Capítulo 14
Víctor se reclinó en la silla. Había sido un día exitoso. Las cosas estaban yendo de maravilla. Miró los papeles que tenía encima de la mesa. La nueva identidad de su protegida. Livia Stanescu.
Encendió un puro y se quedó mirando los documentos. Livi llevaba tan solo unas semanas con ellos pero ya era parte de aquella familia. Si es que podía llamársela familia. Grigore tenía razón, se estaba apegando demasiado a la muchacha. Pero ¿cómo no hacerlo?
Cada vez que la miraba veía a Elena y a Sara. El recuerdo de esta última hizo que se le encogiera el corazón. Su mente retrocedió en el tiempo y se encontró cara a cara con el pasado.
Octubre de 1919.
Víctor la miraba mientras servía la mesa. Se movía con agilidad y gracia y rebosaba seguridad.
Su mujer la había contratado aquel día. Necesitaba ayuda para su gran fiesta de cumpleaños. Le dirigió una sonrisa a Rebecca que charlaba animadamente con una de sus invitadas.
La criada pasó junto a él y Víctor percibió el aroma leve de la canela. Acto seguido, se retiró y Víctor se concentró en sus invitados.
Poco después de medianoche los invitados se marcharon y Víctor se dirigió a la cocina a buscar a Greta. Necesitaba urgentemente algo que le aliviara el dolor de cabeza.
La estancia olía a canela y Víctor vio a la nueva criada sentada en una silla.
Se acercó un poco más para observarla y descubrió que estaba dormida.
La fatiga había podido con ella. Bajo su pañuelo se adivinaban mechones negros y brillantes.
Víctor se agachó y le observó el rostro.
Era hermosa, tan hermosa que parecía un ángel.
La muchacha abrió los ojos repentinamente y Víctor vio que eran de color azul cobalto, tan bonitos que hasta parecían irreales.
—Señor —la criada se levantó rápidamente —lo siento.
A Víctor se le hizo un nudo en la garganta. Tenía una voz suave, melodiosa y deliciosa.
—No te preocupes —le dijo —. Estaba buscando a Greta.
—Ha subido a ver al señorito Heller. Al parecer se ha despertado.
—Bien.
Víctor se sentía realmente incómodo y no sabía por qué razón. Tal vez fuera por la tímida mirada que veía en los ojos de la criada.
—¿Cómo te llamas? — le preguntó Víctor sin saber por qué.
La joven le sonrió cálidamente.
—Sara, señor.
—Sara —repitió Víctor en un susurro —. Bonito nombre.
—Gracias, señor.
—Cando vuelva Greta, dile que me suba algún remedio para la jaqueca.
—Por supuesto, señor.
Víctor puso los ojos en blanco.
—Deja de llamarme señor. No me gusta. Me hace sentir viejo.
Sara rió de buena gana y Víctor sintió el impulso de acariciar su cabello. Tenía que salir de aquella cocina antes de violar a la dulce e inocente criada.
Esa noche soñó con unos ojos azules cobalto.
Noviembre de 1919
—No entiendo por qué me ha hecho venir, señor.
Sara lo miraba con esa típica inocencia suya que lo volvía tan loco. Esa muchacha lo había hecho perder la cabeza con su aspecto, su dulzura y su olor. Víctor la miró y no pudo aguantar más. Necesitaba calmar ese ardor, esa pasión que amenazaba con consumirlo a medida que pasaba el tiempo.
—Espero que no tenga ninguna queja sobre mi trabajo —dijo Sara, temblorosa —Intentaré hacerlo lo mejor que pueda.
Víctor se levantó y acortó la distancia que los separaba con grandes pasos.
Estaba tan cerca que Sara podía oler su perfume. Respiró profundamente intentando calmar los latidos de su corazón. No podía pensar en ese hombre. No debía hacerlo. Pero ¿cómo controlarse si le tenía tan cerca?
—¿Por qué me ha hecho venir, señor? —preguntó con la voz apenas audible.
—¿Te han besado alguna vez? —Víctor le acarició la mejilla y Sara sintió que la piel se le erizaba. ¿La habían besado alguna vez? No conseguía recordarlo. Maldición, aquel hombre le estaba matando las neuronas una por una.
—He intentado controlarme ¿sabes? —dijo Víctor mirándola con una expresión grave —Llevo días intentando dejar de pensar en ti, en ese delicioso olor a canela que despide tu cuerpo. Pero tengo una mala noticia.
Sara lanzó una larga espiración y Víctor advirtió que estaba agitada y temblorosa.
—¿Qué noticia es esa, señor?
—Creo que me he enamorado de ti.
La rigidez se apoderó del cuerpo de Sara. Sus mejillas se pusieron coloradas y sus ojos se llenaron de enfado.
—No tiene gracia, señor. Le rogaría que no hiciera este tipo de bromas conmigo.
—No es una broma —murmuró Víctor —Es lo más serio que he dicho en toda mi vida.
Sara lo miró sorprendida. Los ojos de su patrón la miraban fijamente, llenos de seriedad. ¡Santo cielo! Aquel hombre la estaba volviendo loca.
Se apartó bruscamente.
—Aunque así fuera, debería guardárselo, señor. Usted es un hombre casado, con un hijo.
Víctor fijo la vista en su cara que estaba muy seria. Necesitaba desesperadamente el amor de aquella mujer si no, moriría.
—Al diablo las obligaciones —la cogió por la cintura y la apretó contra su cuerpo —Te quiero, Sara.
La atrajo hacia si y le cubrió los labios con los suyos. Eran suaves y cálidos. Cuando Víctor dejó de besarla, Sara abrió los ojos lentamente. Había sido el beso más maravilloso de toda su existencia.
—Te quiero —repitió Víctor —Y con este beso, me has demostrado que tú también sientes algo por mí.
Sara miró sus ojos llenos de amor y pasión y lo supo.
Ya no habría marcha atrás.
Enero de 1920
Intentaba calmarse pero le era imposible. Víctor se pondría furioso en cuanto se enterara. La mataría por haber sido tan descuidada. Se frotó las doloridas sienes e intentó pensar en una solución. Pero la única salida era deshacerse de su hijo y eso no lo haría por nada del mundo.
La puerta se abrió despacio y Víctor entró sigilosamente. Echó la llave y se abalanzó sobre Sara besándola con fervor.
—¡Cómo te he añorado!
El tono de súplica de su voz hizo que a Sara se le encogiera el corazón.
Se apartó y lo miró a los ojos temerosa al pensar en su reacción.
—Necesitamos hablar, Víctor.
Víctor observó su rostro y supo que algo iba mal. Sus ojos estaban preocupados y a él se le encendió la sangre al pensar que alguien había podido lastimar a su querida. Esa mujer lo era todo para él.
—Espero que entiendas que no desharé de él como si se tratara de un trapo sucio porque no lo es —dijo Sara con la mirada baja.
—¿Deshacerte de quién? —preguntó Víctor confuso pero Sara no le hizo caso y siguió hablando.
—Ha sido solo culpa mía y por lo tanto, soy yo la que se hará responsable de ellos. No pretendo que te hagas cargo o que me mantengas. Por supuesto, podrás venir a verlo si así deseas. Es tu derecho y no te lo negaré.
Víctor tragó saliva. ¿Le estaba diciendo que iban a tener un niño?
—¿Estás embaraza? —inquirió en voz baja.
Sara asintió con la cabeza y Víctor dirigió su mirada al vientre de su amante. Allí dentro estaba su hijo. Un hijo creado por amor. Un niño o una niña con los ojos de su madre o tal vez con su suave cabello. Se imaginó cogiéndole de la mano mientras le enseñaba sus primeras palabras.
—Lo siento —murmuró Sara.
Al levantar la vista, Víctor vio que tenía los ojos empapados en lágrimas. Le había dado el regalo más preciado y ¡le estaba diciendo que lo sentía!
Se arrodilló y le besó tiernamente el vientre. Sara le acarició el negro cabello y le apartó un rizo de la frente.
—Te quiero —dijo Víctor —Os quiero.
—¿No estás enfadado?
—Soy extremadamente feliz —se levantó y la besó en los ojos —Cásate conmigo.
El corazón de Sara empezó a latir alocadamente.
—Pero…
—Di que sí.
Víctor la besó tiernamente. Sara lo miró con sus bellos ojos y lo que le dijo a continuación hizo que el corazón de él se le saliera del pecho.
—Te amo, Víctor. Para siempre.
Marzo de 1920
—No puedo creer que estés hablando en serio.
Greta paseaba de un lado a otro, mordiéndose las uñas.
Víctor removió el brandy en la copa y dijo:
—Nunca he hablado más en serio, nana. Estoy enamorado de ella.
Greta se paró y lo miró fijamente aunque no con dureza.
—Has dicho «enamorado» —observó la mujer—. Nunca te había oído decir esa palabra.
—Quizás porque nunca antes lo había estado, nana.
Greta se sirvió un poco de coñac y se sentó en el sofá. Víctor se había enamorado de la criada. Genial. Estupendo. Trágico.
—Tu bien sabes que mi matrimonio con Rebecca fue algo muy precipitado —dijo Víctor —Me hechizó con su belleza, con su elegancia, pero no la quiero. Y ahora estoy convencido de que jamás llegaré a quererla.
Greta se quedó pensativa unos instantes y después dijo:
—Tu mujer no es santa de mi devoción pero sigo pensando que esto es una locura.
—Si te lo he dicho es porque te considero como mi madre —dijo Víctor decidido —Pero no cambiaré de opinión.
—No yo intentaré que lo hagas —Greta se levantó y le dio un beso en la
frente —. Haz lo que creas conveniente, hijo.
Víctor agradeció sus palabras. Le daban fuerzas para seguir adelante porque realmente, no sabía como afrontar lo que se le venía encima.
Agosto de 1920
Se bebió el quinto vaso de brandy. Se sentía el hombre más cruel de la tierra.
Lo que acababa de hacer no tenía perdón humano y mucho menos, divino.
Había arrebatado una hija de los brazos de su madre.
Víctor empezó a sollozar. Era una monstruo, un cobarde.
Sara no le perdonaría jamás. Pero tenía que hacerlo.
Era lo mejor para su hija. Crecería rodeada de lujos y del amor de su padre.
No necesitaría nada más. Respiró hondo. Dentro de unos meses Sara olvidaría todo aquello y las aguas volverían a su cauce. No había nada que temer.
Veinte años después no seguía pensando lo mismo. El destino le había enseñado que las deudas siempre se pagaban, incluso con la vida. Miró los documentos de su escritorio. Tal vez ahora la vida le dejara en paz y le perdonara aquella injusticia. Tal vez.