Capítulo 8 ¿A casa?
Pensé que volver a casa de mis padres me ayudaría a sentirme mejor. Había crecido entre aquellas paredes y conocía cada rincón, cada ruido y cada pequeño detalle. Si existía algún lugar donde pudiera sentirme segura, debía ser aquel.
Sin embargo, al entrar en mi antigua habitación, no sentí nada de eso.
Todo seguía como lo recordaba.
—No hemos querido tocar nada —dijo mi madre con una sonrisa—. Nunca perdimos la esperanza de encontrarte.
No contesté. Me limité a sonreír.
Era lo que esperaba de mí.
Cuando me dejaron sola, me senté en la cama y rodeé mis piernas con los brazos. Miré a mi alrededor. Conocía aquellas paredes, los muebles y cada pequeño rincón de la habitación.
Debería sentirme a salvo.
Diego estaba encerrado.
Entonces, ¿por qué seguía escuchando su voz?
Sonríe, Sara. No querrás preocupar a tu madre.
Cerré los ojos con fuerza.
Acababa de hacerlo.
Había sonreído porque era lo que se esperaba de mí.
Me abracé las piernas con más fuerza mientras sentía que algo se rompía en mi interior. Había salido de aquella casa, pero seguía obedeciendo a Diego.
Los días pasaban y mis padres insistían en que les contara lo que había vivido con Diego. No entendían que solo pensar en aquellos meses me destrozaba por dentro. No quería hablar de ello. No podía.
—No entiendo por qué no dejas que Pablo traiga a los niños —comentó mi madre durante el desayuno.
—Sé que no lo entiendes, pero es lo que quiero.
—¿No los echas de menos? ¿No quieres verlos?
Sacó su móvil y me mostró una fotografía de los dos.
Mis ojos se llenaron de lágrimas. Intenté respirar, pero cada vez me costaba más.
—Son tus hijos...
—Cariño, por favor —la interrumpió mi padre—. Dale tiempo.
—Una madre debería estar con sus hijos.
Bajé la mirada.
—Pero ella no quiere —continuó mi padre—. Tienes que respetar su decisión.
—Al menos podría dejar que Pablo los trajera —insistió mi madre—. Quizás cuando los tenga delante recuerde que la necesitan.
Me levanté de la mesa y salí de casa antes de que mi madre pudiera decir nada más. Caminé sin saber muy bien adónde iba mientras intentaba contener las lágrimas y, cuando quise darme cuenta, había terminado en el mismo parque donde solía quedar con Pablo.
Me senté en uno de los columpios.
Los recuerdos aparecieron en mi cabeza como si fueran una película. El coche de Pablo aparcando, yo subiendo junto a él, sus besos, sus manos...
—¿Puedo sentarme?
La voz de mi padre me sacó de mis pensamientos y me hizo sobresaltarme.
Lo miré y asentí.
—Sé que tu madre puede ser muy pesada a veces —dijo sentándose en el columpio de al lado—. Pero está preocupada por ti.
—Con Pablo están seguros.
Mi padre guardó silencio durante unos segundos.
—Contigo también lo estarían.
—Diego vendrá a por mí —susurré.
—Ese monstruo está encerrado y voy a hacer todo lo posible para que pase el resto de su vida en la cárcel.
Negué lentamente con la cabeza.
—Los niños se quedarán con su padre.
Mi padre me observó durante unos segundos.
—Está bien.
Nos quedamos sentados en aquellos columpios sin decir nada más.
Por primera vez desde que había vuelto, alguien había aceptado mi decisión sin intentar convencerme de lo contrario.