Hasta que la guerra nos separe Capítulo 4
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Capítulo 4

Livi sintió que sus extremidades se convertían en gelatina.

—Creo que me voy a sentar —musitó, temblorosa.

Se dejó caer en el sofá y cerró los ojos. Oyó que Víctor le ordenaba a Grigore que trajera un vaso de agua. No podía ser verdad. Ella no era judía. Su padre se lo habría dicho. Pero le había ocultado la amistad con aquel hombre y ¡quién sabe qué más cosas! ¡Dios! ¡Estaba dudando de su propio padre!

Abrió los ojos y se encontró con Grigore que la miraba muy preocupado.

—Señorita, beba un poco de agua. Está muy pálida.

Livi cogió el vaso de agua que este le ofreció agradecida.

Sentía la boca terriblemente seca y la garganta le dolía.

El agua le alivió el malestar al instante.

Su corazón recuperó el ritmo normal y sintió que la sangre circulaba por su cuerpo.

Miró a Víctor. Ese hombre le había cambiado la vida con tan solo dos palabras: «eres judía.» ¡Vaya!

—¿Por qué mi padre no me dijo nunca que éramos judíos? —le preguntó a Stanescu.

—Él no era judío. Tu madre, sí. Stefan quería protegerte y pensó que la mejor manera de hacerlo era ocultándotelo. Pero las cosas se complicaron cuando él enfermó.

—Y decidió dejarme a su cuidado —Livi le miró intentando descubrir lo que se escondía en esa mirada negra.

Aquel hombre estaba lleno de secretos.—.

¿Por qué precisamente a usted para ser mi protector?

Y no me diga que es por esa gran amistad porque no me lo creo.

También podría haberme dejado con otro amigo del pueblo, sin necesidad de armar tanto escándalo.

Víctor le dedicó una enorme sonrisa. Le gustaba esa muchacha. Tenía agallas y coraje. Y se parecía mucho a su madre. Tenía los mismos ojos azules, su mismo cabello negro como el carbón…

Víctor sintió un pequeño dolor en el pecho y una bandada de recuerdos acudió a su mente.

No quería recordar pero el dolor era insoportable.

Los recuerdos le torturaban y no le dejaban dormir por la noche.

Había llegado a acostumbrarse a esa rutina hasta que recibió la carta de Stefan, pidiéndole ayuda.

Le sorprendió que acudiera a él. Recordó las últimas palabras de la carta:

«Se lo debes a mi mujer, Víctor. Nunca lo olvides.»

—A nadie se le ocurriría buscarte aquí —dijo Víctor, respondiendo a la pregunta de Livi.

—¿Por qué?

—No sé si deba decírtelo.

Livi bufó.

—No creo que deba haber secretos entre nosotros si voy a tener que vivir con usted.

—Oh, cielos. Eres realmente encantadora — Víctor le sonrió y sus ojos se iluminaron —. Espero que no te asustes por lo que te voy a decir.

—No creo que supere la noticia de que soy judía —dijo Livi con voz monótona.

—Pertenezco a la Guardia de Hierro.

Livi abrió los ojos como platos. ¿Su padre la había dejado a cargo de un miembro de la Guardia? Ahora sí que dudó de la cordura de Stefan en aquel momento. ¡La había metido en la boca del lobo!

—En realidad, el señor ya está jubilado, podría decirse —intervino Grigore, que hasta entonces había estado observando la conversación sin decir palabra.

La joven soltó el aire de repente y dijo sarcástica:

—Me quedo mucho más tranquila, gracias.

—Lo que Grigore quiere decir es que hace unos años que dejé los asuntos de política —explicó Víctor —. Pero la gente me sigue recordando como a uno de los grandes miembros de la Guardia.

Livi asintió lentamente con la cabeza.

—¿Cómo es que un personaje de su categoría hizo amistad con mi padre? —preguntó. Había algo raro en todo aquello.

—Nos conocimos por casualidad —respondió Víctor, dándole una calada a su puro —. Enseguida congeniamos y fuimos amigos durante muchos años.

Esa explicación no convenció a Livi. Esos dos escondían algo.

Se levantó y empezó a pasear por la estancia posando su vista sobre los gruesos tomos de las estanterías.

Aunque no quería admitirlo, el viejo tenía razón.

Tarde o temprano irían a por ella. La meterían en un campo de concentración y la matarían.

La gente olvidaría su existencia. Morir significaba derrota.

Doblegarse ante el enemigo y eso a Livia no le gustaba nada.

—Piensa que tu padre hubiera querido verte feliz —dijo Víctor.

—A salvo —agregó Grigore.

Livi los miró a los dos. Desconocidos que le brindaban ayuda. El orgullo era un defecto en su carácter. Suspiró. Tendría que aparcarlo, al menos de momento.

—Supongo que no tengo elección. Está bien —dijo decidida —. Acepto su ayuda porque era la voluntad de mi padre. Pero en cuanto todo esto de la guerra termine, volveré a mi pueblo.

—Muy bien —dijo Víctor, entusiasmado —. Manos a la obra. Veamos, habrás visto que en tu cuarto tienes ropa, joyas, perfumes…

¿Mi cuarto? —inquirió Livi, sorprendida.

—Sí. La habitación en la que has estado descansando —dijo Víctor —. Ese será tu cuarto de ahora en adelante.

—Pero es demasiado para mí…

—Es lo que te mereces —la interrumpió Víctor—. Grigore —el mayordomo se puso alerta en cuanto escuchó su nombre—, tú serás el encargado de convertir a Livia en una señorita de sociedad.

—Tengo suficiente educación como para saber comportarme en sociedad —dijo molesta Livia.

—Aquí hay que tener más que educación, querida. Hay que tener alma. Tendrás que ser una buena anfitriona ya que de ahora en adelante esta también será tu casa.

—Mi señor —dijo Grigore, suavemente —no creo que yo sea el más indicado para esta tarea. La señorita me tiene cierta…aversión.

—Mucha aversión —aclaró Livi.

—Pues tendréis que arreglarlo porque estaréis todo el tiempo juntos.

Víctor parecía estar disfrutando con todo aquello. Livi esbozó una leve sonrisa cuando vio la palidez del rostro de Grigore. Al parecer, al mayordomo no le agradaba la idea de compartir tiempo con ella.

—Muy bien y muy bonito todo pero la gente querrá saber quién soy —comentó Livi, muy seria.

—Está todo pensando —Víctor le sonrió —. Eres mi sobrina recién llegada de Francia.

—No llevo muy bien el tema de la geografía ¿sabe?

—Para eso está Grigore, querida. Él te enseñará todo lo relacionado con tu maravilloso país. En un par de semanas serás toda una señorita francesa.

Livi chasqueó la lengua. No le gustaba nada ese plan pero era lo mejor que tenía de momento.

La seriedad se apoderó de Víctor cuando volvió a hablar.

—Hasta que no puedas desenvolverte en sociedad no creo que sea conveniente que salgas a la calle. Además, la Guardia está acechando.

Livi asintió firmemente.

—Estoy de acuerdo. No me expondré de manera alguna. Se lo aseguro.

—Me alegra ver que pensamos de igual manera —dijo Víctor, complacido.

Livi sonrió abiertamente por primera vez desde que había llegado a esa casa.

—Usted me está dando una segunda oportunidad, señor Stanescu. Y tenga por seguro que la pienso aprovechar.

—Bien —Víctor miró a Grigore —. ¿Alguna pregunta?

El mayordomo negó.

—No, señor, ninguna. Intentaré hacerlo lo mejor que pueda.

—¿Y tú? —le preguntó Víctor a Livia.

—Yo tengo dos preguntas. ¿Podría escribirle una carta a Ion, un amigo de mi padre? Seguramente estará muerto de la preocupación.

—No veo por qué no —dijo Víctor —. Pero ten cuidado con lo que escribes.

—Me limitaré a explicarle un poco la situación. No sería agradable que, en su afán por encontrarme, se presentara aquí con un hacha intentando descuartizar a su pobre mayordomo.

—En ese caso convendría que no pusieras la dirección del remitente —sugirió Víctor, divertido. ¿Y tu otra pregunta?

Livi se encogió de hombros, indiferente.

—Ahora que seré su sobrina, ¿tendré que llamarle «tío»?