Hasta que la guerra nos separe Capítulo 11
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Capítulo 11

Heller no supo quién era ni que hacía en esa cama. Tardó un momento en recuperarse. Agradeció ver las cortinas cerradas. El mínimo rayo de sol lo hubiera matado, eso teniendo en cuenta que fuera de día, claro.

Se sentó en la cama e intentó recordar lo que había pasado. Se vio a sí mismo bebiendo con Radu, en un bar, con unas mujeres…Llevaba días intentando hablar con el padre de Radu sobre la sucia judía pero no había tenido el valor. Cada vez que abría la boca, se quedaba paralizado.

No recordaba nada más y tampoco recordaba haber llegado a la cama.

Se miró a si mismo y arrugó la nariz. Apestaba a alcohol. Se levantó despacio temiendo que se le fuera a abrir el cráneo por el dolor. Decidió dejar las cortinas cerradas por si cambiaba de opinión y se metía otra vez en la cama.

Se despojó de la ropa y, cuando se quitó la camisa detectó un ligero olor a cerezas que no era suyo y seguramente, tampoco de Radu.

Heller inspiró profundamente ese olor tan dulce, como una suave brisa.

Arrugó el ceño desconcertado. ¿Con qué mujer había estado anoche?

Aunque el olor le parecía familiar, no conseguía identificar a la portadora. Después de asearse, bajó al comedor que estaba vacío. Se dirigió a la cocina con la intención de sobornar a Greta para que le preparara unos huevos con jamón pero la escena de la cocina lo dejó sin habla.

Se apoyó en el marco de la puerta y cruzó los brazos.

Era raro que una escena tan cotidiana pudiera parecer tan fuera de lugar.

Livi estaba mezclando ingredientes en un bol de cristal.

Toda la mesa estaba llena de cerezas y la cara de Livi estaba empapada de, lo que supuso Heller, sería harina.

Llevaba el cabello recogido en un moño pero algunos bucles se escaparon y le enmarcaban el rostro.

Llevaba un vestido blanco y Heller tragó saliva.

Era demasiado bella para ser judía y sin embargo, lo era. Era demasiado hermosa para estar condenada a morir y sin embargo, lo estaba. ¿Cómo sería tocarla? ¿Besar sus labios?

Heller sacudió la cabeza con violencia. El alcohol le había afectado las neuronas.

—Te sienta bien ser chacha —comentó, entrando en la cocina.

Livi levantó la vista y pensó que se veía bastante bien teniendo en cuenta su borrachera de la noche anterior. No hizo caso del comentario y tampoco del maravilloso olor a colonia que despedía su cuerpo y siguió amasando la masa para los pasteles. Sintió la mirada de Heller clavada en ella.

Este cogió una silla y se sentó al lado de Livi, observando sus movimientos.

—¿Qué estás preparando? —quiso saber Heller.

—Pastel de cerezas —Livi echó dos cucharadas de azúcar en la mezcla—. Espero que esté lista para la cena.

—Ajá —Heller cogió una manzana del frutero. Le encantaban las cerezas —. Pues espero que te salga bien. Papá es muy exigente con la comida.

Heller se acercó a ella y la olfateó. Olía a cerezas. Maldición, era su olor.

—¿Estuvimos juntos anoche? —le preguntó, temeroso de oír la respuesta.

—Sí —Livi se estremeció al recordar la mano de Heller sobre su pecho —Me dijiste que querías llegar a tu cama. Yo te ayudé y bueno…-suspiró exageradamente —Pasó lo que tenía que pasar.

Le costó no reírse mientras observaba la expresión de temor que había adquirido el rostro de Heller.

—No pasó nada —afirmó convencido este —No recuerdo que pasara nada.

—Oh, pasó —aclaró Livi muy seria —En cuanto llegamos a tu cuarto empezaste a meterme mano. Yo quería irme pero tú no me dejabas. Así que acabamos haciendo el amor locamente.

Se calló esperando ver la reacción de Heller pero este la miraba con ojos fríos. Finalmente dijo:

—Si ya compartimos cama anoche, no te importará que haga esto.

Livi no supo cómo, pero de repente, sintió unos labios encima de los de ella que la apretaban con fuerza.

Las manos de Heller le rodearon la cintura.

No supo qué hacer. La boca de ese hombre era deliciosa.

Y parecía tan ansioso que Livi le dio lo que buscaba.

Respondió al beso con la misma ansiedad y un estremecimiento le recorrió la espalda cuando Heller le abrió los labios para introducir su lengua en su boca.

Livi estaba perdiendo la noción del tiempo.

Heller sabía que no debía besarla y mucho menos, de aquella manera pero no podía parar.

Su sabor a cerezas era adictivo. La apretó aún más contra su cuerpo y siguió besándola.

Sus cuerpos encajaban a la perfección y Heller sintió deseos de quitarle el vestido.

La apretó contra la mesa y separó su boca de la de ella.

Tenía los ojos cerrados y la piel de un delicioso color rosa.

La realidad lo golpeó y se apartó de repente. Salió deprisa de la cocina sin decir nada y dejando a Livi, literalmente, con la boca abierta.

Había perdido el control como un estúpido adolescente. Se sentía sucio y avergonzado. Besar a esa judía había sido un error. Cerró los ojos pero la imagen de Livi con la piel sonrosada le perseguía. Su olor lo había hechizado.

Esa mujer no era normal. Obviamente no lo era. Era judía. Representaba todo aquello que él odiaba.

Su mente vagó en el pasado y encontró un recuerdo lejano.

Estaba sentado en su habitación mirando fijamente a una joven de cabello oscuro mientras esta se cepillaba el pelo y le decía tan tranquilamente:

—Estoy enamorada de él, Heller y nada ni nadie podrá cambiar eso.

—Sé que ahora piensas eso —dijo con disgusto —pero estoy seguro de que no es amor. Seguramente, sea un capricho o impacto visual…

—Tú no sabes nada de amor, Heller —le interrumpió su hermana y le clavó sus ojos negros—. ¿Alguna vez te has enamorado? ¿Has sentido que el mundo dejaba de existir?

Heller negó con la cabeza enérgicamente. No sabía qué hacer para quitarle a su hermana esa absurda idea de la cabeza. Elena estaba empeñada en aferrarse a ese amor.

—Papá nunca aprobará esa relación y lo sabes —le dijo en voz grave pero tierna —No quiero que sufras, pequeña. Eres lo que más me importa en la vida.

Su hermana le dio un suave beso en la frente.

—No sufriré, Heller. Ten por seguro que no lo haré.

En aquel momento había llegado a creer que ella sería feliz con aquel muchacho.

Se la veía tan llena de vida, tan llena de amor que Heller decidió apoyarla en su intento de convencer a su padre de que le permitiera salir con el joven.

Y todo habría ido bien pero Elena había decidido marcharse de casa precipitadamente.

El dolor le golpeaba el pecho como un martillo incesante.

Todo había acabado aquel día. Su vida, sus sueños…Tan solo sentía rabia y dolor en su alma. Por eso se había convertido en un asesino. Un monstruo, según Radu.

Livi volvió a su mente y se juró que iba a hacer que desapareciera de su casa. Tenía que conseguir que las tropas se la llevaran. Y la fiesta era la ocasión perfecta para hacerlo.

Livi siguió amasando la masa y se obligó a poner la mente en blanco aunque era imposible.

Aquel beso estaba fuera de lugar. Y sin embargo, se había producido.

Aquel leve contacto entre ellos que hizo que nada existiera, ni judíos, ni nazis, ni guerra…

Livi cerró los ojos al recordar su sabor a manzana ácida. La manzana prohibida.

Definitivamente, Heller le había despertado sentimientos insospechados que ella no pensaba siquiera que existían.

Suspiró y se limpió las manos. Alguien tenía que prohibir que se dieran besos como aquellos.

Livi no sabía mucho de besos pero en el que había compartido con Heller había sentido una necesidad inexplicable. Cerró los ojos e intentó calmarse.

En cuanto tuviera la nueva identidad se marcharía de allí si no quería perder la cabeza. Aunque era posible que ya la hubiera perdido.

Por la tarde, mientras Greta organizaba a los criados que iban llegando para ayudar con los preparativos de la fiesta, Livi se cruzó con Heller en el pasillo de la planta de arriba.

Él llevaba el cabello todavía húmedo y una camisa a medio abrochar, como si se hubiera vestido deprisa al oírla llegar.

—Sobre lo de esta mañana —empezó él, con la voz más baja de lo habitual.

—No hace falta que digas nada —lo cortó Livi, intentando que su tono sonara más firme de lo que se sentía—. Fue un error. Los dos lo sabemos.

—Sí —convino Heller, aunque algo en su mirada decía lo contrario—. Un error.

Se quedaron mirándose un instante demasiado largo para tratarse de dos personas que acababan de coincidir en repudiar lo sucedido. Fue Livi quien rompió el silencio, bajando la vista hacia el suelo.

—¿Algo más, señor Stanescu?

—No —respondió él, y por primera vez desde que Livi lo conocía, pareció que mentía—. Nada más.

Livi pasó junto a él procurando que sus brazos no se rozaran, aunque sintió el calor de su cuerpo como si la hubiera tocado.

Heller se quedó parado en el pasillo mucho después de que ella hubiera desaparecido escaleras abajo, maldiciéndose por no haber sido capaz de decir lo que de verdad quería decir.