Capítulo 10 Curando las heridas
Hacía tiempo que no escuchaba la voz de Diego.
Al principio contaba los días que conseguía pasar sin oírla. Después fueron semanas y, poco a poco, dejé de esperar que apareciera cada vez que hacía algo que a él no le habría gustado.
Me había costado casi cinco años conseguirlo.
Mis padres siempre estuvieron a mi lado, ayudándome a reconstruir mi vida. Laura también se convirtió en uno de mis mayores apoyos. Era la única persona a la que había conseguido contarle todo lo que Diego me hizo.
A la policía le conté gran parte, pero hubo cosas que nunca fui capaz de decir en voz alta.
—¿Quieres ver a los niños? —me preguntó Laura mientras tomábamos un café.
La miré.
—No sé si es buena idea...
—Solo quiero enseñarte una cosa.
Sacó su móvil y reprodujo un vídeo. Ángel y Sofía aparecieron jugando juntos mientras se bañaban y no pude evitar sonreír.
—Están enormes —dije emocionada.
—Sí. Casi es su cumpleaños —respondió con una sonrisa—. Estaba pensando en ir a comprarles un regalo. ¿Quieres acompañarme?
Nos fuimos de compras y terminamos entrando en una tienda de juguetes.
—¿Qué te parece este? —preguntó Laura enseñándome un puzle de animales—. Pone que es a partir de cinco años.
—Es bonito —respondí.
Mientras ella observaba la caja, cogí una muñeca de una de las estanterías.
—Esa le encantaría a Sofía —comentó Laura—. Le gustan muchísimo las muñecas.
Miré la muñeca durante unos segundos antes de devolvérsela.
Al final, Laura decidió comprar el puzle y la muñeca. Los envolvieron con papel de regalo y salimos de la tienda.
Su móvil sonó.
—¿Sí? —respondió.
Se alejó un par de pasos mientras hablaba y, cuando regresó, parecía tener prisa.
—Me tengo que ir. ¿Te importaría guardarme los regalos hasta que pueda pasar a recogerlos?
—Claro. Si quieres, te acompaño.
—No hace falta —respondió rápidamente—. Te llamaré para recogerlos.
Me dio un beso en la mejilla y puso la bolsa en mis manos.
—Gracias.
Laura se marchó y me dejó sola en medio de la calle.
Hubo un tiempo en el que aquello habría sido suficiente para hacerme entrar en pánico.
Miré a mi alrededor y respiré profundamente, tal y como había aprendido durante aquellos años de terapia.
Estaba bien.
Podía volver a casa sola.
—¿Has estado de compras? —preguntó mi madre cuando llegué.
—He ido con Laura a comprar unas cosas —respondí encogiéndome de hombros—. ¿Dónde puedo guardar esto? Son regalos para los pequeños.
Mi madre miró la bolsa.
—¿Les has comprado un regalo?
—Son de Laura. Me ha pedido que se los guarde.
—Claro —respondió con una sonrisa—. Dámelos. Los dejaré en la sala.
Le entregué la bolsa y subí a mi habitación.
Mi móvil comenzó a sonar.
Pablo.
Durante aquellos años habíamos seguido hablando y, de vez en cuando, nos veíamos en el mismo parque de siempre. Nunca mencionaba a los niños si yo no preguntaba y jamás intentaba obligarme a verlos.
Contesté.
—¿Cómo estás? —preguntó—. Te echo de menos. ¿Podemos vernos?
—¿En el parque de la esquina? Como siempre.
—Allí estaré.
No tardé ni diez minutos en verlo llegar en su coche. Sonreí al verlo aparcar, como tantas otras veces, y me acerqué para subir.
—Hola —me saludó con una sonrisa.
—Hola.
—¿Quieres que vayamos a tomar algo?
—¿Adónde?
—A mi casa.
Mi sonrisa desapareció.
—Tranquila —añadió rápidamente—. Los niños no están.
—¿Dónde están? —pregunté.
—Con sus abuelos —respondió guiñándome un ojo—. Tenemos la casa para nosotros.
—Pablo, yo...
—No haremos nada que tú no quieras, Sara.
Lo miré durante unos segundos antes de volver a sonreír.
—Está bien.
Cuando llegamos a su casa, me senté en el sofá y miré a mi alrededor. Todo había cambiado desde la última vez que estuve allí. Había juguetes por el suelo, dibujos sobre algunos muebles y pequeños zapatos junto a la entrada.
—Siento el desorden —dijo Pablo con una sonrisa avergonzada—. He salido con un poco de prisa.
—No pasa nada.
Me agaché y recogí un par de peluches del suelo.
—Te ayudo.
—No hace falta.
—Insisto —respondí—. ¿Dónde los dejo?
Pablo señaló hacia las escaleras.
—En la habitación de los peques.
Dudé durante unos segundos. Respiré profundamente y seguí a Pablo escaleras arriba.
Abrió una de las puertas y me encontré con una habitación preciosa. Las paredes estaban pintadas de blanco y había dos pequeñas camas de madera. Varios dibujos de animales decoraban las paredes y una gran alfombra cubría buena parte del suelo.
Pablo señaló una cesta de juguetes que había en un rincón y dejé los peluches dentro.
Me quedé observando la habitación.
—El lunes es el cumpleaños de los peques —dijo Pablo detrás de mí—. Me gustaría que vinieras.
Me giré para mirarlo.
—No sé si es buena idea.
—Últimamente preguntan mucho por su madre.
Bajé la mirada.
—Pablo...
—Sé que has necesitado tiempo, Sara. He intentado respetarlo todos estos años, pero estás mejor. Los niños quieren conocerte.
—No estoy preparada.
—Yo también te necesito.
Levanté la mirada.
Pablo me observaba con tristeza.
—Necesito más tiempo —dije—. Aún no estoy preparada.
Me di la vuelta y bajé las escaleras.
—¡Sara! —me llamó Pablo mientras bajaba detrás de mí—. Si quieres irte, te llevo a casa.
—No hace falta.
—No te estoy preguntando —dijo mirándome fijamente—. Yo te traje, yo te llevo.
No discutí con él.
Nos subimos al coche y durante todo el trayecto ninguno de los dos dijo una palabra.
Cuando llegamos a casa de mis padres, me bajé y vi que Pablo hacía lo mismo.
—Puedo ir sola...
—Lo sé —respondió con tristeza—. Pero mis niños no.
Me quedé inmóvil.
Mis niños.
Era la primera vez que escuchaba a Pablo referirse a ellos de aquella manera.
¿Sus niños?
Lo vi caminar hasta la puerta de casa de mis padres y llamar al timbre. Mi padre abrió con una sonrisa, aunque su expresión cambió ligeramente al encontrarnos juntos.
Pablo entró sin decir nada y mi padre se quedó junto a la puerta.
—¿Ha pasado algo? —me preguntó.
—No.
Sonreí.
Una de esas sonrisas que había aprendido a utilizar cuando no quería que nadie hiciera más preguntas.
—Pensé que los niños se quedarían más tiempo con nosotros —comentó mi padre con cierta tristeza.
Entonces Pablo volvió a aparecer con Ángel de la mano y Sofía entre sus brazos.
Me quedé inmóvil.
Habían crecido muchísimo.
Ángel caminaba junto a su padre mientras sujetaba su mano y Sofía hablaba sin parar, abrazada a su cuello. Durante unos segundos no pude apartar la mirada de ellos.
Mis bebés ya no eran bebés.
—Adiós, abuelo —dijo Ángel.
Mi padre se agachó y le dio un beso.
—Adiós, mi vida. Otro día volvéis a venir a jugar.
—Papá —dijo Sofía—, ¿podemos quedarnos un ratito más con los abuelos?
—No, cariño —respondió Pablo con una sonrisa—. Tenemos que irnos. Ya es tarde.
Mi padre besó a la pequeña y Pablo llevó a los niños hasta el coche.
Me senté en el escalón de la entrada.
No fui capaz de despedirme.
Desde la ventanilla, unos enormes ojos azules se quedaron mirándome. Los mismos ojos que había visto cinco años atrás mientras sostenía un biberón entre mis manos.
Sofía.
Pablo siguió la mirada de la pequeña y sus ojos encontraron los míos. No dijo nada. Subió al coche y se marchó.
—¿Quieres hablar? —preguntó mi madre mientras se sentaba a mi lado.
—No —respondí.
—Entonces nos quedaremos aquí mirando el cielo juntas. Sin hablar.
Mi madre me abrazó y así nos quedamos, tal y como había dicho, mirando el cielo sin hablar. Hasta que no pude contenerme más y comencé a llorar.
—¿Qué estoy haciendo con mi vida? —pregunté en voz alta.
—No lo sé, cariño —respondió mientras me abrazaba con más fuerza.
Miré hacia el lugar donde había estado aparcado el coche de Pablo.
—Estuve a punto de quitarme la vida.
Sentí cómo el cuerpo de mi madre se tensaba.
—¿Qué?
—El corte de la mano... —tragué saliva—. Rompí un espejo y cogí uno de los cristales. Yo...
Las lágrimas me impidieron continuar.
—Pero no lo hiciste —dijo mi madre. Ella también estaba llorando—. Y ahora estás aquí.
—No lo hice por ellos.
Volví a mirar hacia la calle.
—Estaba embarazada. Sabía que, si me hacía daño, también podía hacérselo a Ángel y Sofía.
Mi madre me abrazó todavía más fuerte.
—Si no hubiera estado embarazada... —cerré los ojos—. No sé si habría soltado aquel cristal.
—Sara...
—Ellos me salvaron y yo los abandoné.
—No los abandonaste.
—Ellos ni siquiera saben quién soy.
Mi madre no respondió.
No intentó convencerme de lo contrario ni decirme que todo estaría bien. Simplemente permaneció a mi lado, abrazándome mientras lloraba.
Y, por primera vez, me permití pensar que quizás había llegado el momento de dejar de huir de mis hijos.