Hasta que la guerra nos separe Capítulo 8
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Capítulo 8

Livi se despertó de mal humor al día siguiente ya que toda la noche había soñado con el maldito Heller. Se quedó unos minutos en la cama repasando los acontecimientos del día anterior. Seguía sin entender por qué nadie le había hablado de la hija de Víctor.

Se levantó para asearse y, cuando se dirigió al espejo para cepillarse el pelo, se quedó petrificada.

Sus ojos ya no eran azules sino negros, tristes y sin vida.

Livi se acercó más al espejo intentando descubrir qué era lo que sucedía.

Ella no era aquella muchacha del espejo.

Cerró los ojos con la esperanza de que la imagen se desvaneciera pero cuando los abrió seguía estando allí.

De repente, la joven del espejo le dedicó una enorme sonrisa que le iluminó el rostro y la llamó con la mano.

—¿Quién eres? —preguntó Livi, temblando.

Pero la joven no le contestó y desapareció. Livi se frotó los ojos. ¿Qué demonios pasaba? ¿Se estaba volviendo loca?

Era la misma muchacha que había visto de pie ante la puerta de la biblioteca el día anterior.

Se vistió rápidamente y salió corriendo de la habitación.

Cuando pasó por delante de la biblioteca la puerta se abrió y una mano la cogió.

Livi juró por lo bajo. Heller la había estado esperando.

Livi lo miró y deseó que no fuera tan guapo.

—Tú no deberías estar aquí —le dijo amenazador, clavándole el índice en el pecho.

Livi soltó el aire que había estado conteniendo.

—En eso estamos de acuerdo —le dijo al hombre —. No debería estar aquí.

Heller la miró contrariado.

—Si opinas así ¿por qué sigues aquí?

—Porque la última voluntad de mi padre fue que el señor Víctor me protegiera.

Heller la miró durante unos instantes y después se marchó.

Livi se frotó el sitio donde Heller le había clavado el dedo. Tenía que tener mucho cuidado con él. Ella era la Caperucita y Heller, el lobo. Pero no habría cazador alguno que pudiera salvarla si Heller la comía.

Heller no desayunó con ellos así que Livi pudo disfrutar tranquila de su leche y sus tostadas. Después de desayunar, Víctor la llamó para hablar con ella en la biblioteca.

Tras ayudar a Greta a recoger todos los platos, se dirigió hacia allí. Tocó suavemente la puerta y oyó un «pasa». Como siempre, Víctor estaba rodeado de una nube de humo. Livi pensó que era como si un aura de misterio lo envolviera. Se sentó y Víctor le regaló una sonrisa.

—Verás, Livi ¿no te importa que te llame Livi?

La muchacha negó con la cabeza.

—Está usted de muy buen humor —observó la joven—. ¿Se debe a la llegada de su hijo o hay algo más?

—Eres muy perspicaz, niña. Efectivamente, hay algo más y por eso te he hecho venir. Pero antes, quiero que me digas cómo estás.

—Bien —Livi cogió un caramelo de menta de la mesa y se lo metió en la boca—. Tengo una casa, un techo, no estoy muerta…

—La llegada de Heller te ha afectado.

Era más una afirmación que una pregunta. Livi se encogió de hombros.

—Intentaré no perder la cabeza y explotar. Aunque no le prometo nada. Este hijo suyo es muy prepotente. «Y asquerosamente guapo», añadió Livia mentalmente.

—Si tienes algún problema con él, por favor, házmelo saber —le pidió Víctor.

El hombre se levantó de repente y se dirigió a la ventana.

—Hace un día agradable —comentó —. Tal vez un día de estos salgamos. Tienes que conocer la ciudad. Es una preciosidad.

Livi suspiró.

—No dudo de que lo sea pero la Guardia anda por ahí. ¿No me dijo usted mismo que no tenía que arriesgarme?

Víctor la miró sonriendo.

—Vas a tener un regalo por Navidad.

Vio que la curiosidad inundaba los ojos de Livia y siguió:

—Dentro de un par de semanas dejarás de ser Livia Petrovici para convertirte en Livia Stanescu.

Livi rió suavemente.

—Eso es imposible a menos que vuelva a nacer.

—Nunca subestimes al ser humano —dijo Víctor, con voz grave —. En esta vida todo tiene solución, menos la muerte.

Livi se estremeció al oír las palabras tan serias de Víctor.

—Tengo mis contactos —retomó Víctor —. Si sabes con quien tratar, pueden hacerte renacer diez veces. Hoy en día, todo funciona con dinero.

Livi percibió la decepción en el tono de Víctor.

—En cuestión de semanas, dispondrás de una nueva identidad.

Livi tenía la boca abierta por el asombro. ¿Todo eso era posible? Claro que sí. El dinero era el arma más poderosa.

—¿Significa eso que podré volver al pueblo? —preguntó esperanzada.

—No, señora —espetó bruscamente Víctor —. Esos papeles te garantizan una identidad nueva pero no que estés completamente segura.

—Con una identidad nueva nadie se meterá conmigo.

—¿Ya me quieres perder de vista? —preguntó Víctor, divertido.

—No quiero causarle más problemas.

—Pues entonces limítate a hacerme caso y quédate aquí. Tu padre te dejó a mi cargo y pienso ser el mejor tutor del mundo. Cuando las cosas se tranquilicen serás libre de marcharte.

Víctor miró el reloj de oro de su muñeca derecha.

—Livi, siento prescindir de tu grata compañía pero debo atender un compromiso.

Livi se levantó y cuando estuvo a punto de salir, se dio la vuelta y le preguntó a Víctor:

—Señor, ¿conoce usted a una mujer llamada Elena?

Livi vio que la emoción invadía los ojos de Víctor.

—No —contestó este —. No conozco a nadie con ese nombre.

Livi salió y se dirigió como una tormenta a la cocina. Víctor la había mentido. Greta también le había ocultado la existencia de una hija. Aún no sabía por qué pero pronto lo averiguaría.