Capítulo 4 No puedo escapar
Los días siguientes se convirtieron en una continua actuación.
Fingía estar feliz e intentaba ser la novia que Diego esperaba que fuera. Sonreía cuando me miraba, aceptaba sus muestras de cariño y medía cada palabra antes de hablar.
Pero en mi cabeza solo había una idea: escapar.
Necesitaba salir de allí y proteger a mis bebés.
Había perdido por completo la noción del tiempo y no sabía cuántos días llevaba encerrada. Tampoco sabía si me estaban buscando ni si algún día conseguirían encontrarme.
Seguía sin saber adónde conducía la puerta de metal. No había una sola ventana en toda la casa, así que imaginaba que debía de estar en algún sótano o en un lugar parecido. Hacía tanto que no veía el cielo ni sentía la luz del sol que empezaba a perder la noción de los días.
Me sorprendí cuando Diego apareció con un anillo muy parecido al que me había regalado tiempo atrás. Tuve que fingir felicidad mientras lo colocaba en mi dedo y, desde ese momento, el anillo se convirtió en una parte más de mi actuación.
Sabía que las cámaras me observaban, así que, cuando estaba sola, fingía admirarlo. Miraba mi mano, acariciaba el anillo y sonreía como si no pudiera creer que volviera a llevarlo.
Solo esperaba que Diego también estuviera mirando.
A partir de ese momento comenzamos a hablar de la boda. Intenté aprovechar cualquier conversación para proponer ideas que nos obligaran a salir de allí, aunque debía hacerlo con cuidado.
—Podríamos celebrarla en algún restaurante bonito —comenté una tarde—. Algo pequeño.
—No necesitamos un restaurante.
—Entonces una iglesia.
—Tampoco.
—¿Y nuestros amigos?
Diego dejó de sonreír.
—No necesito invitados para ser feliz contigo.
Bajé la mirada hacia mi anillo, intentando ocultar mi frustración.
—Solo quiero que sea un día especial.
—Lo será.
—¿Recuerdas cuando hablábamos de ir a Francia? —pregunté con una sonrisa—. Siempre quisimos ver juntos la torre Eiffel.
Su expresión cambió durante unos segundos.
—Lo recuerdo.
—Podríamos casarnos allí. Solo tú y yo.
Diego me observó en silencio y, por un instante, pensé que había funcionado.
—No.
Sentí que toda mi esperanza desaparecía.
—¿Por qué?
—Porque nuestra boda será algo íntimo.
—En Francia también estaríamos solos.
—He dicho que no, Sara.
—¿Y qué hay de lo que yo quiero? —pregunté molesta.
Diego se acercó y me cogió de la barbilla con fuerza.
—No soy tonto. Nunca has querido una gran boda y ahora no paras de buscar motivos para salir de aquí.
—¿Salir? —intenté disimular mis nervios—. Solo estoy hablando de nuestra boda.
—No vas a salir de aquí —sentenció—. Esta es nuestra casa. Aquí estamos bien.
—Solo quiero que nuestra boda sea un día especial —lo miré con tristeza—. Sé que fui una tonta. He tenido mucho tiempo para pensar y darme cuenta de mis errores...
—¿Echas de menos a tus “niños” ? —me interrumpió.
Lo miré confundida.
¿Por qué sacaba ese tema ahora?
A Diego nunca le había gustado que trabajara como profesora y supe de inmediato que se trataba de una pregunta trampa.
—A veces —contesté con cuidado—. Pasaba muchas horas con ellos.
Su expresión cambió.
—Entonces los echas de menos.
—No he dicho eso.
—Pero lo has pensado.
—Diego, solo he dicho que...
Su mano cruzó mi cara antes de que pudiera terminar la frase. El golpe hizo que cayera sobre el sofá y durante unos segundos me quedé inmóvil, con una mano sobre la mejilla.
—¿Por qué haces esto, Sara? —preguntó.
Lo miré asustada.
—No he hecho nada.
—¡Basta! —gritó—. No tienes que seguir fingiendo conmigo. Sé que quieres salir de aquí.
—Diego...
—Quieres volver a tu escuela, a tu vida... —apretó los dientes—. A él.
—No estaba hablando de Pablo.
—¡Pero estabas pensando en él! —gritó—. Siempre estás pensando en él. Incluso ahora que vamos a tener un hijo, sigues queriendo volver con él.
Se llevó las manos a la cabeza y comenzó a caminar por la sala.
—¿Qué tiene él que no tenga yo?
No contesté. Sabía que, si entraba en su juego, todo iría a peor. Me limité a observarlo, asustada, mientras intentaba controlar las lágrimas.
—Yo estuve ahí para ti, Sara —dijo mirándome con desprecio—. Él te abandonó. Te hizo daño y nunca volvió a buscarte. Yo fui quien te ayudó a olvidarlo.
—Diego...
—Te entregué mi corazón y tú lo rompiste en mil pedazos.
—Lo siento...
—Cállate —me interrumpió—. Será mejor que no hables.
Se quedó mirándome durante unos segundos antes de fijarse en mi mejilla.
—¿Has visto lo que me has obligado a hacer?
Me llevé una mano al lugar donde me había golpeado.
Diego comenzó a caminar por la sala con las manos sobre la cabeza, como si fuera él quien estaba sufriendo.
Después, sin decir nada más, se dirigió hacia la puerta de metal y se marchó.
Me quedé inmóvil en el sofá mientras observaba cómo la puerta se cerraba.
Con ella también desapareció la poca esperanza que había empezado a sentir.
Diego no había creído mi actuación.
Otra vez estaba sola entre aquellas cuatro paredes. Sentía que cada vez eran más pequeñas y que el aire comenzaba a faltarme. Me abracé las piernas e intenté no pensar, pero las palabras de Diego daban vueltas una y otra vez en mi cabeza.
Él había estado ahí cuando Pablo me abandonó. Me había ayudado a olvidarlo. Me había querido cuando yo pensaba que nunca volvería a querer a nadie.
Negué con la cabeza.
No. Eso no cambiaba nada.
Grité hasta quedarme sin fuerzas, intentando silenciar su voz dentro de mi cabeza.
¿Me estaba volviendo loca?
A partir de aquel día, todo volvió a cambiar.
Aprendí que cualquier palabra podía hacer enfadar a Diego y que no existía una respuesta correcta cuando empezaba a hacer preguntas.
Dejé de hablar de la boda, de la escuela y de cualquier cosa relacionada con mi vida anterior.
Cuando intentaba rebelarme, recibía golpes e insultos, así que poco a poco dejé de hacerlo.
Cada vez tenía menos fuerzas para luchar. Mi plan había fracasado y yo había perdido. Solo me quedaba esperar, pero ¿a qué?