Capítulo 9 ¿Qué es lo que siento?
Habían pasado varios días desde la última vez que vi a mis hijos.
Intentaba convencerme de que había tomado la decisión correcta, de que junto a Pablo estaban seguros y eso era lo único que importaba.
Pero los echaba de menos.
Mucho.
Mi padre me había regalado un móvil y, desde entonces, miraba la pantalla más veces de las que quería admitir.
Una parte de mí esperaba que Pablo llamara. La otra temía que lo hiciera.
Cuando su nombre apareció en la pantalla, tardé varios segundos en contestar.
—Hola.
—Hola. ¿Cómo estás?
—Bien —mentí.
—Me gustaría ir a visitarte. Con los bebés.
—No —respondí de inmediato.
Hubo un silencio al otro lado del teléfono.
—Sara, por favor. Déjame verte.
—Puedes venir si quieres, pero sin los bebés.
—¿Por qué no quieres verlos? Ellos te necesitan.
Colgué sin decir nada más.
¿Por qué nadie conseguía entenderlo?
No era que no quisiera ver a mis hijos. Los echaba de menos cada día, pero prefería vivir con aquel dolor antes que ponerlos en peligro.
A la mañana siguiente, mientras desayunábamos, sonó el timbre.
Me quedé paralizada.
Mis manos comenzaron a temblar y miré hacia la puerta.
Por un instante estuve segura de que era Diego. Había vuelto. Me había encontrado.
Mi madre debió de notar mi miedo porque cogió mi mano y la acarició con suavidad.
—Tranquila.
Mi padre abrió la puerta.
Era Pablo.
Sentí alivio durante apenas un segundo, hasta que vi el carrito doble frente a él.
Mis bebés.
El corazón comenzó a latirme con tanta fuerza que me costaba respirar.
Los has traído hasta mí.
Diego los encontraría.
—¡No! —grité.
Me levanté y subí las escaleras tan rápido como pude.
Me encerré en mi habitación y cerré la puerta. Poco después, escuché unos golpes al otro lado.
—¿Se puede? —preguntó Pablo.
Me levanté y abrí.
—Te dije que no trajeras a los bebés.
—Lo sé.
—Entonces, ¿por qué lo has hecho?
—Porque quiero que conozcas a tus hijos y que ellos estén con su madre.
—¡No pueden estar conmigo! —las lágrimas comenzaron a caer por mis mejillas—. No están seguros aquí.
—Sara, Diego está encerrado.
—¡Eso no importa!
Pablo me miró en silencio.
—Va a volver —continué—. Sé que va a volver a por mí y, si los niños están cerca, también irá a por ellos.
—No voy a dejar que eso ocurra.
—Tú no puedes detenerlo.
Vi el dolor en su mirada.
—Lo siento —dijo—. Siento no haber llegado a tiempo aquella noche. Si no me hubiera retrasado...
—Tú no tienes la culpa de nada, Pablo.
La culpa siempre es tuya, Sara.
Bajé la mirada.
—La culpa es mía. No fui lo suficientemente fuerte.
—No —dijo con firmeza—. La culpa es de Diego.
—No sabes las cosas que tuve que hacer...
Pablo dio un paso hacia mí, pero se detuvo.
—No. No lo sé —reconoció—. Y no voy a decir que lo entiendo porque no estuve allí.
Levanté la mirada.
—Pero estoy aquí, Sara.
Extendió una mano hacia mí, sin llegar a tocarme.
Fui yo quien acortó la distancia.
Pablo me abrazó y cerré los ojos.
Por un momento me sentí segura entre sus brazos. La voz de Diego desapareció de mi cabeza y solo pude escuchar el corazón de Pablo latiendo junto al mío.
Pero solo duró unos segundos.
El llanto de un bebé me hizo abrir los ojos.
—Es Sofía —dijo Pablo con una pequeña sonrisa—. Siempre llora así cuando tiene hambre.
Me separé lentamente de él.
—¿Sofía?
—Tenía que ponerles un nombre —se encogió de hombros—. No podía seguir llamándolos “niño” y “niña”. ¿No te gusta? Todavía podemos cambiarlo.
—No es eso —respondí—. ¿Y el niño?
—Ángel.
Lo miré sorprendida.
—Como tú querías.
Era cierto. Cuando le conté que estaba embarazada, había mencionado que me gustaba el nombre de Ángel si era un niño.
Ángel y Sofía.
Mis hijos tenían nombre y yo ni siquiera había estado allí para elegirlos.
Algo se agitó en mi interior.
¿Qué era lo que sentía?
Mis bebés estaban abajo. Una parte de mí quería bajar corriendo, cogerlos en brazos y no permitir que nadie volviera a separarme de ellos. Los echaba de menos. Quería ver sus caras, escuchar sus pequeños sonidos y descubrir todo lo que me había perdido durante aquellos días.
Pero entonces escuché su voz.
Nunca estarás a salvo, Sara.
Sentí un escalofrío.
Y ellos tampoco mientras estén contigo.
Cerré los ojos.
¿A qué debía hacer caso?
¿A ese instinto que me pedía estar con mis hijos o al miedo que me decía que, si los tenía cerca, terminaría poniéndolos en peligro?
—Tu madre me ha contado que estás viendo a un psicólogo —dijo Pablo.
Asentí.
—Dice que te vendría bien pasar tiempo con los pequeños.
—No sé si estoy preparada...
—Yo estaré contigo —respondió con una pequeña sonrisa—. Y, si en algún momento quieres parar, paramos.
Lo miré.
—¿De verdad?
—Cuando tú quieras, Sara.
Respiré hondo y bajé las escaleras junto a Pablo. A cada paso sentía que el corazón me latía más deprisa y, cuando llegamos al salón, me detuve.
Mi madre estaba sentada en el sofá dándole el biberón a Sofía, mientras mi padre sostenía a Ángel entre sus brazos.
Mis bebés.
—¿Quieres darle el biberón? —preguntó mi madre.
Miré a Pablo. Él no dijo nada. Se limitó a esperar.
Volví a mirar a Sofía y asentí.
Mi madre se levantó despacio y puso a la pequeña entre mis brazos. Durante unos segundos apenas me atreví a moverme. Era tan pequeña que tuve miedo incluso de sujetarla mal.
Entonces abrió los ojos.
Eran azules, como los de su padre.
Me quedé observando su pequeña cara, su nariz y su diminuta boca mientras sostenía el biberón con una mano temblorosa.
Era mi hija y era preciosa.
Cuando quise darme cuenta, solo quedábamos Pablo y yo en el salón con los bebés. Mis padres debían de haberse marchado en algún momento, pero ni siquiera los había visto salir.
Pablo me observaba con una sonrisa mientras sostenía a Ángel entre sus brazos. Se veía tan guapo con nuestro hijo. Exactamente como lo había imaginado tantas veces.
Por un instante pude verlo.
Pablo, los niños y yo.
Una familia.
Lo estás haciendo mal, Sara.
Mi sonrisa desapareció.
Esos son mis bebés. No son de él.
—No...
Miré a mi alrededor.
Diego no estaba allí.
—No, no, no...
Dejé a Sofía rápidamente en el carrito y la pequeña comenzó a llorar.
Les estás haciendo daño.
Pablo me miró preocupado y dejó a Ángel con cuidado junto a su hermana. El llanto de los dos bebés llenó la habitación.
Eres una mala madre.
—¡No! —grité mientras me tapaba los oídos.
—Sara, ¿qué te pasa?
No sabes cuidar de ellos.
—¡Cállate!
Pablo se quedó inmóvil.
—Sara...
—¡Vete! —le grité—. ¡Llévatelos!
Subí las escaleras y me encerré en mi habitación.
Desde aquel día no volví a ver a mis hijos. Ni siquiera sabía si tenía derecho a llamarlos “mis niños” .
No había sido una madre para ellos.