Hasta que la guerra nos separe Capítulo 7
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Capítulo 7

—¿Me estás diciendo que la invitada especial es judía?

Víctor miró la cara de su hijo. Heller estaba furioso.

—Sí. Es una judía y te agradecería que cerraras el pico y no gritaras tanto —respondió tranquilamente.

Heller soltó un bufido. Aquello no podía estar pasando. Su padre había acogido a una sucia judía. En su propia casa, bajo el mismo techo que él. Dios, aquello era surrealista. Él mataba judíos, no dormía con ellos.

—Voy a llamar a la Guardia enseguida —dijo Heller —Hay que hacer que desaparezca.

Víctor dio un puñetazo en la mesa.

—Tú no harás nada de eso porque te lo prohíbo. Livia se quedará aquí el tiempo que haga falta. Es mí deber cuidarla y protegerla.

Heller lo miró incrédulo.

—Pero, padre, ¿te das cuenta de lo que pasará cuando todo el mundo se entere de esto?

Víctor se encogió de hombros, indiferente.

—No tienen por qué enterarse, a menos que tú abras esa boca.

Heller lo miró intentado averiguar cuándo su padre se había vuelto loco. Arriesgarlo todo por una amistad era una estupidez. ¿Qué diría la gente? El gran Stanescu acogiendo judíos en su propia casa. Bien. Acabaría con todo aquello en ese mismo instante.

Eran casi las siete y media de la tarde. Livi no había salido de su alcoba en todo el día. Se sentía nerviosa ante la perspectiva de volver a tropezarse con Heller, cosa que sería inevitable si se quedaba allí en la casa.

Oyó un golpe en la puerta y Grigore asomó la cabeza.

—Señorita ¿puedo pasar?

Livi asintió con la cabeza y se sentó en la orilla de la cama.

—Pareces preocupado, Grigore. ¿Qué ocurre?

Le invitó a que se sentara con ella en la cama y el mayordomo se sentó despacio.

—Señorita, supongo que ya está enterada de que el señorito Heller está en la casa.

—Si —dijo Livi, sonriendo al recordar el suceso —Lo confundí con un ladrón.

Livi se puso seria en cuanto vio el semblante del mayordomo.

—¿Qué ocurre con Heller?

Grigore cogió aire y empezó:

—Llevo días pensando en cómo reaccionará si la viera. Y me temo que está mucho más furioso de lo que yo había supuesto. Señorita, el joven se ha tomado muy mal la noticia de que usted va a convivir en esta casa. Esta tarde han tenido una pelea terrible.

Livi asintió. Ella también había oído los gritos pero había rezado para que no fuera ella el motivo de la discusión aunque, al parecer, había sido en vano.

—¿Me hará la vida imposible? —se limitó a preguntar ella.

—Hará hasta lo impensable con tal de que usted se marche de aquí.

El mayordomo no paraba de retorcerse las manos y Livi agradeció su preocupación con un beso en la mejilla que dejó estupefacto al mayordomo.

—No te preocupes por mí, sabré arreglármelas.

Grigore sonrió levemente.

—La dejo porque me necesitan en la cocina. Greta ha preparado la comida favorita de Heller. Póngase guapa para esta noche.

En cuanto Grigore salió, Livi se desplomó sobre la cama.

Un obstáculo más en su camino. Se levantó y se miró al espejo.

Ayer tenía la mirada de una campesina y ahora el espejo le devolvía la imagen de una señorita luchadora, capaz de enfrentarse a la mismísima guerra para seguir viva.

Cogió un vestido blanco del armario y decidió husmear en la pequeña cajita de madera del tocador.

Contuvo la respiración cuando vio todo lo que había dentro.

Una gran cantidad de pendientes, pulseras y gargantillas.

Lo primero que le llamó la atención fueron unos pendientes con piedra roja.

Eran preciosos. Siguió mirando y encontró el complemento perfecto para aquella noche, unos pendientes con piedras azules casi transparentes.

Cuando terminó de arreglarse se miró al espejo y le gustó el resultado.

Decidió dejarse la larga melena de bucles suelta. Esa noche quería deslumbrar.

Pero ¿a quién?

En cuanto entró en el comedor, todos dejaron de hablar. Livia miró a Heller que estaba sentado a la izquierda de su padre. Su cara no mostraba nada bueno.

—Buenas noches —les deseó a todos y se dirigió a su sitio, junto a Víctor.

—Querida, estás absolutamente brillante —dijo Víctor con ternura.

Livi sintió que sus mejillas se sonrosaron y le dijo:

—Gracias, señor.

—Creo que ya has tenido el placer de conocer a mi querido hijo, Heller.

Livi le sonrió a este con perfecta naturalidad.

—En verdad, ha sido un encuentro muy peculiar.

—Teniendo en cuenta que pensabas que yo era un ladrón —dijo Heller, arrastrando las palabras —Que piensen que soy un intruso en mi propia casa es un insulto. Tal vez sea otra la persona que no debería compartir esta cena con nosotros.

Heller miró a Livi que sentía que su sangre empezaba a bailarle en las venas.

Grigore, que se había sentado junto a ella, le apretó la mano por debajo de la mesa indicándole que no picara el anzuelo. Livi no dejó de sonreír cuando le replicó a Heller.

—Efectivamente, señor, ha sido un insulto por mi parte. En cuanto a si hay o no un intruso en esta casa…En caso de que así sea, creo que el que debería hacer algo al respecto es su padre, ya que es el dueño de la casa. ¿No cree?

Heller apretó la mandíbula. Así que la intrusa tenía boca para defenderse. Pues disfrutaría mucho haciéndola sufrir. Al fin y al cabo, mañana mismo llamaría a la Guardia de Hierro para que se la llevaran a un campo de concentración al lado de toda esa escoria judía. Y su padre no podría impedirlo.

—Ya está aquí la comida —anunció Greta trayendo consigo una olla que despedía un delicioso aroma.

—Para mi Heller, lo mejor —y le dio un sonoro beso en la frente.

Este le agradeció que hubiera preparado su comida favorita y se sirvió.

—¿Por qué has adelantado tus vacaciones, hijo? —preguntó Víctor.

Heller bebió un trago de agua.

—Tenía ganas de veros y extrañaba la comida de Greta. Aunque ahora, desearía no haber venido.

Livi clavó el tenedor en la patata con fuerza. Pero eso era justo lo que Heller quería. Provocarla.

—Sabes, padre, nuestra labor está marchando de maravilla —dijo Heller, entusiasmado —. A excepción de un par de sucios judíos, ya casi hemos acabado con todos ellos.

Livi levantó la mirada y se la clavó. Heller estaba sonriendo descaradamente.

—Dígame una cosa, señor Heller —le pidió Livi amablemente—. ¿Cómo se sentiría usted si por el simple hecho de ser judío le mataran? O tener que ver cómo matan a sus seres más queridos. ¿Le gustaría?

Se levantó de la mesa.

—Si me disculpan, creo que me voy a retirar —anunció con voz grave.

Víctor afirmó con la cabeza.

—Descansa, querida.

Livi salió del comedor y en cuanto llegó al pasillo echo a correr.

Subió las escaleras de dos en dos. Cuando llegó a su habitación dejó correr las lágrimas y toda la rabia que Heller le había provocado.

Pero ese maldito bastardo tenía razón. Ella no era nada.

No tenía a nadie. Estaba sola y desamparada.

Heller se quitó la camisa y se dejó caer perezosamente sobre la cama. Había sido una cena desastrosa. En cuanto la judía se retiró, Víctor le reprendió.

—Podrías ser más amable. Ponte en su lugar.

Heller bufó, indignado.

—No puedo creer que me pidas que sea amable. ¿Acaso no recuerdas cuánto hemos sufrido por culpa de los malditos judíos? —preguntó—. ¿Acaso ya no piensas en Elena?

Víctor apretó los labios. Su hijo siempre sacaba ese tema para hacerle sufrir.

—Eso no viene a cuento ahora.

—Por supuesto que sí, padre —el enfado de Heller iba en aumento —. Metes una judía en casa y la amparas como si fuera la cosa más normal. Me impones su presencia en mi propia casa.

Víctor le miró con ojos fríos y dijo:

—Si no te gusta, te vas. No hay nada que te retenga contra tu propia voluntad.

Heller juró y se levantó de la mesa.

Bien, pensó mientras se metía en la cama. Mañana mismo todo aquel paripé acabaría.