Hasta que la muerte nos separe Capítulo 12 Como una familia
67%

Capítulo 12 Como una familia

A la mañana siguiente, mi madre me llamó mientras daba un paseo.

—¿Pasa algo? —pregunté al contestar.

—Es Sofía. Está enferma.

Me detuve.

—¿Qué le pasa?

—Pablo la ha llevado al médico, pero dice que no saben qué tiene. No quiere comer ni levantarse de la cama.

—Pero ayer estaba bien...

—Te está llamando.

—¿A mí?

—Dice que le prometiste que irías a verla.

Cerré los ojos.

—Le dije que iría algún día. No que fuera a ir hoy.

—Pablo no sabía si creerla —explicó mi madre—. Por eso me ha llamado a mí.

—¿Y por qué no me ha llamado él?

Mi madre guardó silencio durante unos segundos.

—Porque ayer le dijiste que no estabas preparada.

Suspiré.

—¿Qué quieres que le diga?

Miré a mi alrededor.

—Dile que voy para su casa.

Colgué antes de poder arrepentirme.

Llevaba varios minutos frente a la puerta sin atreverme a llamar.

Aquella vez era diferente. Nadie me había llevado hasta allí. Pablo no me había convencido y Laura no había preparado ninguna de sus trampas.

Había ido yo sola.

Sofía está enferma. Te está llamando.

Las palabras de mi madre se repetían en mi cabeza.

Respiré profundamente y llamé a la puerta.

Pablo abrió casi de inmediato. La preocupación se reflejaba en su rostro.

—¿Cómo está? —pregunté.

—No lo sé —respondió—. Según el médico, no tiene nada. Según ella, se encuentra fatal.

—¿Puedo verla?

Pablo me miró durante unos segundos.

—Claro. Está en su habitación.

Vi a Ángel jugando en el salón y Pablo se quedó con él mientras yo subía las escaleras.

Abrí despacio la puerta de la habitación de los pequeños.

Sofía estaba tumbada en una de las camas y, en cuanto me vio, sonrió.

—Has venido.

Se incorporó rápidamente.

—Sí —respondí acercándome—. ¿Cómo te encuentras?

La sonrisa desapareció de su rostro.

—Mal.

La miré con atención.

—¿Qué te duele?

—No sé... Todo.

—¿Todo?

Sofía asintió muy seria.

—Papá cree que me lo estoy inventando para que vengas.

Tuve que contener una sonrisa.

—No creo que esté enfadado. Está preocupado porque no sabe qué te pasa ni cómo ayudarte.

Me senté a su lado y apoyé una mano sobre su frente.

No tenía fiebre.

—¿Tienes hambre?

Los ojos de Sofía se iluminaron.

—¿Vas a hacer galletas?

Levanté una ceja.

Aquella niña estaba empezando a parecerme mucho menos enferma de lo que decía.

—Para hacer galletas tendremos que preguntarle a papá.

—¡Papá! ¡Papá!

Su grito me hizo sobresaltarme.

Escuché los pasos de Pablo subiendo rápidamente las escaleras y, segundos después, apareció en la habitación.

—¿Qué pasa? —preguntó preocupado.

—¿Podemos hacer galletas? —Sofía juntó las manos y lo miró pestañeando varias veces—. Por fa...

Pablo la observó sin entender.

—¿Galletas?

Después me miró a mí.

Me encogí de hombros.

—A mí no me mires.

—No has querido comer nada en todo el día —le recordó a su hija.

—Por eso —respondió Sofía tocándose la barriga—. Tengo hambre.

No pude evitar reír.

Pablo cruzó los brazos.

—¿En serio? ¿Os habéis puesto de acuerdo las dos?

—¡Oye! Acabo de llegar.

—Hay galletas en la cocina.

—No quiero esas —protestó Sofía—. La abuela dice que mamá sabe hacer galletas de chocolate y yo quiero probarlas.

Mi sonrisa desapareció durante un instante.

Mamá.

Pablo me miró.

—¿Nos dejas la cocina? —pregunté finalmente.

Una pequeña sonrisa apareció en su rostro.

—Claro.

—¡Bien!

Sofía saltó de la cama y salió corriendo de la habitación.

—¡Sofía! —gritó Pablo desde la puerta—. ¡Con cuidado!

Pero ella ya bajaba las escaleras a toda velocidad.

Pablo bajó detrás de nosotras y se quedó en el salón con Ángel mientras Sofía y yo entrábamos en la cocina.

Después de buscar todos los ingredientes, comenzamos a preparar la masa de las galletas.

Sofía no dejó de hablar ni de reír mientras me ayudaba. Quería echar todos los ingredientes, remover la masa y probar absolutamente todo antes de tiempo.

—Eso no se come todavía —le advertí cuando intentó meter un dedo en la masa.

—Solo iba a probar un poquito.

—Claro.

Cuando terminamos, guardé la masa en el frigorífico.

—Ahora tenemos que esperar.

Sofía se sentó inmediatamente en una de las sillas.

—¿Qué haces? —pregunté.

—Esperar.

No pude evitar reír.

—¿Ahí sentada?

—Sí. ¿Cuánto falta?

—Un par de horas.

Sofía hizo un pequeño puchero.

—Luisa nunca me contó que las galletas tardaban tanto...

—¿Tienes hambre?

—Sí —respondió tocándose la barriga—. Pero quiero galletas.

—Cuando estén listas podrás comerlas. Ahora tendremos que comer otra cosa.

Sofía sonrió.

—¿Macarrones?

—Tendremos que preguntarle a papá.

—¡Papá!

—Sofía... —reí—. Podemos ir hasta el salón.

La niña salió corriendo de la cocina.

Negué con la cabeza, sonriendo.

Definitivamente, aquella niña no estaba enferma.

Después de hablar con Pablo, Sofía y yo volvimos a la cocina para preparar los macarrones. Cuando terminamos, eran casi las dos de la tarde.

Nos sentamos los cuatro a la mesa.

Los cuatro.

Aquella idea me hizo sentir extraña.

Ángel y Sofía comían mientras hablaban entre ellos. Pablo los escuchaba y, de vez en cuando, me miraba con una pequeña sonrisa.

Yo no sabía dónde mirar.

Durante unos minutos había conseguido olvidar todo lo demás. Había cocinado con Sofía y preparado la comida mientras Pablo estaba con Ángel. Ahora estábamos los cuatro sentados alrededor de una mesa.

Como una familia.

Pero no éramos una familia.

Yo no pertenecía allí.

Cuando terminamos, llevamos los platos a la cocina y los niños subieron a su habitación para jugar.

Me disponía a fregar cuando Pablo apareció a mi lado.

—Ni lo pienses.

—¿Qué?

—No voy a dejar que friegues después de haber cocinado.

Me quitó los platos de las manos y abrió el grifo.

No discutí. Me senté en una de las sillas y me quedé observándolo.

—Gracias por haber venido —dijo sin mirarme—. Hacía mucho tiempo que no escuchaba a Sofía reír de esa manera.

—Gracias a ti por dejarme quedarme.

Saqué la masa del frigorífico y comencé a estirarla sobre la encimera. Después de cortar las galletas y colocarlas en una bandeja, las metí en el horno.

Pablo terminó de fregar y se sentó frente a mí.

—Te llamé varias veces aquel día —dijo de repente.

Lo miré sin entender.

—No contestabas. Al principio pensé que estabas enfadada conmigo porque había llegado tarde.

Noté cómo todo mi cuerpo se tensaba.

Estaba hablando del día en que Diego me secuestró.

—Fui a buscarte —continuó—. Llamé a la puerta, pero no abriste. Después llamé a Laura por si sabía algo de ti.

Pablo bajó la mirada.

—Entonces vi tu bolso y tu móvil.

Me quedé en silencio.

—Ahí supe que te había pasado algo.

—Pablo...

—La policía no me creyó. Me dijeron que quizás te habías marchado por voluntad propia y que todavía era demasiado pronto para hablar de una desaparición.

Apretó las manos sobre la mesa.

—Fui a buscar a Diego.

Mi cuerpo se tensó al escuchar su nombre.

—Me dijo que, si no conseguía encontrarte, era porque no querías volver a verme. Estuve a punto de golpearlo. Laura tuvo que detenerme.

—Él sabía dónde estaba —susurré.

—Lo sé.

Pablo levantó la mirada.

—Siempre sospeché de él. Pero no podía demostrar nada.

Guardó silencio durante unos segundos.

—Tuve que decírselo a tus padres. Nunca olvidaré la cara de tu madre cuando entendió que yo también creía que te había pasado algo.

Sus ojos se llenaron de lágrimas.

—Solo quiero que sepas que te busqué, Sara. Desde el primer día.

Tragué saliva.

—Lo sé.

—No. Creo que no lo sabías.

Bajé la mirada.

—Pasé varios días atada a un lavabo —dije finalmente—. Tirada en el suelo. Sola. Tenía hambre, sed y frío.

Pablo se quedó inmóvil.

—Y solo pensaba en ti.

—Sara...

—Diego se metió en mi cabeza. Poco a poco consiguió cambiarme a su manera. Aprendí a decir lo que quería escuchar y a hacer lo que esperaba de mí.

Las lágrimas comenzaron a caer por mis mejillas.

—Era la única forma de conseguir comida o agua.

Nos quedamos en silencio.

No sabía qué más decir. Hablar de aquellos días seguía dejándome sin fuerzas y, de repente, sentí la necesidad de salir de aquella cocina.

—Voy a ver a los niños —dije levantándome.

Pablo asintió.

—Sara...

Me detuve.

—Gracias por contármelo.

No respondí. Me limité a asentir antes de salir de la cocina.

Subí las escaleras y, antes de entrar en la habitación, me limpié las lágrimas y respiré profundamente.

Ángel y Sofía estaban sentados en el suelo jugando.

—¿Puedo jugar?

Sofía levantó la cabeza inmediatamente.

—¡Sí!

Ángel me observó durante unos segundos antes de acercarme uno de sus juguetes.

—Puedes usar este.

Sonreí.

—Gracias.

Me senté en el suelo junto a ellos.

No sé cuánto tiempo estuvimos jugando. Sofía no dejó de hablar ni un segundo y Ángel, poco a poco, comenzó a enseñarme sus juguetes favoritos.

Cuando Pablo apareció en la puerta, los tres estábamos sentados sobre la alfombra.

—¿Y las galletas? —pregunté.

—Enfriándose —respondió con una sonrisa.