Hasta que la muerte nos separe Capítulo 3 Secuestrada
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Capítulo 3 Secuestrada

No sabía cuánto tiempo llevaba allí. Todo estaba completamente oscuro y, por más que intentaba acostumbrar la vista, solo conseguía ver el mismo color negro a mi alrededor.

Me dolían las muñecas por culpa de las esposas y tenía la garganta seca.

Desde que había despertado, solo había bebido un poco de agua y no había probado nada de comida. El hambre empezaba a molestarme, pero la sed era mucho peor. Habría dado cualquier cosa por otra botella de agua.

Intenté mover las manos una vez más, aunque sabía que era inútil. No podía escapar y gritar tampoco había servido de nada. Necesitaba pensar en otra cosa.

Diego se enfadaba cada vez que mencionaba a Pablo o intentaba explicarle que nuestra relación había terminado.

Quizás había estado equivocándome.

Si Diego quería creer que todavía existía un “nosotros”, tendría que dejar que lo creyera.

Pasaron varias horas hasta que volvió a abrirse la puerta.

—Lo siento —dije en cuanto lo vi y comencé a llorar—. Siento todo lo que pasó. No debería haberte engañado con él. Lo siento.

—No quiero que lo menciones.

—Lo siento —repetí.

—Veo que has tenido tiempo para pensar. ¿Quieres agua?

—Sí, por favor —respondí. Me moría de sed.

Se acercó a mí y me dio agua. Bebí con tanta desesperación que parte del agua resbaló por mi barbilla.

—¿Sabes? Lo más difícil para mí ha sido mantenerme alejado de ti durante estos últimos meses —confesó—. Pero te tengo una sorpresa.

—¿Una sorpresa? —lo miré sin entender.

—Sí. Te la enseñaré cuando estés preparada.

—Estoy preparada —me apresuré a decir.

Diego me observó durante unos segundos y sonrió.

—No, preciosa. Aún no.

Se puso de pie y caminó hacia la puerta. En cuanto vi que acercaba la mano al interruptor, sentí que el miedo se apoderaba de mí.

—Diego, espera.

Apagó la luz.

—¡No! —tiré de las esposas—. Diego, por favor. No te vayas. ¡No me dejes aquí!

La puerta se cerró y comencé a llorar. Otra vez estaba sola, rodeada por aquella oscuridad en la que no podía distinguir absolutamente nada.

¿Me estarían buscando?

¿Pablo se habría dado cuenta de que había desaparecido?

¿Conseguirían encontrarme?

Ni siquiera yo sabía dónde estaba.

Por primera vez deseé que Diego volviera a abrir aquella puerta.

Estaba cansada, tenía frío, sed y hambre. Mucha hambre.

El tiempo parecía no avanzar cuando estaba sola y, aunque odiaba reconocerlo, esperaba escuchar la puerta abrirse de nuevo.

Me dolían las muñecas y todo el cuerpo por permanecer tanto tiempo en la misma posición.

Cada vez me costaba más mantenerme despierta y ni siquiera sabía cuánto tiempo llevaba encerrada allí.

Una luz atravesó la oscuridad y abrí los ojos despacio. Diego se acercó a mí y, esta vez, me quitó las esposas.

No intenté escapar. No tenía fuerzas.

Sentí que me cogía en brazos y cerré los ojos mientras caminaba conmigo hacia algún lugar.

Lo siguiente que recuerdo fue despertar en una habitación poco iluminada.

Lo primero que hice fue mirar mis muñecas. Las esposas habían dejado profundas marcas rojizas en mi piel y pequeñas heridas de las que todavía salía algo de sangre.

Pero ya no estaba atada.

Me incorporé despacio y tuve que apoyarme durante unos segundos. Todo a mi alrededor daba vueltas y apenas tenía fuerzas para mantenerme en pie. Busqué alguna ventana por la que pudiera escapar, pero no había ninguna. La única salida era una puerta.

Me acerqué con cuidado y puse la mano sobre el pomo. Intenté abrirla muy despacio, conteniendo incluso la respiración.

¿Estaría Diego esperándome al otro lado?

Al otro lado encontré una pequeña sala sin ventanas. Miré a mi alrededor, nerviosa, intentando entender dónde estaba. Había varias puertas y comencé a abrirlas una por una, con cuidado.

La primera daba a un baño. Detrás de otra encontré una pequeña cocina y las dos siguientes conducían a dormitorios. No había ventanas en ninguna parte.

Solo quedaba una puerta de metal.

¿Sería la salida?

Me acerqué lentamente mientras el corazón me latía con fuerza e intenté abrirla, pero estaba cerrada. Tiré del pomo varias veces antes de comenzar a golpear la puerta.

—¡Ayuda! —grité—. ¡Por favor! ¡Que alguien me ayude!

Golpeé hasta que las manos comenzaron a dolerme, pero nadie respondió.

Aquello parecía una pequeña casa construida bajo tierra. Tenía una cocina, una sala, un baño y dos dormitorios, pero ninguna forma de salir.

Regresé al sofá, me senté abrazando mis piernas y comencé a llorar.

No sé cuánto tiempo pasó hasta que escuché abrirse la puerta de metal. Levanté la cabeza y vi aparecer a Diego.

—Buenos días —me saludó con una sonrisa—. Veo que has estado conociendo nuestra casita.

Nuestra casita.

Recordé lo que había aprendido durante las últimas horas. Contradecirlo no servía de nada. Si quería salir de allí, tendría que hacerle creer que estaba empezando a aceptar aquella locura.

—¿Vamos a vivir aquí? —pregunté mientras miraba a mi alrededor.

—Sí —cerró la puerta y se acercó a mí—. He traído algo para desayunar.

Se acercó a mí y me quedé completamente paralizada. Por un momento pensé que iba a hacerme algo, pero Diego se limitó a besarme en la mejilla antes de dirigirse a la cocina.

Dejó una bolsa sobre la mesa y comenzó a sacar su contenido. Dos cafés y varios dulces.

Mi estómago rugió en cuanto los vi. No recordaba cuándo había sido la última vez que había comido y el olor hizo que el hambre se volviera todavía más insoportable.

—¿Quieres? —preguntó con una sonrisa.

—Sí —contesté tímidamente.

Nos sentamos a la mesa y desayunamos juntos. Diego actuaba como si todo fuera completamente normal, incluso me preguntó si me gustaban los dulces que había traído. Yo me limité a asentir y a comer mientras intentaba controlar los nervios.

Cuando terminamos, recogió los vasos y después me pidió que lo acompañara. Me condujo hasta la habitación donde había despertado.

Sentí miedo.

¿Iba a encerrarme de nuevo?

Al entrar, Diego cerró la puerta detrás de él y se quedó mirándome.

—No sabes las ganas que tenía de hacer esto.

Su forma de observarme hizo que todos los músculos de mi cuerpo se tensaran.

Ahí comenzó mi verdadera pesadilla.

Intenté apartarme de él en cuanto comprendí sus intenciones. Le pedí que parara, grité y traté de defenderme, pero nada sirvió. Cuanto más me resistía, más violento se volvía.

Después, solo recuerdo llorar.

No sé cuánto tiempo permanecí tumbada en aquella cama. Me dolía todo el cuerpo y tenía miedo incluso de moverme. Diego ya no estaba conmigo, pero seguía escuchando su voz en mi cabeza y sintiendo sus manos cada vez que cerraba los ojos.

Con mucho esfuerzo conseguí levantarme y fui hasta el baño. Al reconocer el lavabo donde había permanecido esposada, mis manos comenzaron a temblar.

Evité mirarme demasiado tiempo en el espejo. Tenía el rostro hinchado y podía sentir el dolor de los golpes, pero aquello era lo que menos me dolía.

Me lavé la cara con cuidado y regresé a la habitación. Me tumbé en la cama, abracé mi cuerpo y cerré los ojos.

Sabía que algo dentro de mí había cambiado y que, después de aquello, nunca volvería a ser la misma.

No sabía cuántos días habían pasado desde que llegué a aquel lugar. Había perdido por completo la noción del tiempo y mi vida se había reducido a obedecer las normas de Diego.

No podía intentar escapar, gritar ni volver a hablar de Pablo. Tenía que comportarme como él esperaba y fingir que estábamos construyendo una vida juntos. Me había dejado muy claro lo que ocurriría si volvía a desobedecerlo.

Me mataría.

Ya no sabía de qué era capaz y le tenía miedo. No solo era mi vida la que estaba en juego, sino también la de mis bebés. Temía mucho más por ellos que por mí.

Con el paso de los días comenzaron las náuseas y los mareos. Apenas tenía ganas de comer y cada vez me costaba más ocultar que algo me ocurría.

Lo intenté, pero era imposible. Había cámaras por toda la casa y sentía que Diego me observaba constantemente.

Una mañana, la puerta de metal volvió a abrirse.

—Buenos días, mi amor —dijo Diego al entrar—. ¿Cómo has dormido?

—Bien —mentí.

—Te he traído algo.

Lo observé mientras sacaba una pequeña caja.

Sentí que el corazón se me paraba al reconocerla.

Un test de embarazo.

El corazón comenzó a latirme con tanta fuerza que temí que Diego pudiera escucharlo.

¿Cómo lo sabía?

—Venga —dijo con una sonrisa—. Ve a hacerte el test.

—Diego, yo...

—¿No sabes cómo hacerlo? —levantó una ceja—. Puedo ayudarte.

—No —me apresuré a responder—. No es eso.

Cogí la caja intentando disimular el temblor de mis manos.

—Entonces, ve —ordenó mientras se sentaba en el sofá—. Tengo ganas de saber si estás embarazada o no.

Apreté el test entre los dedos. No podía seguir ocultándolo.

Solo me quedaba descubrir cómo reaccionaría al saber que esperaba un hijo de Pablo.

O, peor aún, dos.

No dije nada. Caminé hasta el baño y me hice el test. Ya conocía el resultado, pero eso no evitó que mis manos comenzaran a temblar.

¿Qué haría Diego cuando lo viera?

Unos golpes en la puerta me sobresaltaron.

—Vamos, sal ya —dijo desde el otro lado—. Esperaremos el resultado juntos.

Cogí el test y salí del baño.

Diego me hizo sentarme junto a él en el sofá y pasó un brazo por mis hombros, acercándome a su cuerpo. Me estremecí al sentirlo tan cerca, pero él pareció ignorarlo.

Permanecimos en silencio mientras esperábamos. Yo no quería mirar el test. Cerré los ojos y deseé estar en cualquier otro lugar, lejos de allí y de Diego.

Entonces sentí que se apartaba de mí.

Abrí los ojos y lo encontré de pie, mirando el test.

Su rostro había cambiado.

—Sara... —levantó la mirada hacia mí—. ¡Estás embarazada!

Lo observé con miedo, intentando adivinar qué estaba pensando. Sin embargo, había algo en su rostro que no esperaba ver.

Estaba sonriendo.

—¡Sara! —exclamó mientras me cogía por los hombros y me obligaba a levantarme—. ¡Vamos a tener un bebé!

Lo miré sin entender.

¿Vamos?

De pronto, comprendí lo que quería decir y sentí que el corazón comenzaba a latirme con tanta fuerza que apenas podía escuchar su voz.

Diego creía que el bebé era suyo.

Me quedé paralizada. Las manos me temblaban y fui incapaz de pronunciar una sola palabra mientras él continuaba hablando, emocionado.

Sabía que esperaba alguna reacción por mi parte, pero mi cabeza solo podía pensar en mis bebés.

—¿Sara? —su voz consiguió sacarme de mis pensamientos—. ¿No estás contenta?

—¿Embarazada? —pregunté, fingiendo sorpresa.

—Sí —comenzó a reír—. Estás en shock, igual que yo.

Me besó en la frente y volvió a mirar el test.

—¡Vamos a ser papás!

Entonces recordé una conversación que habíamos tenido cuando empezamos a salir. Diego siempre había dicho que quería casarse antes de tener hijos. Yo pensaba igual.

Casarnos.

La idea apareció en mi cabeza de repente y, en medio de toda aquella locura, sentí por primera vez que podía existir una forma de salir de allí.

Tenía que conseguir que Diego creyera que quería exactamente lo mismo que él.

Me llevé las manos a la cabeza y me dejé caer en el sofá.

—¿Qué te pasa? —preguntó sin entender.

—Embarazada... —murmuré sin mirarlo—. Vamos a tener un bebé.

—Sí —se sentó a mi lado—. ¿No estás contenta?

—No es eso.

Puse una mano sobre mi barriga y respiré profundamente.

—Pensé que querías que nos casáramos antes de tener hijos.

—Así debería haber sido —apretó los dientes.

—Si yo no hubiera sido tan tonta... —suspiré y bajé la mirada hacia mis manos—. Incluso perdí el anillo que me diste.

—Te compraré otro —respondió con una sonrisa.

Observé mis dedos durante unos segundos.

—Mis manos están más delgadas ahora. No sabes qué talla necesito.

Diego miró mi mano.

—Encontraré la manera.

—Quiero que sea perfecto —dije mirándolo a los ojos—. Como tendría que haber sido desde el principio.

Su sonrisa se hizo más grande.

—Te traeré un anillo y nos casaremos antes de que nazca nuestro bebé.

—¿De verdad? —pregunté, obligándome a sonreír.

—Sabes que lo daría todo por ti.

Se inclinó y me besó. Tuve que contener las ganas de apartarme, pero no lo hice. Aquella era mi oportunidad y no podía estropearla.

Así comenzó mi plan.