Hasta que la guerra nos separe Capítulo 13
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Capítulo 13

Livi se despertó con las primeras luces. Se puso un vestido negro que contrastaba con su tez blanca, haciendo que sus ojos resaltaran aún más.

Bajó al comedor y maldijo su suerte cuando vio a Heller sentado en una de las sillas. Quiso dar media vuelta pero la voz de Heller la detuvo.

—Buenos días.

Tenía la voz ligeramente ronca. Livi respiró hondo y se dio la vuelta preparada para enfrentarse a sus ojos negros. ¡Maldición! Había olvidado lo guapo que era.

Heller la miró de arriba abajo. Odiaba admitirlo pero ese vestido le quedaba de maravilla. Tragó saliva con dificultad mientras recordaba el beso que habían compartido en la cocina. Llevaba toda la semana pensando en ello.

Esa muchachita le estaba matando poco a poco y lo que era peor, él deseaba tenerla. La necesitaba.

Era ese deseo lo que le atormentaba. Evitaba cruzarse con ella. Se levantaba al alba y volvía a casa en la madrugada para no tener que verla. Pero hoy la tenía delante de él, mirándole con sus ojos desafiantes.

—Es un milagro verte —le dijo Livi acercándose a la mesa.

El olor dulce de las cerezas inundó todos los sentidos de Heller y el corazón empezó a latirle desenfrenadamente.

—¿Lo sueles hacer con todas las mujeres? —le preguntó Livi, sentándose.

—¿Hacer qué? —preguntó Heller confuso.

—Besarlas y luego desaparecer una semana entera.

Livi tenía una sonrisa en la cara y la Heller la miró atontado. Parecía que se hubiera tomado su beso a broma. Ninguna mujer decía eso sobre sus besos.

—Suelo repetir el beso —dijo Heller, despreocupadamente —. Si me gusta, claro. Hay veces que no vale la pena probar de nuevo.

La había golpeado en el orgullo porque sus ojos azules se tornaron aún más oscuros.

Livi sintió el deseo de darle una bofetada. No tenía experiencia con los besos. Bien. Pero ¿decirle en su propia cara que era pésima besando?

—Parecías estar disfrutando cuando me besaste porque me apretabas muy fuerte —replicó la joven, intentando parecer indiferente.

—Te diré la verdad, ya que insistes tanto —Heller se levantó y se sentó junto a ella —Hay veces que los hombres sentimos…deseos.

La mirada de Heller se posó en los labios carnosos de Livi. Su boca era realmente tentadora.

—Y cuando sentimos deseos —continuó Heller sin apartar la vista de su boca —solemos desahogarnos con la primera mujer que se nos pone delante.

—¿Me estás comparando con una prostituta? —gritó Livi indignada.

—Oh, no te lo tomes tan a pecho, prima —Heller cogió un mechón de su cabello y empezó a retorcerlo en sus dedos. Tenía el cabello más hermoso de la

tierra —. Tan solo fue un beso sin importancia.

La miró con los ojos llenos de diversión.

—¿O acaso para ti fue algo más?

Livi apretó con fuerza los dientes. Era evidente que intentaba provocarla y maldito fuera, lo estaba consiguiendo recordando el beso. ¿Por qué no dejaba de juguetear con su cabello?

Le apartó las manos y se levantó. Un minuto más en presencia de aquel hombre y estallaría. Cuando estaba en la puerta, se volvió y le preguntó, intentado fingir una indiferencia que no sentía:

—Si yo no hubiera sido una judía ¿habría tenido importancia para ti el beso?

La pregunta lo impactó en lo más hondo del pecho y lo dejó confuso y desorientado. Vio la fría mirada de Livi y se estremeció.

Antes de que pudiera contestarle, ella dijo:

—No creo que eso cambiara nada. Tú no puedes amar, Heller. No tienes corazón.

Heller la vio desaparecer y escuchó sus pasos que subían por las escaleras.

Se sirvió un brandy y lo bebió de un solo trago.

Volvió a llenar el vaso. Sentía ganas de subir a la habitación de la pequeña judía y romperle los huesos.

Soltó una risa amarga. Su padre era el culpable de todo.

No debería haberla traído y encima, la había instalado en la que había sido la habitación de Elena.

Se tocó el pecho y sintió el latido de su corazón.

Estaba allí pero solo era una máquina destinada a mantenerlo con vida.

Livia tenía razón. Él no tenía corazón. Pero sí tenía sentido común, cosa de la que su padre, obviamente, carecía.

Apuró el brandy y se dirigió a la biblioteca.

Entró sin tocar la puerta. Buscó entre los cajones de su padre hasta que encontró lo que buscaba.

Tenía que hacer una llamada de última hora.

Un invitado sorpresa.

Marcó el número con dedos que aún temblaban ligeramente, ya fuera por el brandy o por la rabia, no estaba seguro. Esperó tres tonos antes de que alguien respondiera al otro lado.

—Soy Heller Stanescu —dijo, con una voz que había recuperado toda su frialdad habitual—. Necesito un favor para la fiesta de esta noche.

Escuchó la respuesta y una sonrisa fría se dibujó en su rostro. No era una sonrisa de felicidad, sino la de alguien que por fin encontraba la manera de descargar todo el veneno que llevaba acumulando durante una semana.

—Perfecto —dijo antes de colgar—. Lo espero entonces.

Se quedó mirando el teléfono un buen rato, preguntándose si aquello que estaba a punto de hacer era una venganza contra Livi o contra sí mismo, por haber permitido que una simple judía le hiciera perder el control de aquella manera.

No encontró respuesta. Tan solo sabía que necesitaba que ella desapareciera de su vida antes de que fuera demasiado tarde para él.