Hasta que la guerra nos separe Capítulo 15
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Capítulo 15

El día de la fiesta de Navidad, Livi se sentía terriblemente nerviosa. No había probado bocado en todo el día y sentía unas terribles mariposas revoloteando en su estómago. Aquello iba a ser un desastre.

Grigore entró apresuradamente en la habitación seguido de Greta que cargaba con una enorme caja.

—Señorita, tiene que empezar a vestirse —dijo Grigore —Solo falta una hora para que empiecen a llegar los invitados.

—Espero que te guste el vestido —dijo Greta, abriendo la caja.

Livi miró dentro y vio una tela de color cobalto. Greta sacó el vestido y se lo enseñó. Livi se quedó asombrada ante la elegancia y la majestuosidad de la prenda. El vestido caía hasta el suelo, recto.

—Pero este vestido no tiene tirantes —dijo Livi preocupada.

Greta rió de buena gana.

—Tiene el cierre detrás. No te preocupes. Estará bien colocado toda la noche.

—Es precioso —murmuró Livi tocando la fina tela.

De repente, Livi sintió un ligero mareo y se puso pálida. Greta advirtió que no se encontraba bien e inquirió preocupada:

—Livi ¿qué te pasa?

la muchacha se sintió desvanecer. A los pocos segundos abrió los ojos. Grigore la miraba con expectación.

—¿Y bien?

—¿Y bien qué? —preguntó Livi confusa.

Grigore suspiró ruidosamente.

—¿Qué te ha parecido la fiesta?

Livi parpadeó. Grigore la estaba preguntando por la fiesta.

—Aún queda una hora para que lleguen los invitados. Tú mismo lo has dicho.

Grigore la miró extrañado.

—Pero si hace horas que se ha marchado la gente. Elena ¿te encuentras bien?

Livi sintió que le faltaba el aire. La había vuelto a llamar Elena. Oyó que alguien la llamaba desde lejos. Cerró los ojos y se dejó caer en un pozo negro.

Despertó sobresaltada. Greta le sostenía la mano.

—Cielo, menos mal que te has despertado —dijo la anciana—. ¿Qué te ha pasado?

Livi buscó a Grigore pero no estaba.

—Grigore ha bajado a buscar vinagre para que despertaras.

Greta tenía los ojos llenos de preocupación.

Livi miró su rostro y se preguntó qué secreto escondía aquella familia. La visión la había dejado exhausta pero tenía que bajar a esa dichosa fiesta.

—Ayúdame —le pidió a Greta —Tengo que prepararme.

—No creo que sea conveniente que bajes en este estado —le aconsejó Greta —Estás pálida.

Livi se levantó y cogió el vestido. Grigore entró con el vinagre y el alivio se plasmó en su cara al ver a Livi.

—Señorita, debería prepararse. El patrón ha preguntado por usted.

Livi asintió. Aquella fiesta iba a ser perfecta. Ya sabía lo que tenía que hacer.

Heller observaba a sus invitados desde un rincón. Había hecho un magnífico trabajo. Había reunido a más de cincuenta figuras políticas y el invitado sorpresa estaba por llegar. Su prima iba a llevarse un regalo inolvidable.

Se había propuesto evitar a Livi pero no había sido capaz de lograrlo.

Su olor estaba por todas partes. Tenía que acabar con lo que estaba pasando, lo que fuera que estuviese pasando.

Besarla era un error garrafal que su buen sentido común normalmente no le habría permitido cometer.

Pero parecía que ya no tenía voluntad en el cuerpo.

Se había pasado los últimos días pensando en cómo deshacerse de ella pero había llegado a la conclusión de que debía esperar.

Ella sola acabaría enterrándose esa misma noche.

Pero no podía negar que era insoportablemente atractiva.

Le hacía hervir la sangre y él no conseguía apartarla de su mente.

—Magnífica fiesta —escuchó que decía Radu junto a él —Mujeres hermosas ¿qué más puedo pedir?

—Que no estén comprometidas o casadas —dijo Heller divertido.

Observó a todas las parejas. Se preguntó si su adorada prima soportaría aquel estrés. Seguro que no. En ese momento estaría arriba, aterrorizada ante la idea de enfrentarse a todo aquel gentío. Salió de la sombra y cogió una copa de brandy de la bandeja de un camarero.

—¡Vaya, vaya! —murmuró Radu a su lado—. ¡Es la mujer más hermosa que he visto en toda mi vida!

Heller siguió la mirada de su amigo y se quedó paralizado.

Livi acababa de entrar en el salón. Heller contuvo la respiración.

Estaba sencillamente impresionante con el vestido azul que dejaba ver sus níveos hombros.

El vestido le apretaba los pechos haciendo que resaltaran aún más.

Llevaba el cabello suelto y los bucles le caían seductoramente sobre los hombros.

Llevaba unos pequeños pendientes de zafiros, la piedra favorita de Heller.

¡Santo cielo! Tenía que acabar con esa judía de lo contrario, sería ella quien acabaría con él.

Livi miró alrededor y vio que todas las miradas estaban posadas en ella. ¿Tan ridícula estaba?

Víctor se acercó a ella y le besó la mano.

—Señoras y señores —anunció el anfitrión —me complace presentarles a mi sobrina, Livia Stanescu.

La gente empezó a aplaudir y Víctor le susurró al oído:

—Estás impresionante, querida.

Livi agradeció sus palabras. Miró al gentío y vio a Heller que la miraba fijamente. Livi le dirigió una amplia sonrisa acompañada de una mirada glacial. Estaba muy guapo con su traje negro. Ese hombre era un castigo.

Un camarero le ofreció una copa de champán que Livi aceptó. Las burbujas le hacían cosquillas en la lengua. Livi vio a un joven de cara angulosa y cabello rubio que se le acercaba.

—No sabía que Heller tuviera una prima tan guapa —dijo cuando estuvo junto a ella —Me llamo Radu Lecca.

El hombre le tendió la mano y Livi se la estrechó.

—Livia Stanescu. Un placer.

Radu le sonrió y Livi vio que tenía los dientes amarillentos. La música empezó a sonar y poco a poco se fueron formando parejas de baile.

—¿Me concedería el honor de bailar con este pobre? —le preguntó Radu, haciendo una ligera reverencia.

Livi rió y le dijo:

—El honor será mío.

Radu la llevó al centro del salón y empezaron a bailar una alegre melodía. Livi pudo ver que la mirada de Heller la seguía pero no le hizo caso.

—Conozco hace mucho a Heller pero no me había mencionado nunca que tuviera una prima en Francia —comentó Radu mientras bailaban.

—Digamos que no soy de su agrado.

Livi vio que Heller cogía otro vaso de brandy.

—Pues si yo tuviera una prima como usted no la dejaría escapar.

Livi vio que los ojos de Radu brillaban. Una idea se le vino a la mente. Tal vez ese hombre pudiera decirle algo más sobre Elena.

Le dedicó la mejor de sus sonrisas cuando le dijo:

—Yo me llevo mejor con Elena. Heller es demasiado prepotente.

Radu le clavó sus ojos avellana.

—No suelen mencionar a Elena —dijo Radu —Me extraña que usted lo haga.

Livi le miró curiosa.

—¿Por qué no habría de hacerlo?

La melodía terminó y se quedaron en un rincón. Radu cogió una copa de coñac y frunció el ceño.

—Su muerte fue un golpe para todos.

Livi sintió que el corazón se le paraba. ¡Elena estaba muerta!

Por eso eran tan reacios a mencionarla.

No tuvo ocasión de hacerle más preguntas a Radu porque Heller la cogió del brazo y la condujo al centro del salón.

—Me estás haciendo daño —protestó Livi.

Heller le sonrió sensualmente.

—Parecías pasártelo muy bien con mi gran amigo. Pero ten cuidado, es un mujeriego. Te usaría una sola noche.

Livi se mordió la lengua. No quería montar una escena delante de toda aquella gente.

Heller la apretó contra sí cuando empezó la música.

—Espero que sepas bailar un vals —dijo Heller, serio.

—Podré con ello.

Todo el mundo les observaba y Livi se sintió mareada. Elena había muerto y ahora Heller la apretaba contra sí tan fuerte que le acabaría cortando la circulación. Pero ¿cómo había muerto Elena? Tenía preguntas y necesitaba respuestas.

Heller le rozó la mejilla con su boca y Livi sintió su corazón latir salvajemente. Cuando la pieza terminó, Heller se inclinó sobre ella y le dijo:

—Esta noche deberías cerrar tu puerta con llave.

Livi se quedó desconcertada ante aquella advertencia.

Bailó con otros señores y habló con casi todo el mundo.

Tal y como había dicho Grigore, la gente estaba encantada con ella y con su belleza.

Todo parecía marchar bien hasta que vio a Grigore entrar en el salón con cara de preocupación.

Le hizo un gesto para que se le acercara y Livi se disculpó con los demás invitados.

—¿Qué sucede? —inquirió la joven.

—Escúchame bien. No sé cómo pero el general Antonescu acaba de llegar. Alguien le habrá invitado y desde luego, no fue el señor Víctor.

Grigore estaba visiblemente alterado. Livi se quedó pensando. Había sido fácil enfrentarse a todos los invitados pero hacerle frente al mismísimo general era muy diferente.

—Quiero que te comportes de forma normal, como hasta ahora. Al general le gustan las mujeres hermosas, solo se fijará en tu escote —dijo Grigore.

Livi abrió la boca, consternada.

—¡Grigore!

—No me mires así, es la verdad. Ahora, ve.

Grigore se marchó y Livi respiró varias veces antes de volver a la fiesta.

A los pocos minutos entró un hombre en el salón y se hizo un silencio completo. Livi supuso que sería el general Antonescu. No era muy alto. Ya casi no tenía pelo. Livi no entendía cómo un hombre tan insignificante podía inspirar tanto temor.

El pánico se apoderó de ella cuando vio que Víctor avanzaba hacia ella con el general. Intentó sonreír y su pulso estaba bajo control cuando los hombres llegaron junto a ella.

—General, me gustaría presentarle a mi sobrina, Livia —dijo Víctor.

Antonescu le besó la mano a Livi y esta contuvo el impulso de limpiar el lugar donde le había besado.

—Es un honor conocerle, mi general —dijo Livi, fingiendo admiración —He de decirle que he albergado la esperanza de conocerle esta noche.

Víctor la miraba de reojo y se sorprendió al ver la facilidad con la que trataba con el general. Tras unos breves minutos, Antonescu se disculpó y fue a saludar a otros invitados.

Víctor le sonrió y comentó:

—Maravillosa. Es lo único que te diré.

Livi vio que Heller los había estado observando y fue a hablar con él.

—Te ha salido el tiro por la culata, primo.

—No hay nada mejor que un bonito escote para volver loco a un hombre —comentó Heller, despreocupado.

—Entonces tú también deberías estar loco por mí.

Livi sonrió para sus adentros al ver la cara de Heller. Touchée.

Cuando la fiesta terminó Livi se fue a su cuarto. Se dio un largo baño y se felicitó a sí misma por haber conseguido salir viva de aquella reunión. Había sido un éxito total.

Se metió en la cama y se quedó dormida al instante.

Después de unas horas se despertó inquieta. Tenía la sensación de que alguien la vigilaba entre las sombras. Encendió la lámpara y ahogó un grito cuando vio a Heller sentado a los pies de su cama. Solo llevaba unos pantalones y Livi sintió que se le aceleraba el pulso cuando vio su amplio torso.

—Fuera de aquí —le ordenó Livi.

Heller no le habló. Se levantó y se acercó a ella. Su mano acarició el hombro derecho de Livi y esta sintió que su cuerpo recibía descargas eléctricas.

—Esta noche no importa nada —le susurró Heller, dándole un beso en el cuello —Esta noche tan solo existimos tú y yo.

La besó apasionadamente y Livi se derritió. Echó las manos alrededor de su cuello y lo atrajo hacia ella.

Heller tenía razón. Esa noche no importaba nada. Tan solo ellos dos.

Poco antes del amanecer, Heller se despertó.

Livi estaba profundamente dormida. Observó su respiración, su pecho al bajar y subir.

Esa mujer era preciosa. La había amado toda la noche como un loco pero ahora ya tenía que marcharse.

No podía seguir al lado suyo. Se había dado cuenta muy tarde de que se había enamorado de ella.

Amaba sus ojos azules, su cabello negro y esos bucles rebeldes, amaba su forma de sacarlo de sus casillas. La amaba por sobre todas las cosas, sin importarle nada.

Ahora tenía que pagar las consecuencias de sus actos.