Hasta que la guerra nos separe Capítulo 5
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Capítulo 5

—Como puede ver, aquí tiene todo lo que puede llegar a necesitar —explicó Grigore —. Intente levantarse antes de las nueve de la mañana, así podrá desayunar tranquilamente y empezar con las clases.

Livi emitió un gemido cuando escuchó la palabra «clases» pero Grigore no le hizo caso y siguió hablando.

—Para comer nos reunimos en el comedor, normalmente a las dos de la tarde y para cenar, a las ocho y media. Si por algún casual sintiera hambre, puede hablar con Greta para que le prepare algo de comer.

—¿Hay leche de cabra ordeñada en la misma mañana para desayunar? —preguntó Livi maliciosa—. ¿O queso frito?

Grigore arrugó la frente. Iba a ser un verdadero reto convertir a esa muchachita en una señorita.

—¿Y bien? —repitió Livi—. ¿Hay leche y queso?

—Leche, sí —respondió con calma Grigore —Pero el queso frito no forma parte de nuestro desayuno. Solemos tomar zumo de naranja con unas tostadas o bizcocho.

—¡Vaya paletos! —exclamó Livi, fingiendo horror—. ¿Es que no sabéis que hay que comer sano? No hay nada mejor que el queso frito acompañado de un buen trozo de tocino. Sí, señor.

«Encantadoramente malvada» pensó Grigore.

—Señorita, le ruego que llevemos la fiesta en paz ya que, al parecer, tendremos que pasar tiempo juntos.

—¿Es que hay una fiesta? — preguntó Livi, inocentemente —No veo los globos, los payasos… ¡Oh, Dios! ¡Tengo un payaso justo enfrente!

Livi se echó a reír descaradamente.

—Señorita, con todo el respeto que se merece, debo decirle que es usted una bruja.

Livi dejó de reír y se acercó a Grigore.

—Pues ten cuidado. A lo mejor te convierto en un sapo.

Grigore suspiró ruidosamente.

—No entiendo por qué me odia. Ya le he dicho que no la pegué.

Livi se quedó mirándole un buen rato. El mayordomo tenía razón. Era inútil seguir enfadada con él. Se sentó en el borde de la cama y cruzó las piernas por la altura de los tobillos.

—No me gusta que me den órdenes —dijo sin mirar a Grigore —. Me irrita la gente mandona. Y cuando me enfado, suelo pagarlo con la persona más cercana. Es un defecto que tengo entre mis mil cualidades.

—¡Caray! —exclamó el mayordomo —espero que no se irrite con demasiada frecuencia ya que la persona más cercana a usted seré yo.

Livi estalló en risas cuando vio el serio semblante de Grigore.

—Creo que podremos llevarnos bien —le dijo —Dime una cosa. ¿Cómo me trajiste hasta aquí sin que te viera nadie?

Grigore se dirigió a la ventana y la abrió de par en par. Livi sintió que el aire frío de la tarde le erizaba la piel.

—Bueno —contestó el mayordomo —cuando usted quedó inconsciente, corrí a por el coche, me cercioré de que su amigo el descuartizador no rondaba por allí y la metí en el vehículo.

—Un plan maestro.

—Gracias.

—Es una ironía —dijo Livi, riendo —. Me hubiera gustado coger mis cosas.

—No le harán falta aquí. Como puede apreciar, hay de todo.

Livi miró alrededor.

—Esta habitación ha estado cerrada mucho tiempo —comentó la joven —Recuerdo que, al despertar, me invadió un olor a cerrado mezclado con naranja.

Grigore la miró fijamente.

—¿Naranja?

—Sí, es como un perfume. De hecho, ahora mismo lo siento. Es muy dulce.

Grigore inspiró varias veces.

—Yo no huelo nada.

—¡Qué raro! Te juro que huele a naranja terriblemente. Déjalo. ¿De quién era esta habitación?

Livi observó que el mayordomo se rascaba continuamente el lóbulo de la oreja derecha.

—Nadie la había utilizado anteriormente, señorita.

—¿Ah, no? —le preguntó Livi, sorprendida —. Es que parece hecha especialmente para una mujer.

—Es para usted, señorita.

—Me gusta que me llames «señorita».

—Y a mí que me llamen «bastardo», «desgraciado», «mal nacido» y todo lo demás que seguramente, habrá pensado de mí.

Livi rió pero tenía la sensación de que el mayordomo estaba terriblemente nervioso.

—Bien. La dejo para que se prepare para la cena.

Grigore se dispuso a salir no sin antes decirle a Livia:

—En el cajón de su mesita hay una cosa para usted. Pensé que le gustaría tenerla.

Livi abrió el cajón y encontró un marco con la fotografía de sus padres juntos.

Grigore se la había traído. Sus progenitores se miraban y sonreían.

Livi acarició el cristal que cubría la fotografía.

Su padre le había cambiado la vida por completo.

De la noche a la mañana había pasado de ser una simple campesina a ser una judía condenada a muerte por la Guardia de Hierro.

Dejó que las lágrimas fluyeran sobre su rostro.

Tenía que llorar para sacar toda la amargura que tenía en el corazón.

Pero no se vendría abajo. La vida le había dado una segunda oportunidad. Y estaba decidida a aprovecharla.

Se puso un vestido negro de manga corta y se recogió el cabello en una cola de caballo. Encontró el comedor fácilmente. Era realmente enorme. El tic-tac de un reloj se escuchaba. Había una mesa con sillas de respaldo alto y también un mini bar con un montón de botellas.

Víctor encabezaba la mesa. Livi se quiso sentar en una silla en el extremo opuesto de la mesa pero Víctor se lo impidió.

—No, querida. Ven aquí, a mi derecha. Me gusta hablar con la gente cuando como, es el mejor momento del día.

—Desde luego —coincidió Livia.

—Me ha comentado Grigore que para desayunar prefieres queso frito. Una extraña costumbre.

—Será extraña aquí, en la ciudad, pero en mi pueblo todos desayunamos queso frito con tocino y un buen trozo de pan casero. Hay que estar bien alimentado para realizar las tareas del campo.

Víctor se quedó un instante en silencio y después dijo:

—Sé que te será difícil adaptarte a esto.

—He podido con cosas peores —habló Livi en voz baja.

—Tienes una valentía digna de admirar, muchacha.

—Lo sé.

—Y carece de modestia —dijo Grigore entrando por puerta.

—Ya está aquí el aguafiestas —musitó Livi.

La mujer que había conocido aquella tarde, Greta, entró en el comedor con un enorme pollo dorado que invitaba a gritos que lo probaran.

—¡Vaya! — dijo la anciana —Veo que ya se encuentra mejor, señorita —. Dejó el pollo en la mesa y examinó la frente de Livi.

Se dirigió a Grigore y le pellizco el brazo.

—Vergüenza debería darte golpear a una muchacha inocente que no está en condiciones de defenderse.

—Por última vez ¡no la toqué! — se defendió Grigore—. ¡Se tropezó!

A Livi le sorprendió gratamente que Grigore y Greta comieran con ellos en la misma mesa.

—¿No le dan miedo las habladurías? —le preguntó Livi de repente a Víctor.

—No veo que habladurías? ¿Acaso un tío no puede tener a su sobrina en casa?

—Me refiero a cuando la gente se entere de que no soy su sobrina, sino una simple judía. Usted será el más afectado.

—Si somos cuidadosos, nadie tiene que enterarse. Y mi amistad con tu padre vale más que toda una carrera política llena de éxito.

Livia sintió que las lágrimas acudían a sus ojos.

—Gracias —le dijo con voz entrecortada a Víctor.

—No me des las gracias, querida. Aún no.

Después de cenar, Víctor y Grigore se quedaron en la biblioteca compartiendo un vaso de brandy.

—Brindemos, amigo —sugirió Víctor —. Por lo que se nos viene encima.

—¡Salud, señor! —Grigore bebió el brandy de un sorbo. Había sido un día agotador y necesitaba reponer fuerzas.

—¿Qué piensa Greta de todo esto? —preguntó Víctor.

Grigore se quedó mirando el fondo del vaso unos instantes.

—Dice que no tiene derecho a criticar sus decisiones pero cree que ver a la señorita Livia le traerá numerosos recuerdos que, posiblemente, le atormenten.

Víctor río gravemente.

—Los recuerdos siempre me atormentan, amigo mío, con o sin la presencia de Livia.

—Usted sabe que yo soy su incondicional, señor.

—Y te lo agradezco, amigo.

Grigore le lanzó la pregunta que había estado germinándose en su cabeza durante todo el día.

—Señor, hay una cosa que no hemos tenido en cuenta. ¿Cómo reaccionará su hijo cuando vea a la señorita Livia?

Víctor lo miró con serenidad en los ojos.

—Sinceramente, no me importa. Yo ya soy mayorcito, puedo hacer lo que quiera en mi casa.

—Pero, señor, Heller es miembro de la Guardia de Hierro y ama lo que está haciendo. No dudará en llamar a los legionarios en cuanto se entere de la presencia de la señorita Livia.

—Tendré que correr ese riesgo, Grigore. No puedo permitir que esa muchacha muera cuando sé que yo pueda protegerla. Su padre me la encomendó y no pienso abandonarla. Esta vez no seré un cobarde.

Grigore asintió firmemente. Sabía que su patrón estaba decidido a dar la vida por aquella muchacha. Pero esperaba que no fuera necesario.