Capítulo 16
La luz de la mañana se colaba entre las cortinas entreabiertas, dibujando una franja dorada sobre las sábanas revueltas.
Cuando Livi se despertó buscó a Heller. Por un momento pensó que lo sucedido la noche anterior había sido tan solo un sueño pero el olor de Heller estaba en su piel.
En su alma y en su corazón. Amaba a ese hombre con desesperación.
Rió amargamente. Se había enamorado del único hombre prohibido para ella.
Greta había tenido razón, no podía controlar al destino.
Se vistió y buscó unos zapatos a juego pero entonces vio en el fondo del armario una cajita de madera.
La cogió y cuando la abrió se quedó sorprendida. Había una foto. Una foto de una mujer con cabello negro y ojos azules cobalto. ¿Por qué había allí una foto de su madre?
Livi miró la foto detenidamente. Le dio la vuelta y su mundo dio un giro de trescientos ochenta grados.
Allí estaba escrito con letra pequeña y pulcra:
«Para Elena, de tu madre Sara. Nunca te olvidaré.»
Livi irrumpió en la biblioteca como una tormenta. Víctor estaba fumando y se sorprendió cuando vio la cara de Livi surcada de lágrimas.
—Quiero que me diga toda la verdad —le exigió Livi.
Le tiró la foto de su madre.
—¿Por qué dice que es para su hija Elena? —gritó Livi—. ¿Por qué?
Víctor la miró. La mentira había llegado a su fin.
—Ha llegado la hora de contarte la verdad —le dijo con voz grave a Livi—. Toda la verdad.
—Tu madre había empezado a trabajar en mi casa. Era una muchacha dulce e inocente. Hacía muy bien su trabajo. No sé cómo, pero después de unas semanas empecé a sentirme muy atraído por ella. Era como si el mundo entero girara alrededor de ella.
»Intenté luchar contra mis sentimientos, pero nadie tiene el control de su corazón.
Cuando finalmente se lo confesé a tu madre, ella pensó que me estaba burlando.
Pero después me creyó y me dijo que también me amaba.
Me sentía el hombre más feliz del mundo.
Tenía a la mujer más hermosa, más dulce, y sentía que nada más me hacía falta.
»Un día tu madre me dijo que quería hablar conmigo.
Estaba muy seria. Me preocupé. El simple hecho de pensar que estaba sufriendo me enloquecía.
Pero entonces me dijo que estaba embarazada.
Estaba asustada, pues pensó que yo me negaría a que tuviera el hijo.
Pero me había hecho el hombre más feliz del mundo.
Un hijo mío y de ella. Mi sueño hecho realidad.
»Le pedí que se casara conmigo y ella aceptó.
Yo le confesé a Greta lo que sentía por Sara y esta decidió apoyarme en todo.
Pero las cosas no eran tan fáciles como yo imaginaba.
Cuando le conté a mi mujer, Rebecca, toda la verdad, me amenazó con quitarme a mi hijo.
No me importaba que me quitara la fortuna, pero no podía imaginar mi vida sin mi hijo.
»Rebecca me dijo que, si me divorciaba de ella, se encargaría personalmente de que no tuviera nada con que criar al hijo de Sara.
Hasta aquel momento no me había dado cuenta de lo ruin que era, pero en ese instante sentí que todo mi mundo se desplomaba.
No sabía qué hacer. No quería perder a Sara, pero no podía vivir sin mi hijo.
Estaba atrapado entre la espada y la pared.
»Entonces Rebecca me propuso que le quitara el hijo a Sara.
Dijo que ella lo criaría como si fuera suyo.
Fui un cobarde, porque no me atreví a huir con tu madre y con mis hijos.
Pero tenía miedo. Así que accedí. Sara seguía entusiasmada ante la idea de irnos juntos a vivir nuestro amor con nuestros hijos.
Mi corazón se llenaba de dolor cuando la veía tan feliz.
»El día que dio a luz, lo hizo aquí, en casa.
Greta la ayudó. Tuvo una hermosa niña. Quería llamarla Elena, por su madre.
Pero se la quité. No le permití que disfrutara de ella.
Cuando fui a verla me preguntó qué era lo que pasaba.
Aún recuerdo su grito de dolor cuando le confesé la verdad. Esa imagen me persigue desde entonces.
»Ni siquiera la dejé que se despidiera de su hija. Me dejó esta foto y me rogó que se la diera a Elena cuando creciera.
»Tu hermana creció y se convirtió en una hermosa mujer, como tú. Pero el destino quiso hacerme pagar por todo el daño que le había causado a Sara.
»El año pasado, poco antes de Navidad, Elena conoció a un muchacho, Daniel. Estaba feliz y entusiasmada. Pero esa relación no podía seguir adelante. Él era judío. No podía permitir que nuestro nombre se viera manchado con esa relación. Así que le prohibí que lo siguiera viendo, pero no me hizo caso.
»Pasó casi un mes, y un día Elena vino a hablar conmigo, pero yo no estaba.
Buscó en los cajones de esta misma mesa y encontró la foto que Sara me había dado para ella.
Al igual que tú, me pidió explicaciones.
Cuando le conté toda la verdad, dijo que me odiaba y que no quería volver a verme.
Yo entendía su dolor. Decidió que no podía seguir viviendo bajo el mismo techo que yo.
»Cogió sus cosas y se marchó. No me dijo adónde.
La verdad, yo esperaba que volviera a los pocos días, pero no volvió.
Se había ido a vivir con ese judío, con Daniel.
Después de un par de días me enteré de que la Guardia de Hierro había entrado en el barrio judío y había acabado con todos.
Mi corazón se paralizó al pensar en mi hija.
Ese tal Daniel vivía allí con sus padres.
»Recorrí todas las casas acompañado de Grigore y la encontré. Encontré a mi hija, abrazada a Daniel. Estaban muertos y sus cuerpos estaban cubiertos de sangre. Yo también morí ese día.
»Cuando tu padre me mandó la carta pidiéndome ayuda, supe que Sara se había vuelto a casar y había tenido otra hija. Entonces vi la oportunidad de resarcir mi error. Pero, al parecer, también esta vez me equivoqué.
Livi lo miró sin saber qué decir. Se había enterado de que Elena había sido su hermana. Una hermana que no había tenido la oportunidad de conocer. Y de la cual su madre no había podido disfrutar. Ya no tenía fuerzas para seguir adelante.
—Como comprenderá, no puedo seguir en esta casa —dijo Livi.
—Por favor, dame una segunda oportunidad —le pidió Víctor con los ojos empañados en lágrimas.
Livi rió amargamente.
—¿Le dio usted a mi madre una segunda oportunidad? ¿Tuvo Elena una segunda oportunidad?
Víctor lloraba en silencio.
—Me voy. Y espero no volver a verle nunca.
Livi salió de la biblioteca y sintió que el alma se le había roto en dos. Le habían destrozado la vida.
Subió a su habitación, la que había sido la habitación de Elena, y se quedó mirando las paredes como si las viera por primera vez.
Cada detalle, cada mueble, cada cuadro que había dado por hecho durante semanas, había pertenecido a su hermana.
Había dormido en su cama, se había vestido con la ropa que Grigore le había comprado pensando, sin saberlo, en alguien que ya no existía. Sintió náuseas.
Sacó la pequeña maleta de debajo de la cama y empezó a meter sus cosas sin orden ni cuidado.
No quería llevarse nada de aquella casa que no fuera estrictamente suyo.
Cuando llegó a la cajita de madera con la fotografía de su madre, se detuvo un instante y la apretó contra el pecho antes de guardarla con cuidado entre la ropa.
Greta la encontró en el pasillo, ya con la maleta en la mano.
—Niña, ¿adónde vas? —le preguntó, alarmada al ver su rostro descompuesto.
—Lejos de aquí —fue todo lo que Livi pudo responder antes de que la voz se le quebrara por completo.