Capítulo 9
El olor a canela y manzana asada llegó hasta el pasillo mucho antes de que Livi entrara en la cocina.
Llevaba tres semanas en aquella casa y todavía no se había acostumbrado al lujo de tener una cocina entera dedicada a alimentar a tres personas.
En el pueblo, su madre cocinaba en un solo puchero que servía para todo: sopa, guiso, hasta para hervir agua para lavarse.
Empujó la puerta y encontró a Greta sacando una bandeja del horno con las mejillas encendidas por el calor.
—Justo a tiempo —dijo la anciana sin volverse, como si hubiera olido a Livi antes de verla—. Siéntate, que esto hay que comerlo caliente.
Greta la miraba complacida mientras Livi se metía en la boca el quinto trozo de pastel de manzana.
—Tómate un vaso de zumo —le ofreció Greta.
—Como siga comiendo así me tendrás que arreglar todos los vestidos y añadirles tres tallas más —bromeó Livi con la boca llena.
Livi se limpió las migas y esperó a que Greta se hubiese sentado a su lado. Tenía que tener mucho cuidado al hacer las preguntas.
—Bien, ya estás alimentada —. Greta se sentó enfrente de Livi —. Supongo que habrás venido a buscar a Grigore para las clases cuando te he tentado con mi pastel.
—Tentado es poco decir. Creo que en el paraíso no tengo plaza.
Greta se rió de buena gana y Livi aprovechó el momento. Greta la estaba tuteando lo que indicaba un claro acercamiento.
—¿Te acuerdas que el otro día te dije que me contaras algo sobre Víctor?
—Sí.
—Pues ¿podrías hablarme sobre todos? Tu llevas mucho tiempo con ellos ¿verdad? Me he dado cuenta de que te quieren mucho.
Livi vio que la mirada de Greta se alejaba.
—Yo tenía quince años cuando mis padres entraron a trabajar en esta casa, poco antes de que Víctor naciera. El señor Stanescu, que también se llamaba Víctor, los había contratado. Mi madre sería la encargada de cuidar del pequeño heredero en cuanto naciera y mi padre iba a ser el mayordomo.
—Me acuerdo que el primer día que llegué a esta casa tenía mucha hambre.
Llevaba todo el día viajando y no había probado bocado.
Me tuve que quedar fuera mientras mis padres hablaban con el señor Stanescu.
Mi estómago protestaba y sentía que me desmayaría de un momento a otro.
Entonces vi una pequeña puerta trasera y, sin pensármelo dos veces, corrí hacia ella con la esperanza de encontrar algo de comida.
Efectivamente, encontré comida, ya que la puerta daba a la cocina. Ya te imaginarás.
Livi rió ante la imagen de Greta atiborrándose de comida.
—Entró una señora a la cocina. No podía ser la cocinera, pensé en aquel momento.
Era demasiado guapa y muy elegante. Estaba segura de que me echaría a patadas de allí.
Mis padres perderían el empleo por culpa de mi maldita barriga.
La mujer me miró fijamente unos segundos que me parecieron una eternidad y después dijo con voz amable y sonriendo:
»—Me parece que hay tarta de chocolate en la despensa.
»Así fue como conocí a la madre de Víctor.
Una mujer como pocas. Claro está, mis padres consiguieron el empleo y cada domingo preparábamos tarta de chocolate.
El parto de la señora Gabriela había sido muy difícil y se llegó a temer por su vida.
Pero con el cuidado de mi madre y de su marido pronto estuvo como nueva.
El señor Stanescu dio una gran fiesta por el nacimiento de su hijo.
Estaba loco de felicidad y no paraba de reír.
Creo que fue la única vez que lo llegué a ver feliz.
El niño era hermoso y enseguida le cogí cariño.
Pero cuando Víctor cumplió siete años, su madre enfermó de una pulmonía y, desgraciadamente, falleció.
Todos estábamos muy dolidos. Había sido una gran mujer.
El niño parecía ajeno a todo aquel dolor, y bien que hacía.
Juré que jamás lo abandonaría. Y aquí estoy, después de tanto tiempo.
Así que esa era la historia del viejo amo, pensó Livi. Tenía que aprovechar que Greta estaba habladora y le siguió preguntando.
—¿Qué pasó después?
Greta suspiró ruidosamente y la tristeza invadió su voz cuando contestó:
—Desgraciadamente, tras la muerte de doña Gabriela, el amo se cerró en un caparazón de hierro.
Se alejó de todos y apenas si veía al niño.
Trabajaba todos los días sin descanso. Mi padre dijo una vez que el patrón se estaba muriendo con cada hora que pasaba.
El niño creció rodeado de profesores particulares.
Era muy inteligente y se convirtió en un muchacho listo, curioso y deseoso de ser alguien grande.
—Por eso se interesó por la política —comentó Livi.
—En efecto —convino Greta—. Víctor se dio cuenta de que la política era su vida.
»Cuando creció, tomó las riendas de su vida y decidió marcharse fuera, concretamente a Alemania, a seguir su formación política.
Volvió al cabo de unos años y, para sorpresa de todos, casado con una dama alemana llamada Rebecca.
Era hermosa, con unos preciosos ojos verdes.
Pero su corazón estaba lleno de veneno y maldad.
Nunca estuve de acuerdo con ese matrimonio.
Yo estaba segura de que lo único que esa tal Rebecca quería era el dinero de Víctor.
Poco después de que ellos llegaran, mi patrón murió.
Estaba cansado de vivir y la muerte para él fue un descanso.
Víctor, como único hijo, pasó a ser el heredero total de su fortuna.
Rebecca estaba en la gloria. Ciertamente, cualquiera que la veía pensaba que era una mujer perfecta, siempre tan atenta y amable.
Pero era una víbora. Poco después de adueñarse de la casa despidió a mis padres.
Víctor les pagó muy bien los años de servicio y vivieron de maravilla hasta que se murieron.
Fue entonces cuando Rebecca contrató a Grigore.
»Víctor avanzaba en su carrera política y Rebecca seguía gastando el dinero en viajes, ropa y fiestas.
Greta tomó una pausa para beber un sorbo de agua y reanudó su historia.
—Después de unos tres años, Rebecca quedó embarazada y dio a luz a un niño. Decidieron ponerle un nombre alemán y optaron por Heller, el nombre del padre de Rebecca.
—Imagino que Víctor también dio una gran fiesta cuando nacieron sus hijos, ¿verdad? —dijo Livi, bebiendo un poco de zumo—. Sobre todo al nacer Heller, por ser varón.
—Desde luego —contestó Greta, cayendo así en la trampa de Livi—.
Estaban eufóricos. Al igual que su padre, Heller era un niño adorable.
Rebecca no era la mejor madre del mundo, pero al menos lo intentaba.
Víctor se desvivía por su hijo. Cuando Heller creció, también se metió en la política.
Hace unos cinco años, la señora Rebecca murió de un infarto, y después de eso Heller decidió ir a Alemania para ver las propiedades que su madre le había dejado.
Volvió el año pasado y parecía que todo iba bien, pero Heller tomó una decisión equivocada, al menos eso era lo que yo pensaba.
Se metió en la Guardia de Hierro, y desde entonces casi no lo vemos.
—Señorita ¿está sonsacándole información a una pobre cocinera que de lo único que es culpable es de preparar una comida deliciosa?
Livi se dio la vuelta y vio a Grigore en el umbral de la puerta. Le ayudó con las bolsas y le dijo:
—Voy a estar arriba preparándome para las clases. Gracias por los pasteles, Greta.
Le lanzó un beso a la anciana y salió corriendo. Había averiguado la historia de la familia y lo más importante, Greta le había confirmado, sin saber, que Víctor había tenido una hija.
Y Livi sabía que esa hija era Elena.