Hasta que la muerte nos separe Capítulo 6 De parto
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Capítulo 6 De parto

Cada día que pasaba sentía que el tiempo se me acababa.

Mi barriga había crecido mucho y el nacimiento de mis bebés estaba cada vez más cerca. No podía permitir que nacieran allí ni que crecieran encerrados entre aquellas paredes, al lado de Diego y viviendo la misma pesadilla en la que yo llevaba meses atrapada.

Tenía que hacer algo, pero ya no sabía qué. Había intentado escapar, engañar a Diego y convencerlo para que me sacara de allí. Todo había fracasado.

Estaba cansada y cada vez me costaba más controlar su voz dentro de mi cabeza.

¿Qué podía hacer?

Algo en mi interior estalló. Cogí el cepillo del pelo y lo lancé con todas mis fuerzas contra el espejo del baño, rompiéndolo en varios pedazos.

No sé qué pasó por mi cabeza en aquel momento. Solo quería que todo terminara.

No soportaba más la voz de Diego diciéndome qué hacer, cómo pensar o incluso cómo debía vestirme.

No soportaba sus manos sobre mi cuerpo ni el miedo que sentía cada vez que abusaba de mí.

Lo odiaba.

Odiaba lo que me había hecho.

Y odiaba seguir escuchándolo incluso cuando no estaba allí.

Cuando quise darme cuenta, tenía un trozo de cristal entre los dedos y lo apretaba con tanta fuerza que había comenzado a cortarme la palma de la mano.

Durante unos segundos me quedé observándolo. Podía terminar con todo aquel sufrimiento.

Entonces vi las gotas de sangre caer sobre mi barriga.

Me quedé paralizada.

¿Qué estaba haciendo?

Solté el cristal de inmediato y puse una mano sobre mi vientre. No podía hacerme daño sabiendo que también podía hacérselo a mis bebés. Ellos no tenían la culpa de nada. Solo quería protegerlos.

Solté el trozo de cristal y comencé a llorar. En ese momento, la puerta se abrió de golpe y Diego apareció en el baño.

—¿Qué estás haciendo? —gritó al ver el cristal y la sangre—. ¿Estás loca?

No contesté.

Quería gritarle que él me había vuelto loca, que era el culpable de todo lo que me estaba pasando, pero sabía lo que ocurriría si lo hacía enfadar.

Diego cogió una toalla y envolvió mi mano con ella, apretando con fuerza para detener la sangre. Cerré los ojos ante el dolor.

—No sé en qué estabas pensando, Sara —dijo mirándome con tristeza—. ¿Intentabas matarte?

—No lo sé —contesté.

—¿Por qué?

Levanté la mirada y vi lágrimas en sus ojos.

—¿Quieres matarme a mí también?

No contesté. Bajé la mirada, incapaz de mirarlo.

—Sabes que, si te pasara algo, yo me moriría, ¿verdad?

Un dolor intenso atravesó mi barriga antes de que pudiera responder. Me llevé las manos al vientre y cerré los ojos.

Entonces sentí una especie de estallido en mi interior y un líquido caliente comenzó a empapar mi ropa.

—¡Ah! —grité.

Miré hacia abajo, asustada.

¿Estaba de parto?

No. Así no era como lo había imaginado. Mis bebés no podían nacer todavía.

Otra contracción hizo que me doblara de dolor.

—¡Ah!

—Estás de parto —dijo Diego.

Levanté la mirada. Parecía tan asustado como yo.

—Diego —le sujeté la mano—. Llévame a un hospital, por favor.

—¿A un hospital? —su expresión cambió—. No. No puedes ir a un hospital. Tendremos al bebé aquí.

—¡No! —grité al sentir otra contracción—. No puedo tenerlo aquí.

—Sí puedes. Podemos llenar la bañera con agua caliente. Muchas mujeres tienen a sus hijos así y no les pasa nada.

—Diego, mírame.

Me costó conseguir que apartara la vista de mi barriga.

—Algo no va bien. Lo noto. Por favor, llévame a un hospital.

—No —negó con la cabeza—. No puedo hacerlo.

—No quiero que le pase nada al bebé —dije, mirándolo a los ojos—. Ni tampoco a mí.

Diego permaneció en silencio.

—No os va a pasar nada —intentó tranquilizarme—. Yo te ayudaré a...

Una nueva contracción me hizo gritar y, al mirar hacia abajo, vi sangre.

—¿Es de la mano? —preguntó.

—No.

El miedo se apoderó de mí.

—Diego... algo no va bien.

Me ayudó a levantarme sin decir una palabra y caminó conmigo hasta la puerta de metal. Antes de abrirla, se detuvo y me miró.

—¿Me prometes que todo irá bien?

—Te lo prometo —mentí.

Diego abrió la puerta y me ayudó a subir por unas escaleras. Cada escalón me costaba más que el anterior, pero, cuando llegué arriba, me quedé completamente inmóvil.

El cielo.

Hacía meses que no lo veía.

La luz del sol me cegó y tuve que cerrar los ojos durante unos segundos. Sentí el aire en la cara y, por un instante, olvidé incluso el dolor de las contracciones.

Estaba fuera.

Tuve que reunir todas mis fuerzas para no intentar escapar.

No sabía dónde estaba ni si conseguiría llegar muy lejos en mi estado. Si Diego volvía a atraparme, quizás nunca tendría otra oportunidad.

—Vamos —dijo.

Me ayudó a entrar en un coche que nunca había visto antes y permanecí en silencio durante todo el trayecto.

Cuando llegamos al hospital, Diego me ayudó a bajar y me condujo rápidamente hacia el interior.

—Mi mujer está de parto —gritó—. ¡Ayúdenla, por favor!

Miré a mi alrededor mientras dos enfermeras se acercaban rápidamente y me ayudaban a sentarme en una silla de ruedas.

Había gente por todas partes. Puertas, pasillos y personas que podían ayudarme.

Corre, Sara. Corre.

Aquella frase se repetía una y otra vez en mi cabeza, pero mi cuerpo no reaccionaba.

—¿Qué le ha pasado en la mano? —preguntó una de las enfermeras.

Abrí la boca para responder.

—Se ha cortado —contestó Diego antes que yo.

La mujer lo miró y después volvió a fijarse en mí.

Asentí.

—Llevaremos a su mujer a una revisión para comprobar de cuánto está dilatada.

—Yo iré con ella.

—Lo siento, pero tendrá que esperar aquí. No tardaremos en venir a buscarlo.

—Quiero ir con ella —insistió Diego.

Su tono hizo que me tensara.

La enfermera debió de notarlo porque volvió a mirarme durante unos segundos.

Apreté la mano de la enfermera con fuerza.

La mujer bajó la mirada hacia nuestras manos y después me miró a los ojos.

No dije nada. No podía hacerlo con Diego a mi lado, pero debió de ver algo en mi expresión porque volvió la mirada hacia él.

—Un momento —dijo.

Hizo una señal a uno de sus compañeros y un hombre alto se acercó a nosotros.

—Venga conmigo —le pidió a Diego.

—No. No quiero separarme de mi mujer.

—Solo será un momento. Tiene que prepararse antes de entrar en el paritorio.

—Quiero ir con ella.

—Y podrá hacerlo —respondió el hombre con tranquilidad—. Pero primero tendrá que cambiarse y seguir el protocolo del hospital.

Diego me miró.

Apreté todavía más la mano de la enfermera.

—¿No quiere estar presente en el nacimiento de su hijo? —preguntó el hombre.

—Claro que quiero estar —contestó Diego, molesto.

—Entonces, venga conmigo.

Diego dudó unos segundos antes de seguirlo.

Vi cómo Diego se alejaba con aquel hombre y solté el aire que llevaba conteniendo.

—¿El corte se lo ha hecho él? —preguntó la enfermera.

—No —respondí—. Me lo hice yo.

—Entiendo.

La mujer comenzó a llevarme por uno de los pasillos y miré hacia atrás. Diego ya no estaba.

Era mi oportunidad.

Sin embargo, su voz apareció de nuevo en mi cabeza.

No hagas ninguna tontería, Sara.

Apreté los ojos durante un instante.

¿Qué estaba haciendo?

Había esperado aquel momento durante meses. Tenía que pedir ayuda. Tenía que escapar de él.

Me giré y cogí la mano de la enfermera con fuerza. La mujer me miró sorprendida.

—Ayúdeme, por favor —conseguí decir mientras comenzaba a llorar—. No es mi marido.

La expresión de la enfermera cambió por completo.

—¿Está usted en peligro? —preguntó en voz baja.

Asentí mientras las lágrimas seguían cayendo por mis mejillas.

No hicieron falta más preguntas. La enfermera permaneció a mi lado y llamó a una compañera. Le dijo algo en voz baja y esta me miró durante unos segundos antes de salir rápidamente de la habitación.

—Tranquila —me dijo la enfermera—. No dejaremos que ese hombre entre aquí. Ya hemos avisado a la policía.

—Gracias —susurré.

Una nueva contracción me hizo apretar su mano con fuerza.

—Estás de parto. Necesitamos comprobar de cuánto estás dilatada.

La miré asustada.

—Son dos bebés.

La policía llegó poco después. Intentaron hacerme algunas preguntas, pero apenas conseguía responder entre las contracciones. Las enfermeras terminaron pidiéndoles que esperaran fuera hasta que todo hubiera terminado.

El parto fue duro. Estaba agotada y sentía que no me quedaban fuerzas, pero la enfermera no se separó de mí en ningún momento.

Me sujetó la mano, me habló con calma y me animó a seguir empujando cada vez que pensaba que ya no podía más.

Entonces escuché un llanto.

Giré la cabeza y las lágrimas comenzaron a caer por mis mejillas cuando pusieron a un pequeño niño sobre mi pecho.

Era diminuto y apenas tenía pelo. Lo abracé con cuidado, sin poder creer que por fin estuviera conmigo.

Poco después escuché otro llanto.

Una niña.

Cuando me la acercaron, lloré todavía más. Intenté abrazarlos a los dos mientras observaba sus pequeñas caras.

Habían nacido y habían salido de aquella casa.

—Estáis a salvo —les susurré mientras besaba sus cabecitas.

Poco después, otra enfermera se acercó y me pidió a los bebés. Los abracé con más fuerza de forma instintiva.

—No.

La mujer se detuvo.

—Tranquila —dijo la enfermera que había permanecido conmigo durante el parto—. Solo tienen que comprobar que los bebés están bien. Es una revisión rutinaria y después volverán contigo.

Miré hacia la puerta.

—No quiero que él se acerque a ellos, por favor —rogué—. No dejéis que los vea.

—La policía se lo ha llevado. Ese hombre ya no está en el hospital.

Volví a mirar a mis bebés.

—¿Están seguros?

—Sí.

—¿Me lo promete?

La enfermera me sonrió con tristeza.

—Te lo prometo. Ya no puede haceros daño.

Suspiré y, aunque todo mi cuerpo me pedía que no los soltara, terminé entregándoselos a la otra enfermera.

—Intenta dormir un poco —me dijo mientras se sentaba a mi lado—. Yo estaré aquí.

Cerré los ojos.

Quería creerla.

Cuando desperté, la enfermera seguía allí. Miré rápidamente a mi alrededor buscando a mis bebés y respiré aliviada al encontrar dos pequeñas cunas junto a mi cama.

Estaban allí.

Estaban conmigo.

—¡Por favor! —escuché al otro lado de la puerta—. Tengo que verla.

Me quedé paralizada.

Conocía aquella voz.

Pablo te abandonó.

Cerré los ojos durante un instante.

No.

—Hay un hombre fuera que quiere verte —me dijo la enfermera—. Dice que se llama Pablo.