Capítulo 14 Soy su madre
Había pasado una semana desde aquel día.
Pablo me llamó varias veces, pero no fui capaz de contestar.
No sabía qué decirle.
Durante unas horas había tenido delante la vida que siempre había querido. Pablo. Ángel. Sofía. Los cuatro juntos.
Una familia.
Después había besado a Pablo y, por un momento, había deseado que todo continuara.
Hasta que vi a Diego.
Desde entonces, cada vez que el nombre de Pablo aparecía en la pantalla de mi móvil, sentía miedo. No de él.
De mí.
De volver a desearlo y que mi cabeza me llevara otra vez hasta Diego.
Mi teléfono comenzó a sonar.
Pablo.
Miré la pantalla hasta que dejó de hacerlo.
Suspiré.
Segundos después, volvió a sonar.
Otra vez Pablo.
Fruncí el ceño. Nunca insistía de aquella manera.
¿Había pasado algo?
—¿Sí? —contesté nerviosa.
—Sara... Por fin contestas.
—¿Qué ocurre?
—Si no fuera urgente, no te molestaría. Tus padres no me cogen el teléfono. ¿Están en casa?
—No. Han salido a hacer unas compras y no volverán hasta esta tarde.
—Vaya...
—Pablo, ¿qué pasa?
—Ángel se ha metido en un lío en el colegio.
Sentí que algo se encogía dentro de mí.
—¿Qué ha pasado?
—No lo sé muy bien. Me ha llamado el director y quiere que vaya a recogerlo. Creo que lo van a expulsar unos días.
—¿Expulsar? —pregunté sorprendida—. Pablo, tiene cinco años. ¿Qué ha hecho?
—No lo sé. Estoy de excursión con mi clase y ahora mismo no puedo marcharme. Siempre he contado con tus padres para estas cosas, pero...
—¿Quieres que vaya yo?
Las palabras salieron de mi boca antes de que pudiera pensarlas.
Hubo un silencio.
—¿Lo harías?
Cerré los ojos.
—Olvídalo. Es una locura. He hablado sin pensar.
—Sara.
—Pablo...
—Eres su madre. En el colegio saben quién eres.
Tragué saliva.
—¿Podrías ir a buscarlo? Yo recogeré a Sofía y pasaré por casa de tus padres en cuanto pueda.
Miré hacia la puerta de mi habitación.
—Vale —respondí—. Iré ahora mismo.
Todavía sin estar muy segura de lo que estaba haciendo, me preparé y fui al colegio.
Cuando llegué, me hicieron pasar al despacho del director.
Ángel estaba sentado en una silla con la mochila a sus pies y la mirada clavada en el suelo.
—Hola, cariño.
No respondió.
Ni siquiera me miró.
—Hola —me saludó el hombre que estaba sentado detrás del escritorio—. Soy Roberto, el director del colegio.
—Sara. Encantada.
—Pablo me ha explicado la situación familiar —dijo—. Sé que eres la madre de Ángel.
Asentí.
Escuchar aquellas palabras de alguien que acababa de conocerme seguía resultándome extraño.
—Verás, esta mañana Ángel se ha peleado con otro niño. Una de las profesoras ha tenido que separarlos y ninguno de los dos quiere explicar qué ha ocurrido.
Miré al pequeño.
Seguía observando el suelo.
—¿Se han hecho daño?
—Nada grave. Algunos arañazos y golpes. Pero la pelea ha sido bastante fuerte y no podemos ignorar lo ocurrido.
—Lo entiendo.
—Ángel tendrá que quedarse en casa durante los próximos tres días.
Volví a mirar a mi hijo.
—De acuerdo.
—El lunes me gustaría que viniera acompañado de Pablo y de ti, si es posible.
Lo miré sorprendida.
—¿De mí?
—Eres su madre.
Asentí nerviosa.
—Sí... Claro.
—También vendrán el otro niño y sus padres. Queremos entender qué ha ocurrido y conseguir que ambos puedan volver a clase con normalidad.
—Se lo diré a Pablo.
Roberto miró a Ángel.
—Nunca habíamos tenido un problema así con él. Es un niño inquieto y bastante impulsivo, pero no suele ser agresivo.
Inquieto e impulsivo.
Aquello sí parecía encajar mejor con el poco tiempo que llevaba conociéndolo.
—¿Ha ocurrido algún cambio importante últimamente? —preguntó.
Me quedé en silencio.
Yo.
Yo era el cambio.
—Creo que sería mejor que hablara de eso con Pablo —respondí—. Él podrá explicarle mejor la situación.
—Por supuesto.
Roberto se levantó y yo hice lo mismo.
—Ha sido un placer conocerte, Sara.
—Igualmente.
Miré a Ángel.
—Vamos, cariño.
Me acerqué a Ángel, recogí su mochila y le tendí la mano.
El pequeño la miró durante unos segundos antes de cogerla.
Salimos del colegio sin decir una palabra.
Durante todo el camino mantuvo la mirada baja y yo no intenté preguntarle nada. Esperé hasta que llegamos a casa de mis padres y nos sentamos en el salón.
—¿Quieres contarme por qué te has peleado con ese niño?
—No.
—Ángel...
—¿Dónde están los abuelos?
—Han salido. No volverán hasta esta tarde.
El pequeño volvió a mirar al suelo.
—Pero yo estoy aquí —añadí—. Si quieres contarme lo que ha pasado, te escucharé.
No respondió.
—Y si no quieres hablar de eso, podemos hablar de cualquier otra cosa.
—¿Puedo ver la tele?
Lo miré durante unos segundos.
Sabía perfectamente lo que se sentía cuando todo el mundo esperaba que contaras algo para lo que no estabas preparado.
—Claro.
Encendí la televisión y me senté a cierta distancia de él.
Ángel no volvió a hablar del colegio.
Yo tampoco pregunté.
El tiempo pasó más rápido de lo que esperaba y, cuando llamaron al timbre, fui a abrir.
Pablo estaba al otro lado de la puerta con Sofía.
—¡Mamá!
La pequeña corrió hacia mí y me abrazó.
—Hola, preciosa.
Me agaché para besar su cabeza antes de mirar a Pablo.
—Hola.
—Hola —respondió con una sonrisa—. ¿Dónde está el pequeño gamberro?
—En el salón. Lo han mandado tres días a casa.
Pablo suspiró.
—No ha querido contarme nada —continué—. Solo sé que se ha peleado con otro niño. Roberto quiere que el lunes vayáis al colegio para hablar de lo ocurrido.
—Lo sé. Ya he hablado con él.
—Ah.
—¿Te importa quedarte con Sofía mientras intento hablar con Ángel?
—Claro. Ve tranquilo.
Pablo entró en el salón y cerró la puerta.
Miré a Sofía.
Ella ya no sonreía.
Sofía y yo nos sentamos en el escalón de la entrada.
La pequeña mantenía la mirada clavada en sus zapatos.
—¿Qué tal el cole?
—Mal.
—¿Ha pasado algo?
—No ha sido culpa de Ángel.
La miré.
—¿Por qué dices eso?
—Porque no ha sido culpa suya —insistió—. Ese niño se estaba metiendo conmigo y Ángel solo me defendió.
—¿Sabes por qué se han peleado?
Sofía asintió.
—¿Me lo quieres contar?
Volvió a mirar sus zapatos.
—Me dijo que yo no tengo mamá.
Me quedé inmóvil.
—Yo le dije que era mentira —continuó—. Le grité que se callara.
Sus ojos comenzaron a llenarse de lágrimas.
—Pero él dijo que, si tuviera mamá, vendría al cole como las otras.
Tuve que contener las lágrimas.
Sofía levantó la mirada.
—¿Tú eres mi mamá?
—Sí, pequeña.
Le acaricié el pelo mientras una lágrima rodaba por mi mejilla.
—Entonces, ¿por qué no nos quieres?
Me quedé mirándola, sorprendida.
—¿Quién te ha dicho que no os quiero?
—Ese niño.
—Pues ese niño se equivoca.
—Dijo que las mamás que quieren a sus hijos no se van.
—Yo no...
—Pero tú nunca estás.
La miré sin saber qué decir.
—Las mamás de mis amigas van a buscarlas al cole —continuó—. Y les dan besos. Y Luisa dice que su mamá duerme con ella cuando tiene miedo.
Bajó la mirada.
—Nosotros solo tenemos a papá.
—Papá os quiere muchísimo.
—Ya lo sé.
Sofía cruzó los brazos sobre sus piernas.
—Pero yo también quiero una mamá.
No pude responder.
Me quedé en silencio.
¿A eso se refería Roberto cuando dijo que Ángel no parecía estar pasando por un buen momento?
Desde hacía poco había vuelto a formar parte de la vida de mis hijos. No porque lo hubiera planeado. Ni siquiera estaba segura de haberlo querido.
Simplemente había ocurrido.
Primero Sofía. Después Ángel.
Y ahora ellos sabían quién era yo.
Su madre.
Pero no era como las madres de sus amigos. No los llevaba al colegio. No sabía cuál era su comida favorita ni qué hacían cuando tenían miedo. No había estado cuando aprendieron a caminar, cuando dijeron sus primeras palabras o cuando se pusieron enfermos por primera vez.
Me había perdido cinco años de sus vidas.
Y ellos lo sabían.
Pero tú nunca estás.
Las palabras de Sofía seguían dando vueltas en mi cabeza.
Nno podía recuperar todo lo que me había perdido pero podía empezar a estar.
¿Podría hacerlo?
La puerta se abrió y Pablo salió con Ángel de la mano. El pequeño seguía serio.
—Nos vamos.
Asentí.
Sofía se levantó y corrió hacia el coche. Me quedé en la entrada mientras Pablo ayudaba a los niños a subir y cerraba las puertas.
Después volvió conmigo.
—Gracias por ir a buscarlo.
—No tienes que darme las gracias.
Pablo sonrió ligeramente.
—Me ha contado lo que ha pasado.
—Sofía también.
Su sonrisa desapareció.
—Entonces ya lo sabes.
—Sí.
Miré hacia el coche.
—Pablo, creo que tenemos que hablar.
—Estoy de acuerdo.
Hubo un pequeño silencio.
—¿El fin de semana? —propuso—. Seguro que a tus padres no les importa quedarse unas horas con los niños.
—Se lo preguntaré.
—Vale.
Pablo se giró para marcharse.
—Espera.
Me miró.
—Ángel tiene que quedarse tres días en casa. ¿Qué vas a hacer con él?
—No lo sé —suspiró—. Tendré que buscar a alguien que pueda quedarse con él. Intentaré organizarme.
Miré hacia el coche.
Ángel estaba sentado en su sillita, observándome a través de la ventanilla.
—Yo podría quedarme con él.
Pablo no respondió.
—No sé si es buena idea —añadí rápidamente—. Y quizás él no quiera, pero...
—Sara.
Lo miré.
—¿Lo harías?
Volví a mirar a Ángel.
Entonces no te vayas.
—Sí.
Pablo sonrió.
—Le vendrá bien pasar tiempo contigo.
—¿Y si no quiere?
—Quiere.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque es mi hijo.
No pude evitar sonreír.
—Solo espero que no se acostumbre demasiado y después decida que prefiere que lo expulsen antes que volver al colegio.
Reí.
—¿Cómo lo hacemos?
—Puedo traerlo aquí antes de irme a trabajar o puedes venir a casa.
Lo pensé durante unos segundos.
—Creo que es mejor que vaya yo. Estará en su casa, con sus cosas.
Pablo asintió.
—¿A las siete y media?
—Allí estaré.