Hasta que la muerte nos separe Capítulo 7 El reencuentro
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Capítulo 7 El reencuentro

Durante meses había escuchado a Diego repetir que Pablo no iba a buscarme. Que me había abandonado una vez y podía volver a hacerlo.

Había intentado no creerlo, pero sus palabras habían terminado encontrando un lugar en mi cabeza.

Y ahora Pablo estaba al otro lado de aquella puerta.

—No tienes que verlo si no quieres —dijo la enfermera mientras apretaba mi mano.

Miré las dos pequeñas cunas que había junto a mi cama. Eran mis hijos, pero no podía dejar de pensar que también eran suyos.

—Déjalo entrar —dije finalmente—. Debe conocer a sus hijos.

—Como quieras —respondió con una sonrisa.

La enfermera se levantó y abrió la puerta. Al otro lado vi a un policía y su presencia consiguió tranquilizarme un poco.

Entonces apareció Pablo.

Se detuvo nada más entrar.

Durante unos segundos ninguno de los dos dijo nada.

Estaba más delgado de lo que recordaba y tenía el rostro cansado. Sus ojos se llenaron de lágrimas al encontrar los míos.

—Sara...

Se acercó rápidamente a la cama.

—Cariño.

Intentó cogerme la mano, pero la aparté de inmediato. Mi cuerpo reaccionó antes que yo.

Pablo se quedó inmóvil.

—Sara, soy yo.

—No me toques, por favor —rogué entre lágrimas.

Vi el dolor en su mirada, pero no volvió a acercarse.

—Está bien —dijo en voz baja—. No voy a tocarte.

Tragué saliva.

—Te he buscado por todas partes —continuó—. Todos los días, Sara. No he parado de buscarte.

Ya te abandonó una vez.

Bajé la mirada.

—Ve a conocer a tus hijos.

Pablo no dijo nada. Se acercó a las cunas y observó a los bebés durante unos segundos. Acarició con cuidado sus pequeñas cabezas y después se giró hacia mí.

—Son preciosos —dijo con una pequeña sonrisa—. Se parecen a su madre.

No contesté.

La puerta volvió a abrirse y uno de los policías entró en la habitación.

—Señora, necesitaremos hablar con usted cuando se encuentre en condiciones. Hay algunas preguntas que debemos hacerle.

Asentí.

Los siguientes días fueron un caos. La habitación se llenó de personas que venían a verme. Mis padres, Laura, algunos compañeros de la escuela... Todos querían abrazarme, preguntarme cómo estaba o decirme lo mucho que se habían preocupado.

Y Pablo siempre estaba allí.

No importaba a qué hora despertara ni cuánto tiempo hubiera dormido. Cuando abría los ojos, lo encontraba sentado en algún rincón de la habitación.

Esperando.

Sin acercarse más de lo que yo le permitía.

Me sentía algo mejor sabiendo que Diego estaba encerrado y que siempre había un policía junto a la puerta de mi habitación. Sin embargo, no conseguía sentirme a salvo.

Había fracasado como mujer, como madre, como hija y como amiga. Había hecho daño a todas las personas que me querían y ahora también había puesto a mis hijos en peligro.

Todo lo malo que te pasa empieza contigo, Sara.

Cerré los ojos.

Diego no se quedaría encerrado para siempre. Encontraría la forma de salir y volvería a buscarme. Y, si estaba con mis hijos, también los encontraría a ellos.

Mis bebés no estaban seguros conmigo.

Me levanté de la cama y me acerqué a las cunas. Los cogí con cuidado y los abracé contra mi pecho.

—Lo siento —les susurré—. No estáis a salvo conmigo.

Besé sus pequeñas cabezas mientras las lágrimas caían por mis mejillas.

Me dieron el alta y llegó el momento de volver a casa.

¿A casa?

Solo pensar en quedarme allí sola hizo que me costara respirar.

Mi madre insistió en que me fuera con ellos durante un tiempo y terminé aceptando. No sabía si estaría a salvo en casa de mis padres, pero tampoco tenía otro lugar al que ir.

Antes de marcharme, llamé a Pablo y pedí que nos dejaran solos.

—Hola, preciosa —me saludó con una pequeña sonrisa—. ¿Cómo estás?

—Bien —mentí.

Pablo suspiró.

—Sé que vas a irte con tus padres. ¿Me dejarás ir a verte?

—Necesito tiempo, Pablo —dije con tristeza—. Necesito intentar sanar mis heridas. Sé que quizás no lo entiendas, pero...

—Lo entiendo —me interrumpió—. No sé todo lo que has tenido que pasar y no voy a obligarte a contármelo.

Bajé la mirada.

—No quiero hablar de eso.

—Entonces no hablaremos.

Permanecimos en silencio durante unos segundos.

—¿Puedo abrazarte? —preguntó.

—Pablo...

Cerré los ojos. Tenía que hacerlo.

—Quiero que cuides de los pequeños.

—¿Qué quieres decir?

—Quiero que te los lleves contigo.

Pablo me miró sin entender.

—Sara...

—No están a salvo conmigo —dije mientras las lágrimas llenaban mis ojos.

—Diego está detenido. Hay policías vigilándote y yo...

—¡Volverá!

Mi grito hizo que Pablo se quedara en silencio.

—Va a volver a por mí —continué—. Y, si los niños están conmigo, los encontrará.

—No voy a permitir que os haga daño.

Intentó acercarse, pero me aparté.

—Cuida de ellos —le rogué—. Por favor.

—Sara, no creo que separarte de tus hijos ahora sea una buena idea. Eres su madre.

—Ahora mismo no sé ni quién soy —susurré—. Solo sé que necesito que estén a salvo.

Pablo negó lentamente con la cabeza.

—Sara...

—¡Llévatelos! —grité—. No me hagas esto más difícil.

Pablo permaneció en silencio durante unos segundos, mirándome.

—No quiero hacer esto, Sara.

—Por favor...

—Solo porque me lleve a los niños no significa que vaya a desaparecer con ellos —dijo con firmeza—. Voy a cuidar de nuestros hijos, pero también voy a seguir aquí para ti.

No contesté.

Pablo se acercó a las cunas y cogió a los bebés. Antes de salir de la habitación, volvió a mirarme.

—Están a salvo conmigo.

Cuando la puerta se cerró, me tumbé en la cama y comencé a llorar.

¿Volvería a verlos algún día?

¿Estarían realmente a salvo?