Hasta que la muerte nos separe Capítulo 11 El cumpleaños
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Capítulo 11 El cumpleaños

El lunes llegó antes de lo que esperaba.

Era el cumpleaños de Ángel y Sofía.

Intenté no pensar demasiado en ello, pero los regalos de Laura seguían en casa y todavía no habíamos conseguido quedar para que viniera a recogerlos. Después de desayunar, decidí llamarla.

—¿Sí?

—Laura, soy yo.

—Hola, cielo. Perdona por no haber ido a recoger los regalos. He tenido un fin de semana horrible y hoy estoy hasta arriba de trabajo.

—No pasa nada. Si quieres, puedo llevártelos.

—¿Harías eso por mí? Me salvarías la vida.

—Claro. ¿Te los llevo a casa?

—No me va a dar tiempo a pasar por allí. Salgo del trabajo y voy directamente a la fiesta —explicó—. Te mando la dirección y me los das allí, ¿vale?

Me quedé en silencio.

—Sara...

—Está bien —respondí finalmente—. Mándame la dirección.

Por un momento dudé.

La última vez que había visto a Pablo no habíamos terminado demasiado bien. Sabía que mis palabras le habían dolido y no quería volver a encontrarme con aquella tristeza en su mirada.

Pero ya le había dicho a Laura que iría.

Poco después recibí un mensaje con la dirección y la hora de la fiesta. Me arreglé un poco, cogí la bolsa con los regalos y salí de casa.

Mis padres también estarían allí. Con un poco de suerte, los encontraría en la puerta, les entregaría la bolsa para Laura y me marcharía antes de que alguien pudiera verme.

Ese era el plan.

Pero, como casi todos mis planes, salió mal.

Pablo estaba en la entrada.

Me detuve al verlo y, para mi sorpresa, sonrió.

—Me alegro de que hayas decidido venir.

—No es lo que piensas...

—Laura me lo ha contado.

Fruncí el ceño.

—¿Qué te ha contado?

—Lo de los regalos —respondió con una sonrisa—. No tienes que sentir vergüenza, Sara. Son tus hijos. Es normal que quieras regalarles algo por su cumpleaños.

—Pablo, yo...

—Vamos. Están todos dentro.

Seguí a Pablo al interior todavía intentando entender qué le había contado Laura.

Todo estaba precioso. Había globos de colores por todas partes y varios niños corrían de un lado a otro. Una mesa estaba llena de pasteles y dulces, mientras que sobre otra se acumulaban los regalos.

Mis padres y Laura hablaban al otro lado de la sala.

En cuanto nos acercamos y terminé de saludarlos, Laura me cogió del brazo y me llevó a un lugar un poco más apartado.

—Lo siento —susurró—. Era la única forma de conseguir que vinieras.

La miré.

—¿Qué has hecho?

—Nada grave.

—Le has dicho a Pablo que yo compré los regalos.

Laura sonrió.

—Porque los elegiste tú.

—Tú los pagaste.

—Un pequeño detalle sin importancia.

—Laura...

—Vamos —dijo guiñándome un ojo—. Dáselos a los niños.

Miré hacia donde estaban Ángel y Sofía.

—Ellos no saben que soy su madre.

—Te equivocas.

La voz de Pablo me hizo girarme.

—Siempre han sabido quién eres.

Lo miré sin entender.

—¿Qué?

Laura nos dejó solos.

—Ellos tienen una madre —dijo Pablo—. No iba a decirles lo contrario.

—Entonces saben que tienen una madre que no los quiere.

—Tú sí los quieres.

—¿Eso es lo que les dices? —pregunté molesta—. ¿Que su madre los quiere, aunque nunca los llame? ¿Aunque no haya estado con ellos en casi cinco años?

—Les digo que su madre está enferma y necesita tiempo para curarse.

Sentí como si acabara de golpearme.

—¿Enferma?

—Sara, no quería decir...

—No. Lo has dejado bastante claro.

—Sabes perfectamente a qué me refiero.

—Sí. Estoy enferma.

—Estabas —me corrigió—. Estás mucho mejor.

—¿Y tú cómo lo sabes?

Pablo suspiró.

—Porque llevo cinco años viéndote luchar.

Nos miramos en silencio.

—Me ha quedado claro que conmigo no quieres nada —continuó con tristeza—. Lo he aceptado. Pero ellos son tus hijos, Sara.

—Precisamente por eso no quiero que estén cerca de mí.

—Tú misma me dijiste que tu psicólogo creía que algún día tendrías que enfrentarte a este miedo.

—¿Enfrentarme a este miedo? —pregunté—. ¿Y después qué? ¿Recuperar el tiempo perdido?

—Sara...

—¿Cómo voy a recuperar cinco años, Pablo?

Las lágrimas comenzaron a caer por mis mejillas.

—Estuve casi un año encerrada. Sola. Maltratada. Hubo días en los que solo quería dejar de sentir todo lo que me estaba haciendo.

Pablo se quedó inmóvil.

—Y aguanté —continué—. Aguanté por ellos.

Pablo me llevó a una habitación apartada y cerró la puerta. El ruido de la fiesta quedó amortiguado al otro lado.

—Sara, yo sé que has pasado por...

—No —lo interrumpí—. No sabes nada.

Pablo guardó silencio.

—Había cámaras por todas partes. Me observaba todo el tiempo. Sabía lo que hacía, dónde estaba... —tragué saliva—. Me decía cómo tenía que vestir, lo que debía pensar y hasta cuándo podía hablar.

Sentí que me faltaba el aire.

—Sara, no tienes que...

—Me pegaba.

Pablo cerró los ojos.

—Y me violaba cuando quería.

Su rostro cambió por completo.

—Llegó a creer que estaba embarazada de él —continué entre lágrimas—. Pensaba que Ángel y Sofía eran sus hijos.

—Dios...

—Estaba loco, Pablo. Y consiguió meterse dentro de mi cabeza hasta volverme loca a mí también.

Pablo comenzó a llorar.

—Lo siento tanto...

Dio un paso hacia mí, pero se detuvo.

Fui yo quien terminó acercándose.

Me abrazó con fuerza.

—Todo esto es culpa mía —susurró—. Si hubiera llegado a tiempo aquella noche...

Me aparté para mirarlo.

—No es culpa tuya. Solo quiero que entiendas por qué no puedo hacerlo.

—Sara...

—Hace poco que conseguí dejar de escuchar su voz —continué—. Cinco años, Pablo. He necesitado casi cinco años para conseguir que Diego se calle dentro de mi cabeza.

Pablo me miró sin decir nada.

—Todavía estoy aprendiendo a cuidar de mí misma. ¿Cómo esperas que cuide de dos niños?

—No tienes que hacerlo sola.

—No lo entiendes.

—Quiero cuidarte —dijo—. Y quiero cuidaros a los tres.

—Ya has cuidado de ellos. Y te lo agradeceré toda mi vida. Siempre supe que serías un padre estupendo.

—Y tú podrías ser una madre estupenda si te dieras la oportunidad de intentarlo.

Bajé la mirada.

—Voy a darles los regalos y me marcharé.

—Quédate —me pidió—. Quédate conmigo. Con nosotros.

—No puedo...

Abrí la puerta y busqué a los pequeños. Los encontré jugando con otros niños y respiré profundamente antes de acercarme.

Pablo apareció poco después, aunque se quedó a cierta distancia.

—Hola —dije agachándome frente a ellos—. Feliz cumpleaños.

Ángel dejó de jugar y me observó en silencio. Sofía, en cambio, abrió mucho los ojos al verme.

—¡Mamá!

Me quedé paralizada.

La pequeña sonrió como si acabara de ocurrir lo mejor del mundo.

—Papá dijo que vendrías.

Miré a Pablo. Él bajó la mirada.

—Os he traído un regalo —dije intentando recuperar la voz—. ¿Queréis abrirlo?

—¡Sí! —gritó Sofía.

Ángel se acercó despacio y se sentó junto a su hermana.

Les entregué los paquetes. Sofía rompió el papel sin ningún cuidado y soltó un pequeño grito cuando vio la muñeca.

—¡Una muñeca!

La abrazó inmediatamente contra su pecho.

Ángel abrió el suyo con más calma.

—Un puzle —dijo observando la caja.

—Es de animales —comenté.

Él levantó la mirada hacia mí.

—Me gustan los animales.

—Entonces espero haber acertado.

Ángel sonrió ligeramente.

—Gracias.

—¡Gracias, mamá! —añadió Sofía mientras seguía abrazada a su muñeca.

Sentí que algo se removía dentro de mí.

Me levanté y me despedí de los pequeños con la mano. Después busqué a mis padres y a Laura para decirles adiós y me dirigí hacia la salida.

Necesitaba irme.

Me senté un momento en los escalones de la entrada.

—¿Ya estás buena?

Aquella vocecilla me hizo girarme.

Sofía estaba detrás de mí con la muñeca apretada contra su pecho.

—Algo así —respondí con una sonrisa.

La pequeña se sentó a mi lado.

—Papá dice que estás malita.

Bajé la mirada.

—¿Eso dice?

—Sí. Dice que un médico te está curando y que, cuando estés buena, vendrás a casa y nos leerás cuentos.

Durante unos segundos, no fui capaz de decir nada.

—¿Eso es lo que quieres?

Sofía asintió con fuerza.

—Mi amiga Luisa tiene una mamá que le lee cuentos todas las noches y hace galletas de chocolate.

Miró su muñeca.

—Papá lee cuentos, pero no sabe hacer galletas.

No pude evitar reír.

—¿No?

—No. La abuela dice que tú sí sabes.

—Es verdad.

Sofía volvió a mirarme.

—¿Me harás galletas de chocolate?

—Un día.

—¿Y nos leerás cuentos?

Las lágrimas llenaron mis ojos.

—Todos los que queráis.

Sofía sonrió y, sin avisar, rodeó mi cuello con sus pequeños brazos.

Me quedé inmóvil durante un instante.

Después la abracé.

Cerré los ojos y apoyé la mejilla sobre su cabeza. No escuché la voz de Diego. No sentí miedo. Y, después de casi cinco años, pude tener a uno de mis hijos entre mis brazos sin pensar que lo estaba poniendo en peligro.

Sofía se separó de mí y entró corriendo en la fiesta.

—¡Ángel! —la escuché gritar—. ¡Mamá nos va a hacer galletas!

Me quedé sentada en aquel escalón, llorando y sonriendo al mismo tiempo.

Todavía no sabía cómo ser su madre pero, por primera vez, quería intentarlo.