Capítulo 6
Livi abrió los ojos con las primeras luces del alba. Tenía que limpiar los establos y ver si Alba había parido ya. Tenía un montón de cosas por hacer. Se levantó y cuando miró a su alrededor, la realidad la golpeó como un látigo.
Todo había cambiado, ya no era una campesina.
Se aseó y se vistió. Decidió dejarse el cabello suelto.
Bajó despacio las escaleras y se dirigió al comedor.
El gran reloj de la pared marcaba las 8.
Al parecer nadie se había despertado ya que no se oía ruido alguno.
Buscó la cocina y cuando entró, vio a Greta.
Esta levantó la vista y la miró, sonriente.
—Buenos días —la saludó —. Espero que haya dormido bien.
—La verdad es que he dormido genial —dijo Livi —. La cama es muy cómoda.
Greta le sirvió un zumo de uva y le cortó un gran trozo de bizcocho. Livi agradeció el gesto y preguntó:
—¿Acaso desayunaré sola?
—Víctor no está. Ha salido esta mañana muy temprano. Tenía cosas por hacer y Grigore está de compras.
Livi mordió el bizcocho.
—Señora Greta, no quisiera pecar de curiosa pero, el señor Stanescu ¿no tiene mujer?
Greta sonrió y le dio una servilleta para que se limpiara las migas de la boca.
—Es viudo —respondió la mujer —. Y no me llame señora, tan solo Greta.
—Se lo pregunto porque, ya que viviré aquí, me gustaría saber con quién comparto casa.
Greta le palmeó la espalda.
—No se preocupe, señorita. Usted pregunte.
Livi bebió un poco de zumo. Le gustaba aquella mujer.
—¿Tiene hijos? El señor Stanescu, quiero decir.
Una sombra cruzó la mirada de Greta cuando contestó.
—Sí. Un hijo. Heller Stanescu.
—¿Y por qué no vive aquí?
Greta le sirvió más zumo.
—Él está de…viaje. Viene solo de vez en cuando.
Livi agradeció al cielo que no tuviera que enfrentarse al hijo. Tenía la sensación de que no congeniarían.
—Gracias por todo. Iré a la biblioteca a esperar a Grigore. Espero que al señor Víctor no le importe.
Se dirigió a la biblioteca pensando en el hijo de Víctor pero cuando llegó frente a la puerta de dicha habitación, sintió que el cuerpo se le paralizó.
Ante la puerta había una joven de unos veinte años, delgada, alta y con una preciosa melena rubia.
Livi no sabía qué hacer y se quedó mirándola embobada.
La joven misteriosa se volvió hacia ella y la miró.
Livi sintió como si le hubiesen dado una descarga eléctrica.
Tenía el rostro de una muñeca pero sus ojos eran azules, tristes, sin vida, y las lágrimas fluían por sus mejillas.
Llevaba un vestido largo y negro que acentuaba la palidez de su rostro. Livi apenas tuvo valor para preguntar:
—¿Quién eres?
La muchacha no dijo nada, se limitó a mirarla.
Livi parpadeó y la joven misteriosa desapareció.
Se frotó los ojos con fuerza. No estaba loca, había visto a aquella joven.
Tocó la puerta de la biblioteca buscando algún indicio de que la joven había estado allí.
Abrió la puerta despacio esperando encontrarla dentro pero la habitación estaba vacía.
Respiró profundamente. Puede que el estrés le hubiera jugado una mala pasada.
Acarició con los dedos los grandes tomos leyendo los títulos.
Un pequeño librito con tapas de piel le llamó la atención.
Estaba metido entre los gruesos libros como si su dueño no hubiese querido que lo encontraran.
Lo cogió y se sentó en el sofá. Abrió el ejemplar deseosa de averiguar lo que escondía.
En la primera página ponía: «Para Elena, de tu hermano favorito, Heller.»
Livi frunció el ceño. Greta no le había comentado nada sobre una hija.
Hojeó el libro pero estaba en blanco. Puede que fuera una especie de diario.
Sin embargo, no había nada escrito. ¿Por qué querían ocultar la existencia de una hija?
Livia se quedó pensativa pero no podía encontrar ninguna razón.
Una cosa estaba clara. La habitación que ella ocupaba actualmente había sido la habitación de la tal Elena.
Todo aquello era muy extraño. Metió el librito en el mismo lugar de donde lo había cogido y salió de la biblioteca.
Escuchó ruidos en el recibidor. Puede que Grigore o el señor Víctor hubieran vuelto.
Se encaminó hacia allí pero el hombre que vio ante ella no era ni Víctor ni el mayordomo.
Era peligrosamente atractivo. Cualquier mujer podría rendirse ante aquella seductora mirada negra.
Su boca era sensual y su nariz perfecta.
La luz matinal que se filtraba por las ventanas hacía brillar su cabello negro como el azabache.
Un solitario mechón le caía por la frente.
Tenía una figura alta y robusta que destilaba fuerza masculina.
Una camisa blanca le cubría el ancho torso.
Llevaba desabrochados los botones superiores y Livi pudo ver un atisbo de vello negro.
Su amplio pecho se estrechaba hacia las caderas formando una V perfecta.
Sus largas y musculosas piernas estaban enfundadas en unos pantalones negros.
—¿Estás disfrutando con la vista? —le preguntó el forastero.
Livia se sobresaltó al oír su voz ronca. Se había quedado mirándole como una tonta. ¿Y si era un ladrón?
—No se me acerque —le advirtió Livia.
—Bueno, no sé cómo me lo impedirás. Soy más fuerte que tú. Te derribaría fácilmente.
El forastero se la quedó mirando de una forma poco apropiada.
Livi buscó algún arma con la que defenderse pero no había nada.
El extraño hombre se acercó despacio a ella.
Livi intentó controlar su respiración. Tenía que avisar a Greta de que un ladrón había entrado en casa.
Cogió aire y empezó a gritar. El desconocido se echó para atrás, sorprendido. Greta acudió de inmediato.
—Greta, es un ladrón —dijo Livi, desesperada.
Greta la miró sonriente y le dijo:
—¿Es así como recibe al señorito de la casa?
Livi sintió que la sangre dejaba de fluir por su cuerpo. ¿Señorito de la casa? ¿Era posible que aquel hombre al que ella había admirado fuera Heller Stanescu?
Se suponía que estaba de viaje. Dios, tenía el presentimiento de que las cosas no iban a ser fáciles con ese hombre.
Greta besó a Heller y le abrazó. Livi se sentía ridícula. Cuando terminaron de besarse, Heller miró a Livia y le dijo, en un tono peligrosamente seductor:
—Creo que no he tenido el placer de conocerla. ¿Podría saber quién es usted y qué hace en mi casa?
No había enfado en su voz, tan solo… ¿sensualidad?
Greta los presentó.
—Ella es Livia Petrovici, una invitada especial. Él es Heller Stanescu.
—No sabía que tendríamos invitados especiales —dijo Heller.
—Créame, yo tampoco sabía que iba a serlo —le dijo Livia.
Miró sus ojos negros y sintió que un mundo de misterio la engullía. Tenía que apartarse de Heller. Se mordió el labio y le dijo a Greta:
—Voy a estar arriba por si me necesitas —miró a Heller —Un placer conocerle, señor.
Heller la miró hasta que desapareció.
—Vamos a la cocina —propuso Greta —. Allí estaremos más tranquilos.
Heller pasó la mirada por el recibidor y se percató de que no había ninguna fotografía.
—Greta ¿por qué mi padre quitó las fotos de mi hermana? —preguntó fríamente.
Greta no respondió. Cuando llegaron a la cocina le indicó a Heller que se sentara junto a ella.
—Ven, mi niño, cuéntame. ¿Qué tal todo?
Heller sonrió anchamente. Había echado mucho de menos a Greta. Esa mujer era la mejor preparando chocolates calientes o bizcochos de limón. Las arrugas surcaban su rostro pero, para él, seguía siendo la más bella.
—Todo el mundo habla de lo mismo, nana. La guerra está en boca de todos. Pero solo acaba de empezar.
Greta suspiró ruidosamente.
—No puedo creer que haya gente que se preste para servir al general.
Heller frunció las cejas.
—Te recuerdo que yo mismo sirvo al general, nana.
El horror se abrió paso en el rostro de Greta.
—Sabes que nunca he aprobado esa decisión tuya de alistarte en la Guardia de Hierro. Tú no eres como esos cerdos que matan a la gente por gusto.
—No es gusto, Greta, es limpieza —dijo Heller con determinación.
—¿Llamas limpieza a construir mataderos? —gritó Greta, indignada—. ¿A matar niños, ancianos, gente inocente?
Heller se levantó. Sabía que Greta no iba a entender jamás lo que aquello significaba para la humanidad.
—¿Por qué padre quitó las fotografías de Elena? —preguntó, cambiando de tema.
Greta sabía que Heller no deseaba discutir con ella en aquel momento. Por eso le dejó en paz.
—Supongo que le hacían daño —murmuró la anciana —. No lo sé. Le hacían sentir culpable.
—Ese es un estado permanente en mi padre. Pero la culpa no fue suya, la culpa fue de ese desgraciado judío…
—La culpa no fue de nadie —le interrumpió Greta — Cada uno tenemos escrito nuestro destino. Contra eso no hay nada que hacer.
—Avísame cuando llegue padre, por favor. Iré a deshacer mi maleta —dijo Heller. «Y a ver a nuestra invitada especial», añadió mentalmente.
Livi estaba sentada ante el espejo del tocador cuando la puerta se abrió de repente. Heller entró y se quedó mirándola sorprendido.
—¿Qué hace en esta habitación? —le preguntó, visiblemente malhumorado.
Livi sintió que le temblaban las piernas.
—Esta es la habitación que me dio su padre al llegar —contestó.
Heller se pasó la mano por el pelo. Estaba claro que no le gustaba esa decisión.
—Perdone mi brusco comportamiento —se disculpó —. Es solo que no me esperaba encontrarla aquí.
Livi hizo un gesto con la mano quitándole importancia.
—Me alegra tenerla de invitada —dijo Heller, haciendo que el corazón de Livi diera un vuelco —. Y discúlpeme una vez más.
Se marchó y Livi se quedó mirando la puerta. Ese hombre era hermoso. Sensual. Prohibido. Peligroso. Sobre todo eso. Peligroso.