Hasta que la guerra nos separe Capítulo 10
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Capítulo 10

—¿Qué quería la señorita Livi? —inquirió Grigore mientras se pelaba una manzana.

—Nada en particular —Greta estaba metiendo el conejo en el horno —. Estuvo comiendo unos pasteles y mostró curiosidad por la historia de la familia.

Greta vio la inquietud en los ojos de Grigore y se apresuró a tranquilizarlo.

—No he mencionado a Elena, si es eso lo que te preocupa. Sé cuando callarme.

—Bien, porque ya sabes lo que nos dijo Víctor. Será él mismo el que se lo dirá a su debido momento. Aún es muy pronto, solo lleva unos días en esta casa.

—¿No te preocupa que Heller se lo diga a Livi?

Grigore mordió la manzana. Estaba dulce. Greta haría una fantástica tarta con ellas.

—No —respondió tras masticar —No creo que Heller hable. Ya sabes cómo odia tocar ese tema.

Vio que Greta fruncía el ceño.

—¿Qué te preocupa, mujer?

Se conocían mutuamente muy bien y Greta no podía ocultarle nada.

—Me da miedo que Heller llame a la Guardia de Hierro. Esa pobre muchacha no tiene la culpa de ser judía.

Grigore se quedó pensativo unos instantes.

—Es tan parecida a Elena —murmuró el mayordomo —. Es como si esta casa volviera a tener vida.Greta sonrió. Grigore tenía razón. Esa muchacha era especial.

—Si Heller acude a la Guardia tendremos que atenernos a las consecuencias —dijo la anciana.

Pero esperaba que no lo hiciera. Por el bien de todos.

—Me alegra ver que no has olvidado a tus viejos amigos.

Heller miraba a Radu mientras este le servía un vaso de brandy. No había cambiado nada en el último año. Aquel hombre de cara angulosa, pelo rubio y ojos avellana había sido su mejor amigo desde la escuela. Radu era hijo de un importante ministro y enseguida hicieron buenas migas.

—Ya sabes que siempre me ha gustado tomar una copa contigo.

Radu le palmeó la espalda y se sentó en el brazo del grueso sillón de piel que había en el centro de la habitación.

—Y tú sabes que siempre serás bienvenido a mi casa. Cuéntame ¿cómo estás?

Heller removió el brandy y después se lo echó por la garganta.

—Bien, o al menos eso creo.

Radu enarcó las cejas.

—Creo que es la primera vez en toda mi vida que te veo dudar. ¿Puedo preguntar cuál es la razón?

Heller dudó. No quería decirle a Radu que tenía a una judía viviendo en su casa aunque ese era el motivo principal de su visita. El padre de Radu era la mano derecha del general Antonescu. Tenía que decirle lo que estaba pasando.

—¿Es alguna mujer? —preguntó Radu—. Oh, vamos, no creo que sea tan guapa como para haberte quitado la razón. ¿O sí?

Heller recordó los ojos azules y esa boca tan tentadora. Maldición, cualquier hombre podría enamorarse de aquella judía. Era perfecta, hermosa. Pero era una sucia judía. Entonces ¿por qué no lograba quitársela de la cabeza?

Desde que la había visto, parecía incapaz de pensar en otra cosa. Era la mujer más hermosa que había conocido en toda su vida, y mira que había estado con muchas, Pero esta en particular, tenía algo que no le dejaba pensar con claridad.

—Es muy hermosa, no te lo negaré. Pero ella no es importante. En realidad, tengo un problema. Es la primera vez en mi vida que quiero hacer algo, sé que debo hacerlo pero no puedo.

Radu se rio a carcajadas, lo que hizo que Heller frunciera el ceño disgustado.

—¿Qué te hace tanta gracia?

—Que seas precisamente tú el que me diga eso —Radu se inclinó hacia adelante y dijo en un susurro—. ¿Dudas acaso cuando matas judíos? ¿Cuándo dejas muertos detrás de ti? ¿Cuándo matas niños?

—¿Desde cuándo te interesan a ti esos animales? —le preguntó Heller secamente —Tú también hiciste lo mismo.

Radu chasqueó la lengua.

—Hay una diferencia entre tú y yo, amigo.

—Ilumíname —dijo Heller, sarcástico.

—Yo mataba por obligación, porque me obligaron a alistarme en las tropas. Tú, en cambio, matas por venganza, puede que hasta por placer. Te gusta ver el sufrimiento en los ojos de tus víctimas.

—Eso me convierte en un monstruo, según tú —Heller se levantó y se sirvió más brandy.

Radu le indicó que también le sirviera a él.

—En todo caso, los dos seríamos igual de monstruos, ¿no crees?

Su amigo asintió vagamente.

—Cambiemos de tema —propuso Radu—. ¿Para qué querías ver a mi padre?

Heller se quedó mirando al vacío unos segundos y después dijo:

—Nada importante.

—¿Cuándo será la fiesta?

—¿Qué fiesta? —preguntó Heller desconcertado.

—Vuestra fiesta de Navidad. ¿Recuerdas? Soléis organizarla todos los años.

Heller soltó una carcajada y le dijo a Radu divertido:

—Lo que tú quieres es ver a las mujeres que están solteras.

Radu fingió indignación.

—No puedo creer que mi mejor amigo piense que soy un mujeriego.

—No lo creo, lo sé con certeza.

No había pensado en la fiesta y seguramente, su padre tampoco. De hecho, no había podido pensar en nada que no fuera la maldita judía. Una idea cruel le vino a la cabeza y sonrió malvadamente.

—Amigo mío, eres un genio —le dijo a Radu —Por supuesto que habrá fiesta.

—Ese es mi amigo —aplaudió Radu entusiasmado.

Iba a ser una fiesta inolvidable. Sobre todo para su querida prima recién

llegada de Francia.

Livi se puso un camisón azul que le llegaba hasta las rodillas y se metió en la cama.

Encendió la pequeña lámpara de su mesita de noche y se quedó mirando el techo.

Heller llevaba tres días sin aparecerse por la casa.

Nadie sabía nada de él. Mejor para ella.

Así no la molestaría con comentarios desagradables.

Había sido un día agotador. Las clases eran exhaustivas pero estaba aprendiendo mucho y ya podía mantener una conversación en francés.

Grigore estaba haciendo un buen trabajo.

Su mente volvió a pensar en la hija de Victor.

¿Por qué escondían la existencia de Elena?

Todo era muy extraño. Apagó la luz y se quedó dormida repasando las ciudades francesas.

Se sentía nerviosa. Sentía que el vestido le apretaba o ¿era por los nervios?

Respiró un par de veces y entró en un gran salón lleno de gente. Vio a su padre que le sonreía y a Heller. Todas las cabezas se volvieron hacia ella y empezaron a aplaudir. Heller se le acercó y la cogió de la mano. Su hermano le susurró al oído:

«Estás preciosa, Elena.»

Livi se despertó sobresaltada. Estaba sudada y temblorosa. Aquel sueño había sido tan real. Ella era la que estaba en esa fiesta y sin embargo, Heller la había llamado Elena.

Una idea ridícula se le cruzó por la cabeza. ¿Y si la muchacha que había visto en las dos ocasiones anteriores era Elena?

Tal vez intentaba decirle algo. Livi sacudió la cabeza.

Se estaba dejando llevar por su imaginación.

Seguramente había alguna explicación lógica, tan solo tenía que esperar el momento adecuado para plantearle sus preguntas a Grigore.

Intentó volver a dormir pero le fue imposible conciliar el sueño de nuevo.

Se levantó y decidió ir a la cocina a coger un vaso de agua.

Bajó las escaleras despacio para no hacer ruido.

En la casa había un ligero olor a vainilla y Livi se preguntó si quedaría algún trozo de pastel de manzana que Greta había preparado.

Bebió dos grandes vasos de agua y comió un trozo de pastel.

El reloj del comedor marcaba las dos y media de la madrugada.

Cuando salió de la cocina, escuchó un estruendo en la puerta de la entrada.

Se dirigió hacia allí temblorosa y cuando llegó, vio a Heller tendido en el suelo riendo como un niño pequeño.

Livi se quedó asombrada ante aquel sonido, tan melodioso y tan seductor.

Heller levantó la mirada y la posó en ella. Mejor dicho, en sus piernas. Sonrió y dijo:

—Prima, menos mal que estás aquí. Estaba por llamar a Grigore pero creo que estará dormido.

—La gente suele dormir a las dos de la madrugada —replicó Livi, sarcástica.

Heller volvió a reírse por lo bajo y Livi no pudo evitar sentirse atraída por ese sonido tan nuevo.

La luz de la calle iluminaba su rostro. Livi se acercó despacio y lo observó.

¡Heller se había quedado dormido! Estaba tan tranquilo, no tenía signo alguno de enfado en su rostro.

Livi se agachó junto a él. Tenía ganas de tocar su piel, sus labios…

Todo en aquel hombre era perfección. Bueno, no todo, pensó amargamente.

—¿He pasado la inspección?

La voz de Heller la sobresaltó. Este abrió los ojos y le clavó una mirada llena de… ¿de qué? Livi no conseguía descifrar lo que ocultaban sus negros ojos.

Se levantó dispuesta a marcharse pero la voz lastimera de Heller la detuvo.

—Sabes, en otras circunstancias no te pediría esto pero necesito llegar a mi cama.

—Tienes piernas. Camina.

—Normalmente lo haría pero no sé si te has dado cuenta, cariño, que estoy borracho como una cuba.

La palabra «cariño» hizo que Livi se estremeciera. Suspiró resignada y lo intentó levantar.

—Deberías poner de tu parte —rugió entre dientes.

Puso la mano de Heller encima de su hombro y lo fue arrastrando hasta las escaleras.

—Tengo ganas de vomitar —gimió Heller dejándose caer en la escalera.

Livi ahogó un grito. Hasta borracho la sacaba de quicio.

—¡Arriba!

Volvió a levantarlo y subieron poco a poco las escaleras.

A Livi le pareció toda una eternidad llegar hasta arriba.

¿Y si lo dejaba dormir en el pasillo? No le iba a pasar nada.

Tan solo un dolor de espalda. Se mordió los labios mientras su conciencia luchaba con las ganas de dejarlo tirado.

Finalmente, la primera ganó y Livi volvió a levantarlo.

Miró las seis puertas y cayó en la cuenta de que no sabía cuál era la habitación de Heller.

Se lo preguntó pero el muy desgraciado se había quedado dormido.

Empezó a abrir puerta por puerta hasta que la encontró.

Estaba justo al lado de la habitación de Livi.

En cuanto abrió la puerta la inundó un suave olor a tabaco mezclado con colonia.

Estaba oscuro pero Livi pudo distinguir la silueta de la cama.

Intentó soltar a Heller pero este la tenía agarrada del camisón y acabó cayéndose encima de él.

Livi lo maldijo y su corazón empezó a latir a mil por hora cuando la mano de Heller se quedó descansando en uno de sus pechos. ¡Por Dios! ¡La estaba violando estando dormido!

—Aparta esa mano, idiota —le gruñó Livi.

Se levantó y cogió una manta para taparlo. Heller empezó a removerse inquieto y dijo:

—Elena, no te vayas…

Livi se quedó mirándolo. Había pronunciado el nombre de Elena. Le apartó un rizo de la frente y le preguntó suavemente:

—Heller ¿dónde está Elena?

Esperó respuesta pero no llegó. Heller estaba dormido como un tronco. Livi lo miró una vez más y se fue a su cuarto. Tenía que cambiarse de camisón.