Capítulo 18 ¿Nos casamos?
Los días siguientes fueron agotadores.
Pablo y yo tuvimos que contar varias veces lo ocurrido. Las mismas preguntas. Los mismos recuerdos. La misma historia repetida una y otra vez.
Por suerte, había testigos.
Varias personas habían visto a Diego apuntarnos con una pistola. Otros habían escuchado sus amenazas. Los policías que llegaron aquella noche también lo vieron arrebatarme el arma y apuntar directamente a Pablo.
No había dudas sobre lo ocurrido.
Lo que nadie parecía capaz de explicarnos era cómo Diego había conseguido escapar de la cárcel.
Ni por qué nadie nos había avisado.
Mis padres habían solicitado una orden de alejamiento contra él años atrás. Todos sabían lo que aquel hombre me había hecho. Todos sabían que, si alguna vez salía, podía intentar buscarme.
Y lo hizo.
Durante días no pude dejar de pensar en aquella noche.
En cómo me acerqué a él.
En cómo volví a decir las palabras que durante casi un año me había obligado a repetir.
Te quiero.
Eres el único hombre de mi vida.
Sabía que vendrías a por mí.
Mentiras.
Todas eran mentiras.
Pero Diego me había enseñado exactamente qué palabras quería escuchar.
Durante años pensé que me había convertido en alguien débil. Que había conseguido romperme.
Pero me equivocaba.
Había sobrevivido a él y, aquella noche, fui yo quien consiguió engañarlo.
Por primera vez en muchos años, no tenía miedo de que volviera.
Diego había muerto.
No podía acercarse a mis hijos, ni podía hacerle daño a Pablo.
No podía volver a encerrarme.
Era libre.
—Vámonos a casa.
La voz de Pablo me sacó de mis pensamientos.
Cogió mi mano y miré nuestros dedos entrelazados.
—¿Todavía tienes el anillo?
Pablo se detuvo.
—¿Qué?
—El anillo.
Me miró sorprendido.
—Sí.
Sonreí.
—Sí.
Frunció el ceño.
—¿Sí qué?
—Mi respuesta.
Pablo se quedó inmóvil.
—Sara...
—Sí, quiero casarme contigo.
Las lágrimas llenaron mis ojos.
—Quiero que seamos la familia que siempre quisimos ser.
Pablo me besó.
Allí.
En medio de la comisaría.
No me importó quién estuviera mirando.
Rodeé su cuello con mis brazos y le devolví el beso.
Cuando nos separamos, Pablo sacó la pequeña caja del bolsillo.
—Esta vez no pienso guardar el anillo.
Reí entre lágrimas.
Sacó el anillo y lo colocó en mi dedo.
—Han sido cinco años de retraso —dije.
—La novia se hizo esperar.
—Tuviste mala suerte.
—Mucha.
Volvió a besarme.
Escuché varios aplausos a nuestro alrededor y escondí la cara contra su pecho, avergonzada.
—Vámonos —susurré.
—¿A casa?
Miré el anillo de mi dedo.
Después lo miré a él.
—A casa.
Cuando llegamos a casa de mis padres, apenas habíamos cruzado la puerta cuando Sofía corrió hacia nosotros.
—¡Mamá!
Me agaché para recibirla y la abracé con fuerza.
—Hola, preciosa.
—¿Dónde estabais?
—Haciendo unas cosas.
—¿Qué cosas?
—Sofía —la llamó mi padre—. Deja que entren.
La pequeña hizo un puchero y se apartó.
Ángel apareció detrás de ella. Caminó hacia Pablo y lo abrazó.
Ángel apareció detrás de ella y caminó hacia Pablo.
—Hola, campeón —dijo él, revolviéndole el pelo.
—Abuelo no me deja ver los dibujos.
Mi padre lo miró.
—Porque llevas toda la tarde delante de la televisión.
—No es toda la tarde.
—Ángel...
El pequeño miró a Pablo.
—¿Nos vamos a casa?
Miré a Pablo.
A casa.
Aquellas dos palabras provocaron una extraña sensación en mi interior.
—Claro —respondió él.
Sofía volvió a acercarse a mí.
—¿Tú también vienes?
—Sí.
La niña sonrió.
Entonces miró mi mano.
—¿Qué tienes ahí?
—¿Dónde?
Sofía agarró mi mano.
—¡Un anillo!
Mi madre se acercó.
—Sara...
Sonreí.
—Nos vamos a casar.
Sofía abrió mucho los ojos.
—¿Tú y papá?
—Sí.
—¿De verdad?
—De verdad.
La pequeña empezó a saltar.
—¡Mamá se queda! ¡Mamá se queda!
Me quedé mirándola.
Pablo también.
Para Sofía, aquello era lo único importante.
Ángel se acercó.
—¿Y habrá tarta?
Lo miré.
—Supongo.
—¿De chocolate?
—Puede ser.
—Vale.
Pablo rio.
—¿Eso significa que te parece bien?
Ángel se encogió de hombros.
—Si hay tarta...
Todos comenzamos a reír.
Mi madre me abrazó.
—Me alegro mucho por ti, cariño.
—Gracias, mamá.
Mi padre esperó a que ella se apartara y me abrazó también.
—Te mereces ser feliz.
Cerré los ojos y apoyé la cabeza en su pecho.
—Creo que ya lo soy.
Poco después, nos despedimos de mis padres y nos fuimos a casa.
Al entrar, todo seguía igual. Los juguetes de los niños, las mantas sobre el sofá y aquel pequeño caos que empezaba a conocer demasiado bien.
Pero yo ya no me sentía una intrusa.
Por primera vez, miré a mi alrededor y sentí que aquella también era mi casa.
—¡Cuento! —gritó Sofía mientras subía las escaleras.
—Primero el pijama —dijo Pablo.
—¡Nooo!
—Sofía...
—¡Primero el cuento!
Ángel pasó corriendo a nuestro lado.
—¡Yo lo elijo!
—¡No! —gritó Sofía—. ¡Yo quiero el de la princesa!
—¡Ese no!
Los dos desaparecieron escaleras arriba discutiendo.
Miré a Pablo.
—¿Siempre es así?
—Hoy están tranquilos.
Pablo y yo nos quedamos en la entrada.
—¿Estás segura? —preguntó.
Lo miré.
—¿De qué?
—De todo esto.
Miré hacia las escaleras.
Escuchaba a los niños discutir sobre qué cuento íbamos a leer.
Sonreí.
—Sí.
Pablo me devolvió la sonrisa.
—Mi respuesta sigue siendo sí, profe.
—Algún día dejarás de llamarme así.
—Lo dudo.
Subimos juntos.
Después de conseguir que los niños se pusieran el pijama y de solucionar una importante discusión sobre quién elegía el cuento, terminamos los cuatro en su habitación.
Me senté entre las dos camas y comencé a leer.
Sofía no apartaba los ojos de mí.
Ángel fingía no estar interesado, aunque cada vez que dejaba de leer para beber agua me pedía que continuara.
Cuando terminé, Sofía bostezó.
—Buenas noches, mamá.
—Buenas noches, cariño.
Le di un beso en la frente.
Me acerqué a Ángel.
—Buenas noches.
—Buenas noches, mamá.
Sonreí y le di un beso.
Apagué la luz y salí de la habitación.
Pablo estaba apoyado en la pared del pasillo.
Observándome, como aquella primera noche.
—¿Qué? —pregunté.
—Nada.
—Siempre dices lo mismo.
—Me gusta verte con ellos.
Me acerqué lentamente.
—¿Solo con ellos?
Pablo sonrió.
—No. Pero eso ya lo sabes.
Sonreí.
Pablo no se movió ni intentó besarme. Se quedó allí, esperando.
Y aquella vez fui yo quien se acercó y juntó sus labios con los míos.
No cerré los ojos inmediatamente.
No tuve miedo, ni vi a Diego.
Solo vi a Pablo.
Mi profesor, el padre de mis hijos y el hombre al que amaba.
Entonces cerré los ojos y lo besé.
Pablo rodeó mi cintura con sus brazos y me acercó a él. Cuando nos separamos, apoyó la frente contra la mía.
—Te quiero —susurré.
Se quedó mirándome.
—¿Qué?
—Nada.
—Pablo...
—Es la primera vez que me lo dices desde que volviste.
No me había dado cuenta.
Había pensado aquellas palabras muchas veces. Las había sentido. Incluso se las había dicho a Laura.
Pero nunca a él.
—Te quiero —repetí.
Pablo sonrió.
—Otra vez.
Reí.
—No abuses.
—Cinco años esperando. Creo que me debes unas cuantas.
—Te quiero.
—Otra.
—Pablo.
—Una más.
Negué con la cabeza, divertida.
—Te quiero, profe.
—Eso ha estropeado el momento.
—Pues no pienso repetirlo.
Intenté apartarme, pero me abrazó con más fuerza.
—Yo también te quiero, pequeña.
Apoyé la cabeza en su pecho.
—Hemos perdido mucho tiempo.
—Sí.
—Nuestros hijos tienen cinco años y apenas los conozco.
—Tienes todo el tiempo del mundo para conocerlos.
Miré hacia la habitación.
—Ángel no me lo va a poner fácil.
—Se parece a su madre.
Le di un golpe en el pecho.
—Oye.
—¿Ves?
Reí.
—¿Y Sofía?
—También se parece a ti.
—Entonces tú no has hecho nada.
—Yo estuve presente.
—Gran trabajo, profe.
Pablo comenzó a reír y me besó en la cabeza.
Me quedé abrazada a él, escuchando las voces de los niños desde la habitación.
Durante años había pensado que Diego me lo había quitado todo. Mi vida, mis hijos, Pablo... incluso a mí misma.
Pero estaba allí, en casa, entre los brazos del hombre al que amaba y a pocos pasos de nuestros hijos.
Había recuperado mi vida y a mi familia.
Pero, sobre todo, me había recuperado a mí misma.
Mis pequeños, mi profesor y yo.
Juntos por fin.
FIN