Hasta que la muerte nos separe Capítulo 1 ¡Son dos bebés!
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Hasta que la muerte nos separe

Hasta que la muerte nos separe

Por Jesica Freire

© inepub.com

Capítulo 1 ¡Son dos bebés!

Hace un mes que descubrí que estaba embarazada y, desde entonces, muchas cosas han cambiado a mi alrededor.

Estoy en el coche de Pablo, de camino a la consulta del ginecólogo. Hoy toca revisión de nuestro bebé.

Todos dicen que estoy un poco más rellenita y que, con tan poco tiempo de embarazo, es extraño que mi cuerpo haya empezado a cambiar tan pronto.

Pablo, en cambio, siempre dice que estoy guapísima. ¡No lo puedo querer más!

Desde que le conté que íbamos a tener un bebé, ha estado muy pendiente de todo lo que quería o necesitaba. Se ha convertido en mi amigo, novio y protector.

Además, me trae dulces para desayunar todas las mañanas, así que empiezo a pensar que él es el verdadero culpable de esos kilitos de más.

Al llegar, nos sentamos en la sala de espera.

Pablo me cogió de la mano mientras esperábamos en silencio. A los pocos minutos, apareció la enfermera y nos invitó a pasar a la consulta.

El ginecólogo me pidió que me desnudara y me tumbara en la camilla. Comenzó a explorarme mientras Pablo permanecía a mi lado, atento a la pantalla.

Fruncí el ceño al ver la imagen. Había algo diferente. Hasta ahora siempre habíamos visto una pequeña bolita, pero esta vez parecían distinguirse dos.

Miré al ginecólogo, esperando que dijera algo, pero continuaba observando la pantalla en silencio.

—¿Ocurre algo? —pregunté, preocupada.

—¡Vaya! ¡Menuda sorpresa! —exclamó el ginecólogo con una sonrisa—. Hasta ahora pensábamos que era un bebé, pero parece que nos equivocábamos. En realidad, son dos. ¡Felicidades!

—¿Dos? —Pablo me miró sorprendido y apretó mi mano—. ¿Dos bebés?

—¿Cómo es posible? —pregunté sin apartar los ojos de aquellas dos pequeñas bolitas.

Nos explicó que se habían liberado dos óvulos y que cada uno había sido fecundado por un espermatozoide diferente. Por eso esperábamos mellizos y no gemelos idénticos.

También nos contó que este tipo de embarazos podía ser hereditario. Era posible que alguien de mi familia hubiera tenido un embarazo múltiple y yo ni siquiera lo supiera.

En cuestión de minutos había pasado de esperar un bebé a esperar dos. ¡Qué locura!

De camino a casa apenas dije una palabra. No podía dejar de pensar en lo que acabábamos de descubrir.

—Dos bebés —dijo Pablo de repente.

Lo miré.

—Sí. Dos.

—Vamos a necesitar dos cunas.

—Y el doble de pañales.

—Y un carrito más grande.

—Pablo...

Dejó de sonreír y me miró durante un instante antes de volver a centrar la vista en la carretera.

—Estás asustada.

No respondí. Si ya era difícil pensar en el cambio que suponía tener un bebé, imaginarme con dos era una auténtica locura.

Al llegar a mi piso, fui directa al sofá y me dejé caer sobre él. Pablo entró detrás de mí y se sentó a mi lado.

—¿Estás preocupada?

—Sí. Primero era un bebé, pero ahora son dos. Es una locura, ¿no crees?

—Tranquila —me abrazó—. Lo haremos lo mejor que podamos.

Permanecimos unos minutos en el sofá hasta que Pablo tuvo que marcharse. Insistió varias veces en quedarse conmigo, pero conseguí convencerlo de que estaba bien y solo necesitaba descansar.

En cuanto me quedé sola, mi cabeza empezó a dar vueltas.

El ginecólogo había mencionado que necesitaría más controles y cuidados al tratarse de un embarazo múltiple.

No había querido darle demasiada importancia delante de Pablo, pero ahora no podía dejar de pensar en todo lo que podía salir mal.

Necesitaba hablar con alguien, así que llamé a Laura.

—¿Dos bebés? —se ilusionó—. ¡Voy a ser doblemente tita!

—Estoy nerviosa... y preocupada.

—¿Qué te pasa?

—Un embarazo múltiple tiene más complicaciones. Puedo hasta perder a mis bebés —las lágrimas escaparon de mis ojos sin que pudiera controlarlas.

—Tranquila, eso no va a pasar. Necesitas descansar más. Quizás deberías cogerte unos días en la escuela...

—No, estoy bien —mentí mientras me limpiaba las lágrimas—. Solo son las hormonas.

—¿Pablo lo sabe?

—Claro. Ha estado conmigo en la consulta.

—¿Está feliz? Va a tener dos bebés.

—Sí, está feliz. Siempre está pendiente de mí, pero...

—¿Pero?

—Tengo miedo... —confesé—. No lo había pensado antes o, más bien, no he querido pensarlo. Hace unos meses sabía exactamente cómo iba a ser mi vida. Iba a casarme, tenía mi piso, mi trabajo... Todo estaba planeado.

—Pero las cosas cambiaron.

—¡Y tanto que cambiaron! Engañé a mi prometido con mi ex. Vale, después descubrimos todos cómo es Diego en realidad, pero mírame ahora. Estoy sola, embarazada de dos bebés que van a necesitar muchísimas cosas y vivo en un piso donde apenas hay espacio para mí. ¿Dónde voy a meter dos cunas?

—¿Y si te mudas con Pablo?

—¿Estás loca? No hemos definido nuestra relación y ya quieres que me vaya a vivir con él.

—Seamos sinceras. Desde que estás embarazada, Pablo está más en tu casa que en la suya. Se desvive por saber cómo estás y qué necesitas. Sería mucho más fácil si vivierais juntos, ¿no?

—No hemos hablado de ese tema.

—Pues es un buen momento para hacerlo.

Suspiré y apoyé la cabeza en el respaldo del sofá.

—Siempre pensé que me casaría antes de tener hijos y mírame ahora.

—Aún estás a tiempo de casarte antes de que nazcan mis sobrinillos preciosos.

No pude evitar reír.

—Estás loca.

—Pero te he hecho reír.

Y tenía razón.