Hasta que la muerte nos separe Capítulo 2  La cita
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Capítulo 2  La cita

Pablo nunca llegaba tarde.

Por eso, cuando llegué a la escuela a la mañana siguiente y no lo encontré por ninguna parte, me extrañé.

Entré en la sala de profesores y me serví un zumo de naranja antes de sacar el teléfono y llamarlo.

—¿Estás en la escuela? —me preguntó nada más contestar.

—Sí. ¿Dónde estás?

Hubo unos segundos de silencio al otro lado del teléfono.

—Llegaré un poco tarde. Nos vemos en el descanso.

—¿Ha pasado algo?

—No. Tengo que dejarte.

Y colgó.

Me quedé mirando la pantalla del móvil. Algo raro ocurría.

Durante el resto de la mañana intenté concentrarme en las clases, aunque no podía dejar de pensar en Pablo.

¿Habría pasado algo?

Nunca había llegado tarde desde que lo conocía y su forma de hablar por teléfono había sido bastante extraña.

A la hora del descanso lo encontré en la cafetería. Estaba sentado en una de las mesas, mirando su teléfono.

En cuanto me vio, bloqueó la pantalla y lo guardó en el bolsillo.

Me acerqué y le di un beso.

—Tengo muchísima hambre.

—Qué raro —bromeó.

—Oye...

Sonrió y me senté frente a él.

—¿Qué te ha pasado esta mañana?

—Nada importante.

—Has llegado tarde.

—Ya me he dado cuenta.

—Y has colgado el teléfono casi sin dejarme hablar.

—Tenía prisa.

Lo observé durante unos segundos. Pablo evitó mi mirada y cogió su taza de café.

—Estás raro.

—No estoy raro.

—Sí, lo estás.

—Sara... —sonrió—. No pasa nada.

No parecía muy convincente, pero decidí no insistir.

—Vale.

—Por cierto, no hagas planes para el sábado.

—¿Por qué?

—Porque quiero que pasemos el día juntos. Había pensado en salir a pasear, cenar fuera...

—¿Eso era lo que estabas haciendo esta mañana?

—No.

Respondió demasiado rápido.

Entrecerré los ojos.

—Pablo...

—¿Qué?

—Estás ocultando algo.

—Nos vemos el sábado —dijo con una sonrisa.

—¿Alguna idea de cómo debo ir vestida?

—Siempre vas guapísima.

Se inclinó sobre la mesa y me besó.

Definitivamente, estaba ocultando algo.

El resto de la semana pasó más rápido de lo que esperaba.

Intenté averiguar qué ocultaba Pablo, pero fue imposible sacarle una sola palabra. Cada vez que mencionaba el sábado, sonreía y cambiaba de tema.

Cuando por fin llegó el día, seguía sin tener ni idea de dónde pensaba llevarme.

Después de cambiarme de ropa varias veces, terminé poniéndome un vestido negro, unos tacones bajos del mismo color y mi bolso a juego.

Como hacía bastante frío fuera, cogí también mi abrigo gris.

Salí a la calle y el aire frío me rozó la cara, haciendo que me estremeciera. Miré a ambos lados de la calle, pero no había ni rastro del coche de Pablo.

Consulté la hora.

Llegaba tarde. Otra vez.

Comenzaba a pensar que su extraño comportamiento no tenía nada que ver con nuestra cita.

Busqué el móvil en el bolso y, justo cuando iba a llamarlo, sentí que alguien me agarraba por detrás.

Intenté gritar, pero una mano presionó algo húmedo contra mi boca.

Forcejeé con todas mis fuerzas y después, todo se volvió negro.

Lo siguiente que recuerdo fue despertar en completa oscuridad.

Me dolía tanto la cabeza que apenas podía pensar con claridad.

Intenté moverme, pero algo me impedía separar las manos. Tiré de ellas y escuché un ruido metálico.

El corazón comenzó a latirme con fuerza.

Tenía algo en la boca. Intenté quitármelo, pero mis manos estaban sujetas a algo frío.

¿Dónde estaba?

¿Qué había pasado?

De pronto, una luz se encendió.

Cerré los ojos de golpe, cegada por la claridad. La cabeza me daba vueltas y tardé unos segundos en distinguir la figura de un hombre acercándose a mí.

—Por fin despiertas, mi amor.

Se me heló la sangre.

Conocía aquella voz.

Abrí los ojos y, poco a poco, conseguí distinguir su rostro.

Diego.

Me puse nerviosa. Demasiado. Hasta me temblaban las manos.

Miré a mi alrededor. Estaba en una especie de baño y mis manos permanecían esposadas al tubo del lavabo.

El suelo estaba helado bajo mi cuerpo.

Diego se agachó frente a mí y retiró el pañuelo que cubría mi boca.

—Suéltame, Diego —le rogué.

—¿Para qué? —me miró con desconfianza—. ¿Para que vuelvas corriendo con él?

—Diego...

—Se aprovechó de ti —me interrumpió—. Sabía que estábamos pasando por un mal momento y se metió entre nosotros.

—Eso no es verdad.

—Claro que lo es —sonrió y me acarició la mejilla—. Te confundió, Sara. Pero no pasa nada. Estoy dispuesto a perdonarte.

Aparté la cara.

—No necesito que me perdones. Hace tiempo que tú y yo no somos nada.

Su sonrisa desapareció.

—No digas eso.

—Es la verdad.

—No —negó varias veces con la cabeza—. Él te ha hecho creer que ya no me quieres. Te llenó la cabeza de mentiras y tú...

—Pablo no tiene nada que ver. Yo no te amo, Diego.

Se quedó completamente quieto.

Después, se dio la vuelta y apretó las manos hasta formar dos puños.

—No lo dices en serio —murmuró sin mirarme.

—Diego, por favor, suéltame. Me duelen las manos.

—Estás confundida.

—No lo estoy.

Se giró lentamente hacia mí.

—Lo estarás hasta que consigas recordar.

—¿Recordar qué?

—A nosotros —respondió como si fuera evidente—. Cómo éramos antes de que él volviera a aparecer.

Sentí que el corazón comenzaba a latirme más deprisa.

—Diego...

—Solo necesito tiempo contigo. Sin él llenándote la cabeza de mentiras.

—¿Qué quieres decir?

Sonrió.

—Que voy a ayudarte.

Pero no contestó. Se dio la vuelta y comenzó a caminar hacia la única puerta que había en la habitación.

—Diego, por favor —le rogué.

Se detuvo con la mano sobre el pomo.

—Necesitas tiempo para pensar.

—¡No! Diego, espera...

—Cuando estés preparada para hablar de nosotros, volveré.

Apagó la luz y cerró la puerta.

—¡Diego! —grité—. ¡Suéltame! ¡Diego!

Tiré de las esposas una y otra vez mientras gritaba su nombre, pero la puerta no volvió a abrirse.

No sé cuánto tiempo pasó hasta que escuché de nuevo la puerta.

La luz volvió a cegarme.

—Te he traído agua y algo de comer. ¿Tienes hambre?

—Diego, por favor, suéltame. Esto no está bien.

—Lo sé, mi amor. Estás enfadada conmigo.

—No estoy enfadada. Estoy asustada.

Su expresión cambió durante un instante.

—No tienes por qué tenerme miedo. Nunca te haría daño.

Miré mis manos esposadas.

—Me estás haciendo daño ahora mismo.

Diego siguió mi mirada y permaneció unos segundos en silencio.

—¿Tienes sed?

—Sí.

—Sabes que nunca he querido hacerte daño.

Dejó una botella de agua en el suelo, frente a mí.

—Desátame, por favor.

—¿Para que vuelvas con él? —me miró con desconfianza.

—No puedo coger la botella si estoy esposada.

Pareció pensarlo. Finalmente, se agachó frente a mí, abrió la botella y me acercó el agua a los labios.

Bebí despacio sin apartar los ojos de él.

—¿Tienes hambre?

—¿Qué es lo que quieres? —pregunté.

—A ti.

—Diego...

—Shhh —puso un dedo sobre mis labios—. No vuelvas a hablar de él.

Aparté la cara.

—Pablo no me ha confundido. Yo elegí estar con él.

Diego retiró la mano lentamente.

—No.

—Es la verdad.

—¡No! —se puso de pie de golpe—. Tú me elegiste a mí. ¡Íbamos a casarnos!

—Pero ya no quiero casarme contigo.

Su expresión cambió.

Por un instante, ninguno de los dos dijo nada.

—Todavía no lo entiendes —murmuró.

Fue hacia la puerta y apagó la luz.

—Diego...

La puerta se cerró de golpe.

Grité hasta quedarme sin fuerzas, pero no sirvió de nada. Tenía que pensar y encontrar alguna forma de salir de allí. Diego no estaba dispuesto a escucharme. Había creado su propia versión de nuestra historia y parecía convencido de que, tarde o temprano, conseguiría que volviera con él.

Sentí miedo por mí y por mis bebés.

¡Mis bebés!

Hasta ese momento no había pensado en ellos. Diego no sabía que estaba embarazada y mucho menos que esperaba dos bebés.

Dos bebés de Pablo.

Un escalofrío recorrió mi cuerpo al pensar en cómo reaccionaría cuando lo descubriera. No quería averiguarlo. Tenía que salir de allí antes de que eso ocurriera, pero ¿cómo?