Hasta que la guerra nos separe Capítulo 12
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Capítulo 12

Heller no había aparecido en toda la semana. Cuando Livi le preguntó a Greta dónde estaba, esta se encogió de hombros y dijo:

—Tal vez esté con alguna mujer.

Observó el rostro de Livi y sonrió.

—Hay muchos corazones rotos por su culpa.

Livi picó las berenjenas con fuerza hasta que sus nudillos se pusieron blancos. No le importaba dónde estaba ni con quién.

—Son berenjenas, Livi, no la cabeza de Heller.

En cuanto oyó el comentario de Greta, Livi dejó de picar. Se mordió el labio pero no levantó la mirada por temor a que Greta reconociera en ellos algún sentimiento.

Greta la cogió de la barbilla y le obligó a mirarla.

—¿Qué pasa entre tú y Heller?

Livi tomó aire y decidió compartir con Greta aquel terrible peso que no la dejaba dormir.

—Heller me besó. Y desde entonces no hago más que pensar en él y maldigo la hora en la que llegué a esta casa porque de haber seguido en el pueblo, estaría mejor y libre de todo lo que Heller me hace sentir.

—Y muerta —añadió Greta—. ¿Cuánto tiempo crees que hubieran tardado las tropas en encontrarte? No hace falta mencionar que siempre hay algún colaborador que da chivatazos. ¿Es eso lo que hubieras preferido, Livi?

La muchacha no contestó.

—En cuanto a lo del beso —continuó Greta —no le des más vueltas. Lo que tenga que sucederá, sucederá, con o sin beso.

Livi abrió los ojos.

—¿Acaso esperas que pase algo más? Yo no pienso dejar que nada más ocurra entre Heller y yo.

—Tú no puedes impedir nada —Greta miró divertida a Livi —Aquí el que manda es el destino.

Y esta vez era muy caprichoso.

Víctor y Grigore compartían un vaso de whisky mientras charlaban en la biblioteca.

—Hace mucho que no hablamos, querido amigo —Víctor sorbió un poco de whisky y se lamió los labios —Delicioso. ¿Has visto a Heller últimamente?

—No, señor.

—Al parecer quiere evitarnos.

—¿Por qué será? —murmuró Grigore removiendo el líquido en la copa.

—Te he oído. No estoy sordo aún.

—Señor —empezó el mayordomo aunque dudó antes de continuar —hay una cosa que me tiene muy inquieto.

Víctor le sonrió alentándolo a que siguiera.

—La reacción de Heller. Estoy seguro de que usted también está de acuerdo conmigo es que es anormal.

—¿Qué quieres decir?

—Señor, Heller odia a la señorita Livi. Lo normal hubiera sido que al día siguiente de llegar a casa hubiera llamado a las tropas para que se la llevaran.

Víctor se quedó pensativo unos instantes.

—No lo hará.

—¿Por qué está tan seguro?

Víctor se encogió de hombros.

—No quiere vernos implicados en escándalos. Imagínate, importante personaje político convierte su casa en asilo para judíos. No, amigo mío, no se arriesgará a perder el respeto de la sociedad.

—Seguramente, tiene usted razón —musitó Grigore.

—¿Hay algo más de lo que quieras hablarme?

Víctor conocía muy bien a Grigore y sabía que tenía algo atragantado.

—No me lo digas. Me preguntarás cuándo pienso decirle la verdad a Livi.

—Señor, cuanto más tiempo pase aquí, peor. Cuando se vaya usted lo pasará mal.

El patrón suspiró.

—Puede que tengas razón. Pero yo le diré la verdad cuando lo considere oportuno —cambió bruscamente de tema—. Necesito pedirte un favor.

—Usted dirá.

—Tienes que encargarte de la fiesta de Navidad.

Grigore enarcó las cejas.

—¿Acaso habrá fiesta este año?

—Me temo que sí. Esta mañana me he encontrado con Andrei Lecca y me preguntó que qué tal iban los preparativos de la fiesta. Al parecer, mi querido hijo está expandiendo la noticia de que tendremos fiesta. ¿Crees que Livi está lista para presentarla en sociedad?

Grigore asintió.

—Más que lista, señor.

Víctor se levantó y se dirigió a la ventana. Las luces de Navidad iluminaban las calles.

—Entonces ya sabes lo que tienes que hacer.

El aire de la noche se colaba por la ventana. Hacía frío y predominaba el olor a leña. La gente había empezado a utilizar las chimeneas. Faltaba tan solo una semana para Navidad. Livi fijó la vista en algún punto lejano mientras escuchaba hablar a Grigore.

—Será una fiesta íntima, como todos los años —señaló el mayordomo.

—No existen las fiestas íntimas, Grigore —le replicó Livi con frialdad—. ¿Cuánta gente habrá?

Grigore se encogió de hombros.

—Depende.

—¿De qué?

—De si Heller invitará a mucha gente. Al fin y al cabo, él ha sido el de la idea.

Livi resopló.

—Me quedo mucho más tranquila. Invitará a toda la ciudad.

Grigore se levantó y le puso la mano en el hombro a su protegida.

—No debe temer nada. Está preparada para enfrentarse a la gente. Posee la inteligencia y la belleza necesaria para encandilarlos.

—Hay veces que pienso que todo el esfuerzo es en vano —susurró Livi —Heller tiene razón, no tengo nada qué hacer aquí.

Grigore tragó saliva y cambió de tema.

—Centrémonos en la fiesta. Necesitará un buen vestido.

—En el armario hay vestidos —señaló Livi.

Cerró la ventana y se sentó en la silla de su tocador. Grigore abrió el armario y examinó con ojos críticos el vestuario.

Livi sabía que tarde o temprano tendría que enfrentarse a la gente. Odiaba admitirlo pero tenía miedo. Miedo de plantarle cara a la vida, de fingir ser quien no era y miedo de ver a Heller. Ese era el verdadero problema. Heller.

—Definitivamente necesita un vestido nuevo.

—Pareces una de esas viejas de mi pueblo —rio Livi —No quiero ningún vestido nuevo.

—Eso es una tontería —espetó Grigore —Usted tendrá un vestido azul precioso a juego con sus ojos.

—De acuerdo —le apaciguó Livi —Lo dejo en tus manos.

El anciano calló durante unos segundos y la seriedad se apoderó de su rostro y de su voz.

—¿A qué le teme, señorita?

Livi se encogió de hombros.

—No soy el tipo de mujer que tiene miedo, pero\…-se levantó y empezó a sacar la ropa del armario. Le gustaba ordenarla cuando estaba triste —Siento que algo va mal. Llámalo intuición, paranoia o estrés pero siento como si algo o alguien me estuviera observando.

Grigore la miró y dijo:

—Bueno, es normal que se sienta así, señorita. Es usted una prófuga.

—No me estás ayudando, Grigore.

—Lo que intento decirle es que deje eso a un lado y se centre en lo que está por venir. Pronto todo acabará.

—Define pronto.

Grigore suspiró. Aquella muchacha era demasiado preguntona.

Livi siguió ordenando los vestidos cuando sintió un ligero mareo.

Se apoyó contra el armario. Sentía que el aire le faltaba.

Miró a Grigore y una sensación de deja vú la invadió.

Cerró los ojos y se vio en la misma habitación con el mayordomo pero Grigore no estaba sentado en la cama sino caminaba de un lado para otro, nervioso, retorciéndose las manos.

Ella estaba sacando su ropa del armario y la metía en una maleta. Sentía las lágrimas resbalar por sus mejillas aunque no sabía por qué razón estaba llorando.

—No puedes marcharte —le suplicó Grigore—. ¿Qué dirá Heller cuando venga?

—No pienso quedarme ni un minuto más en esta casa —dijo Livi.

Pero ella no quería decirle eso. Parecía como si no tuviera el control de su propio cuerpo. ¿Qué demonios pasaba?

—Toda mi vida ha sido una cruel mentira, Grigore.

Sentía un dolor en el pecho al pensar en su padre. No, no estaba pensando en Stefan, pensaba en ¡Víctor!

Metió su ropa en la maleta y la cerró.

—Elena ¡no te vayas! —le rogó Grigore con los ojos bañados en lágrimas.

Livi sintió que su cuerpo entero se volvía gelatinoso. ¡La había llamado Elena! Aquello no era un deja vú ¡era una visión!

—Habla con tu padre, arréglalo.

Grigore la abrazó y Livi sintió el temblor de su cuerpo.

—No se puede arreglar nada. Mi padre me ha mentido toda la vida. Pero lo que más me duele es que tú y Greta me lo hayáis ocultado.

Livi podía sentir el dolor de Elena que le quemaba la piel. El sabor amargo de la decepción le inundó el alma.

—Lo siento — susurró Livi.

Cogió la maleta y salió del cuarto mientras Grigore la llamaba.

—Elena ¡quédate! ¡ Elena!

Livi empezó a toser y sintió que el pecho le iba a explotar. Cuando el ataque de tos cesó vio que estaba tendida en su cama y Grigore le sostenía la mano. La expresión de preocupación que Livi veía en sus ojos era la misma que había tenido cuando Elena se había marchado.

—Señorita ¿está mejor? —le preguntó Grigore inquieto.

—¿Qué ha pasado?

Livi se intentó levantar pero Grigore se lo impidió.

—Se ha desmayado.

Livi lo miró incrédula.

—Eso no puede ser. Yo jamás me he desmayado.

—Lo mismo dijo cuando se tropezó ¿se acuerda? —Grigore le tocó la frente para comprobar si tenía fiebre —Se puso pálida y cayó al suelo.

—¿Cuánto tiempo he estado inconsciente? —quiso saber la muchacha.

—Unos cinco minutos. ¿Seguro que se encuentra bien?

Livi asintió firmemente.

—No le cuentes nada de esto a don Víctor. No quiero que se alarme.

—Bien —el mayordomo le tomó el pulso. —Voy a traerle un calmante.

Livi lo miró recordando su visión. Elena estaba dolida por su engaño. Aún podía sentir el dolor de su corazón. Pero ¿qué podría haber sido tan grave como para que ella decidiera marcharse? ¿Qué era eso tan horrible que Víctor le había ocultado?

Grigore la estaba mintiendo. Greta también. Ahora estaba completamente convencida de que Elena le estaba mostrando la verdad de lo que pasó. Tal vez hubiera alguna conexión entre ellas. Pero ¿dónde estaba ella? ¿Por qué nadie le decía nada sobre ella?

Grigore volvió después de unos minutos con un té de manzanilla.

—Le ayudará a dormir.

Livi se lo tomó y al instante sintió que el sueño se apoderaba de ella. Grigore la arropó y le deseó dulces sueños como si de una niña pequeña se tratara. A lo lejos se oían truenos. Livi se quedó dormida pensando en la tormenta que tendría que afrontar en los próximos días.