
—Claro.
Subimos a su habitación y comenzamos a jugar.
Ángel no tardó mucho en perder la vergüenza conmigo. Sacó coches, muñecos y una caja enorme llena de piezas de construcción.
—¿Y ahora a qué jugamos? —pregunté mirando el desastre.
—A todo.
—¿A todo?
—Sí.
Y, por lo visto, hablaba en serio.
Cuando quise darme cuenta, la habitación estaba completamente patas arriba.
—Creo que tenemos un problema —dije mirando a nuestro alrededor.
Ángel miró todos los juguetes tirados por el suelo.
—Papá se va a enfadar.
—Pues tendremos que recoger.
—¿Todo?
—Todo.
Puso morritos.
—Yo no puedo. Soy pequeño.
No pude evitar reír.
Entre los dos conseguimos guardar los juguetes y, a media mañana, bajamos a la cocina.
—¿Tienes hambre?
—Un poco.
Le preparé un sándwich de jamón y un zumo de naranja.
—Gracias.
Me quedé observándolo mientras comía.
Había pasado toda la mañana sola con mi hijo.
Y estaba bien.
No había tenido miedo. No había escuchado la voz de Diego. Ni siquiera había pensado que Ángel pudiera estar en peligro por estar conmigo.
Simplemente habíamos jugado.
Cuando terminó, fregué los platos que habían quedado del desayuno y nos sentamos en el salón a ver la televisión.
Poco después, escuchamos abrirse la puerta.
Ángel y yo nos levantamos casi al mismo tiempo.
—¡Mamá!
Sofía corrió hacia mí.
—Hola, cariño.
La abracé y le di un beso en la cabeza.
Pablo apareció detrás de ella.
—¿Cómo se ha portado el pequeño gamberro? —preguntó mientras besaba a Ángel.
—Muy bien.
—Hemos tirado todos los juguetes al suelo —dijo Ángel.
Lo miré.
—¡Ángel!
—Pero los hemos recogido.
Pablo rio.
—Entonces no quiero saber nada más.
Ayudé a Sofía a quitarse el abrigo y la pequeña salió corriendo detrás de su hermano.
—¿Cómo te ha ido en el trabajo? —pregunté.
—Bien.
Pablo sonrió.
—Sabes que todos te echan de menos, ¿verdad?
Suspiré.
—Lo sé. Tendré que ir algún día a saludarlos.
—Se alegrarán de verte.
Asentí.
Durante unos segundos nos quedamos mirándonos en silencio.
Había algo extraño entre nosotros desde aquella noche. Algo de lo que ninguno parecía atreverse a hablar.
Las voces de los niños rompieron el momento.
—¿Tienes hambre? —pregunté.
—Mucha.
—Ángel y yo hemos hecho la comida —dije guiñándole un ojo—. Vamos.
—¿Habéis cocinado?
—Y no hemos quemado la casa.
—Todo un logro.
Fuimos al comedor y encontramos a los pequeños sentados a la mesa.
—¿Os habéis lavado las manos? —preguntó Pablo.
—¡Sí! —respondieron los dos al mismo tiempo.
—¿Seguro?
—¡Papá! —protestó Sofía.
Nos sentamos a comer.
Los cuatro.
Otra vez.
Pero aquella vez no me sentí como una intrusa.
Seguía resultándome extraño. Seguía teniendo miedo de acostumbrarme demasiado.
Pero, por primera vez, sentí que quizás sí pertenecía allí.
Cuando terminamos, los niños subieron a su habitación y nosotros recogimos la mesa.
Yo fregaba los platos mientras Pablo los secaba.
—He hablado con Ángel —dije.
—Yo también.
—Me ha contado por qué se peleó con ese niño.
Pablo suspiró.
—Son cosas de niños.
—Le pegó porque hizo llorar a Sofía.
—Lo sé.
—La quiere mucho.
—Se matarían entre ellos por un juguete, pero como alguien se meta con uno de los dos...
Sonreí.
—Pablo...
—¿Sí?
Dejé el plato que estaba fregando.
—Me gustaría pasar más tiempo con ellos.
Pablo se quedó inmóvil.
—¿Qué?
—Con Ángel y Sofía.
—Te he entendido.
Lo miré.
—Entonces, ¿por qué preguntas?
—Porque quiero estar seguro de que he escuchado bien.
No pude evitar sonreír.
Pablo dejó el paño sobre la encimera.
—Sara, no tienes que hacer nada que no quieras. A ellos les encantaría tenerte aquí. Eres su madre. Pero sé que quizás todavía no estás preparada.
—Esta mañana he estado sola con Ángel.
—Lo sé.
—Y me he sentido segura.
Pablo me observó en silencio.
—No he tenido miedo —continué—. No he pensado que Diego pudiera aparecer. No he escuchado su voz.
Tragué saliva.
—Solo he estado con mi hijo.
Los ojos de Pablo se llenaron de lágrimas.
—Sé que puede parecer una tontería...
—No lo es.
—Creo que estoy preparada —dije finalmente—. O, al menos, quiero intentarlo.
Pablo no respondió.
—¿Vas a decir algo?
Sonrió.
—No sé qué decir.
—Eso sí que es nuevo.
—Nosotros estaríamos encantados de tenerte aquí todo el día. Los niños te adoran y yo...
—Mami.
Los dos miramos hacia la puerta.
Sofía estaba allí.
—Dime, cariño.
Me agaché para quedar a su altura.
—¿Vienes a jugar? Ángel dice que habéis jugado toda la mañana y yo no.
Hizo un puchero.
—Claro que voy.
Sofía sonrió y me cogió de la mano.
—Ve —dijo Pablo—. Yo termino aquí.
Antes de subir, miré a Pablo.
Seguía sonriendo.
Sofía me cogió de la mano y prácticamente me arrastró escaleras arriba.
La tarde pasó entre juegos, risas y alguna que otra discusión entre los pequeños por decidir a qué jugar.
—¡Yo quiero las muñecas! —protestó Sofía.
—Las muñecas son aburridas —respondió Ángel.
—¡Pues vete!
—Es mi habitación también.
—Podemos jugar a otra cosa —propuse.
Los dos me miraron.
—¿A qué? —preguntaron al mismo tiempo.
Suspiré.
Aquello de ser madre iba a ser más complicado de lo que pensaba. Aun así, las horas pasaron demasiado rápido.
Cuando miré la hora, me sorprendí. Llevaba allí desde primera hora de la mañana y ya debía irme.
Pero una parte de mí quería quedarse.
Me despedí de los niños y bajé al salón. Pablo estaba sentado a la mesa rodeado de papeles.
—¿Todavía estás trabajando?
—Sí —suspiró—. Ya casi termino.
—Es tarde.
Pablo miró el reloj.
—¡Dios!
Se levantó rápidamente.
—Se me ha pasado la tarde volando.
—¿Quieres que te ayude con la cena y el baño de los niños?
Me miró.
—No hace falta. Llevas aquí desde esta mañana. Estarás cansada.
—No estoy cansada.
Las palabras salieron demasiado rápido.
Pablo sonrió.
—Sara...
—Entonces me voy.
No sabía por qué, pero de repente me sentí nerviosa.
—Te acompaño.
Caminamos juntos hasta la puerta.
—Gracias por hoy —dijo.
—Ya te he dicho que no tienes que darme las gracias.
—Lo sé.
Nos quedamos mirándonos durante unos segundos.
Por primera vez desde aquella noche, estar a solas con él no me dio miedo.
Sonreí.
—Nos vemos mañana, profe.
Le guiñé un ojo y salí de la casa.
Escuché su risa antes de que la puerta se cerrara y sonreí durante todo el camino a casa.