Capítulo 13 Un día muy raro
Después de comernos las galletas, volvimos a jugar.
No sabía de dónde sacaban tanta energía. Sofía cambiaba de juego cada cinco minutos y Ángel intentaba explicarme las reglas de cada uno con una paciencia que me hacía sonreír.
Sin darme cuenta, las horas fueron pasando.
—Bueno —dije al mirar la hora—. Creo que debería irme.
Sofía dejó de jugar.
—¿Ya?
—Se ha hecho tarde.
—Pero aún no nos has leído el cuento —protestó haciendo un puchero.
—Sofía —la reprendió Pablo—. Yo os leeré el cuento esta noche.
—No.
La pequeña cruzó los brazos.
—¿No? —preguntó su padre.
—No. Mamá dijo que nos leería cuentos.
Me quedé en silencio.
Otra vez aquella palabra.
Mamá.
—Además, puede quedarse a cenar —añadió Sofía como si acabara de encontrar la solución a todos nuestros problemas.
—Podemos pedir pizza —propuso Ángel.
Lo miré sorprendida. Era la primera vez que él parecía intentar convencerme para que me quedara.
—¿Te gusta la pizza? —me preguntó.
—Sí —respondí con una sonrisa.
—Pues ya está —sentenció Sofía.
Pablo y yo nos miramos.
—Bueno, vosotros dos, a la bañera —ordenó él—. ¿Quién va primero?
—¡Yo! —gritó Sofía levantándose de un salto.
—Qué sorpresa... —murmuró Pablo.
No pude evitar reír.
Pablo subió con Sofía al baño y Ángel me siguió hasta el salón.
Se sentó en el suelo y cogió uno de sus muñecos, pero no dejaba de mirarme.
Empezaba a ponerme nerviosa.
—¿Pasa algo? —pregunté.
Ángel bajó la mirada hacia el muñeco.
—¿Le vas a hacer daño?
Me quedé inmóvil.
—¿Qué?
—A Sofía.
—¿Por qué iba a hacerle daño?
Se encogió de hombros.
—Porque está muy contenta.
No supe qué responder.
—No entiendo por qué quiere tanto una mamá —continuó—. Nunca hemos tenido una y no nos ha hecho falta.
Sus palabras dolieron más de lo que probablemente pretendía.
—No quiero haceros daño a ninguno de los dos, Ángel.
El pequeño levantó la mirada.
—Entonces no te vayas.
Volvió a prestar atención a su muñeco, como si no acabara de decir algo capaz de romperme por dentro.
Me quedé observándolo en silencio.
—¡Ángel! —llamó Pablo desde arriba—. ¡Te toca!
El pequeño dejó el juguete y corrió escaleras arriba.
Recogí algunos de los muñecos que habían quedado por el suelo y los llevé a la habitación. Allí encontré a Sofía intentando ponerse el pijama.
—¿Me ayudas? —preguntó al verme.
—Claro.
Me acerqué a ella con una sonrisa.
Ayudé a Sofía a ponerse el pijama. La pequeña no dejó de hablar ni un segundo mientras yo intentaba abrocharle los botones.
—Ese está mal —me avisó.
Miré su pijama.
—¿Cuál?
—Ese.
—Pues yo lo veo bien.
Sofía negó con la cabeza y señaló uno de los botones.
—Te has saltado uno.
Miré el pijama y no pude evitar reír.
—Tienes razón.
—Papá también lo hace a veces.
—Entonces no se lo cuentes.
Sofía rio.
En ese momento, Ángel entró en la habitación envuelto en una toalla. Pablo apareció detrás de él con la camiseta mojada.
—¿Quién ha ganado la batalla? —pregunté entre risas.
—Creo que ellos —respondió Pablo—. Yo me retiro.
Miró a los niños y después a mí.
—¿Te importa quedarte con ellos mientras me ducho?
—Claro que no. Ve tranquilo. Yo me ocupo.
Las palabras salieron de mi boca con tanta naturalidad que tardé unos segundos en darme cuenta de lo que acababa de decir.
Yo me ocupo.
Pablo sonrió.
—Gracias.
Salió de la habitación y Ángel se quedó frente a mí.
—¿Quieres que te ayude con el pijama?
El pequeño dudó durante unos segundos.
—Vale.
Me agaché frente a él y lo ayudé a vestirse. Ángel permaneció quieto, observándome mientras yo terminaba de colocarle la camiseta.
—Ya está.
—Gracias.
—De nada.
Poco después, Pablo regresó a la habitación, ya vestido.
—¿Os apetece pizza para cenar?
—¡Sí! —gritaron los pequeños al mismo tiempo.
Los tres me miraron.
—Vale —respondí tímidamente.
Sofía sonrió.
—¡Mamá se queda a cenar!
Bajamos al salón y los niños encendieron la televisión. Sofía se sentó en un extremo del sofá y Ángel a su lado.
Me quedé de pie sin saber muy bien dónde colocarme.
—Mamá, siéntate —dijo Sofía señalando el hueco libre junto a ella.
Dudé durante unos segundos antes de sentarme.
La pequeña apoyó la cabeza en mi brazo como si llevara haciéndolo toda la vida.
Me quedé inmóvil.
Ángel me miró, pero no dijo nada.
Poco después, Pablo apareció en el salón.
—He pedido las pizzas. Llegarán en veinte minutos —anunció—. Qué hambre tengo.
—Shhh —protestó Ángel sin apartar la mirada de la televisión—. No nos dejas escuchar los dibujos.
Pablo me miró.
No pude evitar sonreír y él hizo lo mismo.
Cuando llegaron las pizzas, cenamos los cuatro en el salón. Sofía habló durante casi toda la cena y Ángel tuvo que pedirle varias veces que se callara para poder escuchar la televisión.
—No se habla con la boca llena —le recordé a Sofía.
La pequeña cerró la boca inmediatamente.
Me quedé quieta.
Había salido de mí sin pensar.
Pablo levantó la mirada, pero no dijo nada.
—Papá también me lo dice —comentó Sofía después de tragar.
—Porque tengo razón —respondió él.
—Mamá también.
Pablo sonrió.
Yo bajé la mirada hacia mi trozo de pizza.
Después de cenar, llegó la hora de dormir.
Subimos a la habitación y los pequeños se metieron en sus camas.
—El cuento —me recordó Sofía.
—No se me ha olvidado.
Cogí uno de los libros que había sobre una estantería.
—Ese no —dijo Ángel.
—¿No?
—Ese es aburrido.
—A mí me gusta —protestó Sofía.
—Porque tú eres pequeña.
—¡Tenemos la misma edad!
No pude evitar reír.
—Elegid uno entre los dos o elijo yo.
Los pequeños se miraron.
—Elige tú —dijo Ángel.
Cogí otro libro y me senté entre las dos camas.
Comencé a leer.
Sofía no apartaba los ojos de mí. Ángel parecía mucho más interesado en la historia, aunque de vez en cuando levantaba la mirada.
Pablo permanecía apoyado en el marco de la puerta, observándonos en silencio.
Cuando terminé, cerré el libro.
—¿Otro? —preguntó Sofía.
—Mañana.
La palabra salió de mi boca antes de que pudiera detenerla.
Sofía sonrió.
—Vale.
Me levanté y les di un beso de buenas noches a cada uno.
—Buenas noches, mamá —dijo Sofía.
—Buenas noches —murmuró Ángel.
Salí de la habitación y Pablo cerró la puerta con cuidado.
—Gracias —dijo.
—No tienes nada que agradecerme. Lo he hecho porque quería.
—¿Quieres que te lleve a casa? Se ha hecho de noche.
—No hace falta.
—Puedo llamar a alguien para que se quede con los niños mientras vuelvo.
—Pablo —respondí con una sonrisa—. No es necesario. De verdad, puedo...
No terminé la frase.
Pablo se había quedado mirándome.
—¿Qué pasa? —pregunté.
—Nada.
—Entonces deja de mirarme así.
—¿Así cómo?
Sonreí.
—Sabes perfectamente cómo.
Durante unos segundos ninguno de los dos dijo nada.
Pablo se acercó despacio. Podría haberme apartado, pero no lo hice. Cuando sus labios rozaron los míos, cerré los ojos.
Lo había echado de menos. Más de lo que estaba dispuesta a reconocer.
Respondí a su beso y sentí sus manos rodear mi cintura. Me aferré a su camiseta y, durante unos instantes, todo volvió a parecer sencillo.
Como antes.
Pablo se separó ligeramente de mí.
—Sara...
Fui yo quien volvió a besarlo.
No sé en qué momento llegamos a su habitación. Solo recuerdo sus labios, sus manos y aquella sensación que creía haber olvidado.
Me quitó la camiseta y abrí los ojos.
Entonces lo vi.
Diego estaba sobre mí. Podía sentir su cuerpo, sus manos, su respiración.
Sentí terror.
—No...
Intenté apartarme.
—No me toques.
Diego seguía allí.
—¡No me toques!
Empujé su cuerpo con todas mis fuerzas.
—¡Sara!
La voz de Pablo.
Parpadeé varias veces y, poco a poco, volví a verlo.
Era él.
Pablo estaba frente a mí, mirándome aterrorizado.
Cogí mi camiseta y salí corriendo.
—¡Sara!
No me detuve.
Salí de la casa y respiré el aire frío de la noche. Me temblaban las manos mientras intentaba ponerme la camiseta.
Sabía que había sido Pablo y sabía dónde estaba.
Pero durante aquellos segundos había visto a Diego.
Lo había sentido.
Mi móvil comenzó a sonar.
Pablo.
—Lo siento —dije al contestar.
—No. Sara, escúchame. Lo siento yo. No debería haber...
—No estoy preparada.
Hubo un silencio.
—Lo sé.
—Pensaba que sí —susurré—. Por un momento pensé que podía.
—¿Dónde estás? Voy a buscarte.
—Estoy llegando a casa.
—Sara...
—Hablamos mañana.
—Cuando me besaste... —hizo una pausa—. Pensé que todo podía volver a ser como antes.
Cerré los ojos.
—Nada puede volver a ser como antes, Pablo.
Él guardó silencio.
—Hoy ha sido un día muy raro —dijo finalmente.
—Sí.
Miré hacia mi casa.
—No quiero haceros daño. A ninguno.
—No nos estás haciendo daño.
—Buenas noches, Pablo.
—Buenas noches, preciosa.
Colgué.
Cuando llegué a casa, mis padres ya dormían. Subí a mi habitación y me metí en la cama sin encender la luz.
Me había equivocado.
Creía que Diego había desaparecido de mi cabeza.
Pero aquella noche descubrí que seguía escondido en algún lugar de mí.