Capítulo 5 Su voz
Me miré en el espejo y acaricié mi barriga. Había crecido mucho desde que llegué a aquel lugar y cada día me costaba más recordar cómo era mi vida antes de aquellas cuatro paredes.
Bajé la mirada hacia la camiseta que llevaba puesta.
Es demasiado ajustada.
La voz de Diego apareció en mi cabeza con tanta claridad que miré hacia la puerta, esperando encontrarlo allí. Pero estaba sola.
Volví a observarme en el espejo. La camiseta marcaba demasiado mi barriga y recordé perfectamente lo que Diego había dicho la última vez que me la puse.
Me la quité y busqué otra más ancha.
Solo cuando terminé de vestirme me di cuenta de lo que acababa de hacer.
Diego no estaba allí, ni siquiera me había pedido que me cambiara.
Durante los últimos meses había aprendido a evitar cualquier cosa que pudiera enfadarlo.
Sabía qué ropa no le gustaba, qué temas no debía mencionar y hasta cuándo era mejor permanecer en silencio.
Al principio lo hacía para evitar sus golpes, pero empezaba a temer que ya no fuera ese el único motivo.
La puerta de metal se abrió y mi cuerpo se tensó de inmediato.
—Buenos días, preciosa.
Diego entró cargado con varias bolsas y las dejó sobre la mesa. Me observó durante unos segundos antes de sonreír.
—Estás muy guapa.
Bajé la mirada hacia mi ropa.
—Gracias.
—Esa camiseta te queda mucho mejor.
Sentí un escalofrío. Él no sabía que había estado a punto de ponerme la otra o, al menos, eso quería creer.
Diego comenzó a sacar comida de las bolsas mientras yo me sentaba a la mesa.
—¿Qué día es hoy? —pregunté.
Sus manos se detuvieron.
—¿Por qué quieres saberlo?
—Por nada. He perdido la cuenta.
—Aquí los días no importan.
—Solo quería saber cuánto tiempo llevo...
—¿Encerrada? —terminó por mí.
No contesté.
Diego dejó lo que tenía entre las manos y me miró.
—Sigues pensando en volver.
—No.
—¿En él?
—No he dicho eso.
—No hace falta —respondió mientras se sentaba frente a mí—. Pablo no va a venir, Sara.
Apreté las manos bajo la mesa.
—No estaba hablando de Pablo.
—Han pasado meses.
Lo miré.
—¿Meses?
—¿De verdad crees que sigue buscándote después de tanto tiempo? —sonrió con tristeza—. Ya te abandonó una vez. Sabes lo fácil que es para él seguir adelante sin ti.
Quise decirle que mentía. Que Pablo me quería y que estaría buscándome.
Pero las palabras no salieron de mi boca.
Porque una pequeña parte de mí recordó lo mucho que había dolido la primera vez que Pablo desapareció de mi vida.
Mi barriga continuó creciendo y cada vez me costaba más ocultar que mi embarazo avanzaba demasiado rápido para tratarse de un solo bebé.
Diego, sin embargo, parecía tan convencido de que esperaba a su hijo que nunca se planteó otra posibilidad.
Una tarde se sentó a mi lado en el sofá y colocó una mano sobre mi barriga.
Me tensé.
—Cada día está más grande —dijo sonriendo.
—Sí.
Uno de los bebés se movió y Diego abrió los ojos sorprendido.
—¿Ha sido él?
Asentí.
No sabía cuál de los dos había sido, pero tampoco pensaba contarle la verdad.
—Hola, pequeño —murmuró acercándose a mi barriga—. Soy papá.
Tuve que contener las lágrimas.
Diego continuó hablando mientras acariciaba mi vientre. Le contó que había preparado aquella casa para nosotros y que, cuando naciera, seríamos una familia de verdad. Hablaba de enseñarle a caminar por aquellas habitaciones, de verlo crecer y de todas las cosas que harían juntos.
Miré la puerta de metal.
Por primera vez imaginé a mis bebés allí.
Imaginé dos pequeñas cunas en uno de los dormitorios. Los imaginé creciendo sin conocer la luz del sol, sin saber que existía un mundo al otro lado de aquella puerta.
Diego decidiría qué podían hacer, cómo debían vestir y hasta lo que tenían permitido pensar.
Igual que hacía conmigo.
—Sara.
Levanté la mirada.
—¿Qué?
—Te he preguntado si estás contenta.
—Sí —respondí rápidamente.
Diego sonrió y volvió a acariciar mi barriga.
—Nuestro hijo será muy feliz aquí.
Puse una mano sobre mi vientre y sentí otro pequeño movimiento.
No.
Mis bebés no crecerían allí.
Tenía que encontrar la forma de protegerlos.
Los días continuaron pasando y mi miedo creció al mismo ritmo que mi barriga. Cada vez me costaba más moverme y pasaba muchas horas sola, esperando escuchar la puerta de metal.
Diego podía desaparecer durante días. Sin embargo, su voz nunca desaparecía con él.
No hagas eso.
Me detuve frente a uno de los armarios.
Solo quería coger uno de los dulces que Diego había traído.
Vas a engordar demasiado.
Retiré la mano.
—Tengo hambre —murmuré.
Siempre tienes una excusa.
Cerré los ojos con fuerza. Recordaba perfectamente aquellas palabras. Diego me las había repetido tantas veces que ya no necesitaba estar allí para escucharlas.
—Cállate.
Abrí los ojos.
El silencio llenaba toda la casa.
Miré hacia la puerta de metal, pero seguía cerrada. Diego no estaba allí.
—Cállate —repetí en voz más baja.
Entonces recordé las cámaras.
Levanté la mirada hacia una de ellas y sentí un escalofrío.
¿Me estaría observando?
¿Habría escuchado lo que acababa de decir?
Me alejé del armario y regresé al dormitorio. Me tumbé en la cama y abracé mi barriga mientras intentaba cerrar los ojos.
Diego no estaba allí, pero seguía escuchando su voz.
Y cada vez me costaba más conseguir que se callara.